Musarañas 43

Por: Francisco Segovia

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ELITISMO VS. POPULISMO, UNA OPOSICIÓN ASIMÉTRICA

Cuando decimos que alguien pertenece a una élite ¿qué queremos decir? En principio, que pertenece a un grupo selecto, a una selección. En este sentido la palabra conserva el de su etimología: élite viene del francés eslist, antiguo participio pasado del verbo élire, ‘elegir’, que ya en su tiempo se usaba como adjetivo con el significado de ‘elegido’, ‘seleccionado’, ‘selecto’. La palabra pasó del francés al español con su acento gráfico en la e, a pesar de que ese acento en francés no indica que la e sea la vocal tónica de la palabra (pues la tónica sigue siendo la i) sino que la e debe pronunciarse abierta, no cerrada. Como el acento quedó sin embargo ahí, la mayoría de los hispanohablantes lo ha interpretado como un acento español y lo pronuncia como acento tónico; esto es, poniendo el énfasis en la e. No todos, sin embargo. Además de la mayoría que escribe y pronuncia élite —que rima con satélite—, hay quien escribe y pronuncia elite, que rima con quelite (como veremos que hace el Subcomandante Marcos), pero también hay quien escribe élite, en cursivas, pero pronuncia elít (como hago yo), pues considera que la palabra sigue siendo un extranjerismo. Pero volvamos al punto de lo que significa la palabra: ‘seleccionado’, ‘selecto’.

            Como es lógico, lo que se elige o selecciona es sólo una parte del todo de donde se toma o separa; una parte que, de acuerdo con algún criterio, resulta ser la mejor. Así, los atletas de élite son los “de alto rendimiento”, los que consiguen los mejores resultados; y, en la medida en que el equipo de futbolistas que representa a un país está formado por jugadores seleccionados, también ellos conforman una élite. Hace años, un periodista escribió en el diario Reforma: “México recibió a la élite de gimnastas olímpicos y mundiales que deleitaron a los asistentes con rutinas en la viga de equilibrio”. No hay intención peyorativa en esto, como no la hay tampoco cuando se habla de las tropas de élite, que son las mejor entrenadas y equipadas. Pero, más allá de los deportistas y los militares, la palabra adquiere un sentido en el que la mayoría ve con malos ojos a la minoría apartada. La élite política, por ejemplo, no se entiende ya como lo más alto, lo más granado o selecto de entre los políticos, sino como el grupo más poderoso de entre ellos. La élite representa a los más poderosos de los poderosos, los más ricos de los ricos, los más cultos de los cultos, los mejor vestidos de los mejor vestidos, etc.; en resumen, la crème de la crème. Como se ve, puede remitir a una minoría privilegiada por motivos distintos de los económicos, como saben bien muchísimos poetas y pintores de la élite cultural, y los “pobresores” y “estudihambres” de la élite universitaria. Si los miembros de una élite no siempre gozan de verdadero poder, tienen cuando menos influencia y se los escucha “allá arriba”. Se trata pues de una minoría dentro de un grupo también minoritario, pero más amplio, que ejerce sobre la mayoría algún poder o influencia. Vista así, la mayoría concibe a la élite como una camarilla que impone sus intereses y valores no sólo a los de su propio grupo sino a todos, a la mayoría, a la clase popular, al pueblo. En Los del color de la tierra. Textos insurgentes desde Chiapas, el Subcomandante Marcos escribía: “El secuestro de la Historia por las elites es para ‘remodelar’ su consumo de modo que se escamotee al ser humano su patrimonio fundamental: la memoria”.

            Vemos aquí el uso negativo de la palabra, donde se manifiesta la oposición básica entre la élite y el pueblo. En esta acepción, plenamente política, la élite se presenta como un grupo que no sólo manipula, chantajea, explota y vapulea al pueblo, sino que además se cree mejor, más refinado y educado que éste, al que desprecia por mugroso, grosero e ignorante. Esto ya no sólo refiere a los actos del grupo sino, más generalmente, a su actitud: el elitismo. Pero notemos que el sustantivo elitismo, lo mismo que el adjetivo correspondiente, elitista, no comparten ya sino una sola de las dos acepciones de élite, pues no hay usos neutros de estos dos vocablos, como vimos que los hay en cambio en los casos de la élite deportiva y los batallones de élite. Un artículo de El Universal decía, hace ya años, que “el golf mexicano es un deporte elitista”, en donde nadie entendería que lo practican los mejores jugadores sino, más bien, que está reservado a la clase alta. Del mismo modo, un elitista deportivo no sería quien defendiera el alto rendimiento de los deportistas sino quien reclamara para sí cierta exclusividad en el terreno deportivo. En ambos casos se trata de una actitud política.

