La segunda muerte de López Velarde: De cuando La Casa del Poeta fue mi segunda casa

Por: Jesús Gómez Morán
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- Del desazón de la acedia al spleen baudeleriano
En su peculiar estudio Estancias, Giorgio Agamben recurre al poema “Le cygne” de Baudelaire para ejemplificar una actualización (aclimatada al siglo XIX) dirigia del sentimiento de acedia que bajo el nombre de spleen causa una desazón al contemplar cómo ciertos lugares entrañables son alterados o derruidos, lo cual experimentó el bardo francés a raíz de las medidas urbanísticas implementadas por el barón Hausmann para la Ciudad Luz: Paris change! mais rien dans ma mélancolie/ N’a bougé! palais neufs, échafaudages, blocs,/ Vieux faubourgs, tout pour moi devient allégorie,/ Et mes chers souvenirs sont plus lourds que des rocs. (¡París cambia, más nada en mi melancolía/ Mudó! Palacios nuevos, edificios, andamios,/ Barrios viejos, todo es para mí alegoría,/ Y mis dulces recuerdos más que rocas pesados).
En su momento López Velarde reconoció abiertamente estar bajo la égida de Baudelaire y cabría preguntarse si en un poema medular como “El retorno maléfico” no subyace una similar acedia, si un sentimiento de spleen no estuvo colmando también el temple del poeta que encuentra cambiada la casa paterna y da rienda suelta a su “íntima tristeza reaccionaria” (no está de más conectar esta postura con el inicio de John Womack Jr. en su libro Zapata y la revolución mexicana,cuando define al zapatismo como una causa por la que el campesinado hizo un revolución para que las cosas siguieran igual).
Con motivo de la Copa del Mundo 2026, varias han sido las secuelas del remozamiento de la CDMX para albergar, en esta de por sí conflictiva urbe, un puñado de partidos, e intensa la disputa discursiva pegando el grito en el cielo por el empeño del gobierno capitalino en amoratar sus fachadas, calles y vialidades, o por la llamada axolotización, incluso de la carpeta asfáltica en algunos cruces. Y justo hablando de vialidades, habría que referirse a las reducciones de carriles en vías primarias como Calzada de Tlalpan o secundarias como Av. de la Paz en San Ángel, a fin de colocar jardines flotantes y jardineras con flores fuera de temporada, espacios verdes sí, pero bastante cuestionables en virtud de los asentamientos de tráfico que originan y seguirán haciéndolo, con la consecuente elevación de partículas contaminantes en el ambiente. Más graves son a mi parecer modificaciones sustantivas que atentan con esa parte de la memoria vinculada a la identidad. Amén de las criticables modificaciones en las estaciones del metro, superficiales en tanto que el servicio no lo hacen más eficiente, hay una en particular que he resentido y consiste en haber suprimido en la estación CU frases e imágenes alusivas al campus universitario, mismas que al público viajante, quienes en su mayoría jamás han puesto un pie en Ciudad Universitaria, podían darse cuenta de su apariencia y su historia. Otra más fue el trasmutar (como quien le da un baño de pintura a un pared) el nombre del coliseo trimundialista erguido por Pedro Ramírez Vázquez, recinto de Argos, el de los mil ojos que, en consonancia con el personaje mitológico, ahora será el de los mil nombres: Azteca, Guillermo Cañedo, Banorte, Ciudad de México, sainete de nomenclaturas que al paso de tiempo la memoria pública no hará sino regresarlo a su denominación primigenia.
Fuera del programa armado para la opereta mundialista, aunque quizás ligada a un mismo impulso reformista (que no necesariamente transformador), nos hemos enterado en días recientes del cambio en el giro de la llamada Casa del Poeta, administrada históricamente como una Institución de Asistencia Privada, bajo la dirección desde un principio (si no estoy mal) por Maricarmen Férez. No está de más mencionar esto, pues al pretender llamarle “Casa de las Palabras” (como si antes solo se hubiera usado par comunicarse a través de Braille o de códigos binarios), lo que procede es preguntarse justamente eso, si legalmente su uso estaba supeditado al criterio de su aparato administrativo, o si no se trata con la actual intentona de una expoliación de palabras que en el fondo no es sino una expoliación de voluntades.

- La sacralidad de un nombre
Si mi memoria no peca de infiel, debió ser después de las vacaciones de julio, digamos hace 35 años, que vi un anuncio en la benemérita Facultad de Filosofía y Letras en el que se ofrecía realizar el servicio social en las bibliotecas Salvador Novo y Efraín Huerta. Me puse en contacto y la responsable en cuestión, la bibliotecaria Lucina Noguez, me citó en el Museo Casa León Trotsky. En términos autobiográficos, debo confesar que ese año fue para mí una auténtica bisagra tanto en lo personal como en lo profesional, y a Lucina le debo la oportunidad de conocer y colaborar en la catalogación primero, durante un mes, del acervo Rafael Galván (con cerca de 6 mil volúmenes) especializado en el derecho de asilo, como después en la organización y catalogación de las bibliotecas de Huerta (con 5,154 volúmenes) y (con 6,200 volúmenes), los meses posteriores. Curiosa sincronía fue que los espacios donde terminaron alojándose el Museo León Trotsky y el Museo Casa de Poeta comenzaron a funcionar en ese mismo 1991 (año del eclipse por cierto).
Mis funciones dentro de tal proyecto consistieron en orientar sobre autores, corrientes y temáticas literarias, ya que dentro del equipo de seis integrantes había por supuesto estudiantes de Bibliotecología, como de Historia y Filosofía, y pues yo era el único de Letras Hispánicas (si a la postre ahora alguien puede consultar dicho acervo y encuentra algún error, en ese sentido asumo plenamente la responsabilidad). A cambio debo decir que fue una estancia sumamente fértil, pues me resultó propicia para convivir con el resto de los espacios, lo mismo la cafetería que a operar empezaba, como con Carlos Martínez Rentería que ya había echado a andar Generación, o como la librería de El Pórtico que en ese entonces atendía el maestro Ernesto Lumbreras (justo antes de ganar el Aguascalientes de Poesía, lo que me lleva a suponer que varios de los poemas de su libro premiado se gestaron dentro de esos muros), y por supuesto el Museo Metafórico ideado por el maestro Hugo Hiriart, y en el cual Juan M. López y Luis Manuel Urbina fungían en ese entonces como guías de visita. A este respecto, al encontrarse a un lado del área donde trabajábamos, no faltó la ocasión en que habiendo visitantes para el Museo, si alguno de los compañeros guías no se hallaban disponibles, efectuara yo esa labor difusora de la obra y vida velardeanas (hecho que, lo confieso, me llenaba de satisfacción). En cuanto al material bibliográfico con el que trabajamos, el perfil de ambas bibliotecas, si bien coincidían en el predominio del género poético, como distinción dejaban ver que, en el caso de Huerta, ésta se especializa en poesía latinoamericana, en particular de Cuba, mientras que la de Novo posee una mayor tendencia europeizante, con una importante cantidad de ejemplares en lengua francófona.
Mención especial merece la anécdota de cuando Juan José Arreola grabó para Canal 11 un programa sobre López Velarde, no en el espacio del Museo sino, para que pudieran instalarse las cámaras, en el área de consulta de la biblioteca, y tuve el privilegio de oírle disertar sobre el inicio del poema “Hormigas”: “A la cálida vida que trascurre canora,/ con garbo de mujer sin letras ni antifaces”, para llegar a la conclusión de que quizás la que carecía de esas letras y antifaces era la vida y no la mujer, esto es, una de las tantas formas polifacéticas de medir la enunciación velardeana.