            Así como quien promueve el deporte de élite puede ser políticamente neutral, también puede serlo quien promueve el deporte popular; y así como existe una actitud política relacionada con la élite, el elitismo, así también hay una actitud política relacionada con el pueblo, el populismo (término que no deja de llevar aparejada su propia sanción peyorativa). Pero ¿son de veras simétricas estas dos cosas? Yo creo que no. Ningún partido político se atrevería a usar esos términos en su nombre oficial, y sólo en plan de chunga o de suicidio político podrían registrarse un Partido Elitista Mexicano y un Partido Populista Mexicano. Sin embargo, este último podría evitar la carga peyorativa cambiando su nombre por el de Partido Popular Mexicano, cosa que le estaría vedada al Partido Elitista Mexicano, que no se sacudiría la carga peyorativa con llamarse Partido Selecto Mexicano. Esta diferencia se refiere principalmente a la semántica, pero no sobrará verlo también desde una perspectiva gramatical. Al sustantivo élite corresponde, simétricamente, el sustantivo pueblo; pero, si del primero deriva una sola palabra, elitista, que puede funcionar como sustantivo (un elitista) o como adjetivo (un partido elitista), del segundo derivan dos palabras diferentes: popular, que sólo se usa como adjetivo (hay partidos populares, pero no un popular) y populista, que puede funcionar como sustantivo (un populista) o como adjetivo (un partido populista) —por no hablar ya de la insistencia peyorativa del término populachero, que deriva de populacho y no tiene correspondiente entre los derivados de élite (pues nadie habla de elitachos ni de eliteros). Nos encontramos pues con que, así como élite tenía una acepción políticamente neutra (la élite deportiva), también en los derivados de pueblo (popular y populista) hay un adjetivo neutral (un cantante popular), además de otro con carga peyorativa (un partido populista). Notemos, sin embargo, que en el caso de élite se trata de dos acepciones de un mismo sustantivo, mientras que en el caso de pueblo vemos dos vocablos diferentes con categorías gramaticales diferentes. Así, mientras que lo propio de la élite sólo puede ser lo elitista, lo propio del pueblo puede ser lo popular o lo populista (también lo público, desde luego, pero lo público no parece tener nunca una carga política peyorativa, de modo que lo dejaré de lado).

            En los debates políticos, los populistas tienen siempre una coartada, una vía de escape, a través de lo popular y lo público (y de ahí su sempiterno remisión a “el pueblo”); los elitistas, en cambio, se quedan siempre encerrados en su élite, que sólo puede remitir a sí misma. ¿O no? A decir verdad, esto depende de cómo definamos elitista. Porque podría decirse, llanamente, que es irremediablemente elitista toda persona que pertenezca a un élite. Pero el Diccionario de la lengua española (DLE), el que publica la Real Academia de España, matiza un poco y concede tres acepciones a la palabra elitista:

1. adj. Perteneciente o relativo a la élite o al elitismo.

2. adj. Partidario de una élite o del predominio de las élites. Apl. a pers., u. t. c. s.

3. adj. Dicho de una persona: Que se comporta como miembro de una élite, que manifiesta gustos y preferencias que se apartan de los del común. U. t. c. s.

Como se ve, la primera acepción refiere a una condición; la segunda, a una opción. Pero, sea como sea, la diferencia entre ambas deja abierta la posibilidad de que un miembro de la élite no sea elitista, pues no es lo mismo pertenecer a la élite que defenderla. Vemos esto en acción todos los días: la mayoría de los miembros de la élite política mexicana (que por lo común también pertenecen a la élite económica y muchas veces hasta a la élite intelectual) jamás se tildan a sí mismos de elitistas; todo lo contrario, siempre se declaran defensores del pueblo. Sus enemigos, desde luego, hacen oídos sordos a esta posibilidad y los acusan de populismo; es decir, de buscar “atraerse a las clases populares” (como dice el DLE), aun sin pertenecer a ellas, como implica la definición. Va de suyo que ambos ataques se dan en la arena de los discursos políticos, pero tampoco en este caso se trata de cosas simétricas. El elitismo no es un movimiento social, como sí lo es en cambio el populismo. Y si bien puede afirmarse que las élites gobiernan, también es cierto que no lo hacen promoviendo el elitismo (lo cual sería un contrasentido) sino cosas más amplias y graves, como el capitalismo, el neoliberalismo, el nepotismo, la plutocracia, etc. En este sentido, el elitismo es una actitud; el populismo, en cambio, es un verdadero programa político —y de vez en cuando encarna en la historia. El Diccionario del español de México (DEM) da la siguiente definición enciclopédica de populismo:

Conjunto de corrientes sociales, económicas y políticas que se extendió particularmente en América Latina después de la Segunda Guerra Mundial, caracterizado por su antiliberalismo, su fuerte nacionalismo, su oposición al control del poder por ciertos grupos y la movilización de masas en torno a un líder apreciado y seguido por todos; se apoyó, en donde logró triunfar, en los sindicatos obreros y en parte del ejército. El ejemplo más claro es el de Juan Domingo Perón en Argentina.

De elitismo, el DEM sólo dice: “Tendencia o actitud de una élite a considerarse mejor o más refinada que otros miembros de la sociedad”. Nada de líderes carismáticos ni de triunfos históricos: una simple tendencia o actitud. Esto sugiere que las acusaciones que un gobierno elitista hace contra los populistas no obtienen su fuerza de su propio elitismo, que no es más que un rasgo secundario, sino del poder económico y político de sus integrantes; en cambio, un gobierno populista que acusa a sus rivales de elitistas lo hace desde el poder de un Estado que se dice encarnación del pueblo. En el primer caso, el elitismo es la parte más inocua del atacante, y usualmente no la esgrime, pues sería absurdo que los elitistas llamaran al electorado a sumarse al elitismo; en el segundo, el elitismo es la acusación más inocua del acusador, que tiene a la mano adjetivos mucho más claros y rotundos, como burgués, capitalista o neoliberal —que implican una clase social y una ideología propiamente dichas—, y no tiene el menor empacho en llamar al pueblo a ponerse del lado del pueblo.

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