Terminado mi servicio social concurrí con frecuencia a lecturas y presentaciones de libro y de revistas. Debió ser en 1993 o 1994 que junto con Sergio Soto organizamos en el Salón de Usos Múltiples (que como becario en muchas ocasiones la vi convertida en una piscina durante la época de lluvias) un ciclo de dos mesas de lectura titulada “Inéditos y los que no tanto”, a fin de exponer la creación poética de condiscípula/os de la carrera de Letras Hispánicas en la susodicha FFyL y para cuya verificación reitero el agradecimiento a mi maestra (también en la facultad) Elsa Cross por las facilidades que nos brindó. En este ciclo participaron, entre los que alcanzo a ubicar, Mónica Braun, Leonardo Cruz Parcero, Adrián Medina, Ursus Sartoris, Gerardo Escalante, Alicia Rosas Castillo, Ricardo García, José Cruz Gómez Benítez, Mauricio López Valdés, Juan Carlos H. Vera y Juan M. López (entre los que recuerdo), además del propio Sergio y quien esto rememora y escribe.
Aun después de que la Dra. Cross dejó la coordinación de actividades culturales, se volvió un ritual que la revista estudiantil Calambur elaborada por egresados y estudiantes de la FFyL, amén de presentarla en dicha facultad, hiciéramos lo propio en el Café Bar Las Hormigas. He tenido la suerte de conocer las tres Casas del Poeta López Velarde, que reflejan su trayecto vital: la de Jerez, la de San Luis Potosí y la de la colonia Roma (ignoro si habrá alguna en Aguascalientes, donde cursó sus estudios preparatorios) y doblemente afortunado por haber podido en las dos últimas presentar libros míos, el más reciente de ellos, Cánticos a Erígona (2018). Es por todo ello que yo, como los mencionados zapatistas, desearía que eso no cambie, pues en más de un sentido y desde hace 35 años ese edén ahora doblemente subvertido de Álvaro Obregón no. 71 lo he sentido como mi segunda casa.

- Envío: ¿una revolución para que las cosas no cambien?
Nuestro apego a la memoria dictamina que junio es el mes de la diversidad sexual, pero también lo es de López Velarde (15/06/1888-19/06/1921), quien a mi juicio constituye el eje central de la tradición poética nacional pues, conforme a una cromática multicolor, es nuestro primer gran poeta críptico y uno de los epígonos de aquellos autores decimonónicos cuyos versos ha consagrado la memoria colectiva. Su obra ha sido parte del debate entre nacionalistas y cosmopolitas desde la polémicas de 1925 y 1932, hasta otras más modestas desatadas a raíz de sus centenarios en 1988 y 2021 (incluso se ha llegado a polemizar cómo en 1921 el gobierno de Obregón, con el auspicio de Vasconcelos, subvencionó los funerales de López Velarde quien podría haber dejado, como un huevo de serpiente, en “La suave Patria” una velada crítica al Caudillo y a la revolución en sí de donde emana).
Con el susodicho cambio de giro (y de nombre) del inmueble donde expiró el bardo jerezano, si cesa de estar destinado a las funciones para las cuales fue consagrado, podríamos hablar entonces, a 105 años de la primera, de una segunda muerte de López Velarde, en este caso de parte de su legado. Sin embargo, aún existe la posibilidad de que la Secretaría de Cultura de la CDMX, reconsidere su decisión, coyuntura que podríamos aprovechar para que la Casa del Poeta regrese a ser lo que no era (o no alcanzó a serlo) porque también es antinatural la resistencia al cambio. Para ello una condición sine qua non es atender todas las posturas, tanto aquellas expresadas por quienes en su parte directiva contribuyeron a la continuidad y mantenimiento, como de quienes han hecho valer algunas falencias (el espacio para presentar en el Café Bar Las Hormigas en efecto, era gratuito pero, como lo ha manifestado Andrés Cisneros, para el del Salón de Usos Múltiples, dado que requería un servicio de personal adicional, regularmente sí cobraba una cuota, exención que Sergio y yo conseguimos, por nuestra condición de egresados de la facultad, para las referidas mesas de lectura).
Un abanico de posibilidades se abren ante este panorama, no solo el reducido mesas de lectura y presentaciones: ¿por qué no llevar grupos de escuelas tanto públicas como privadas al Museo Metafórico? ¿Por qué no implementar en el mes de junio unas Jornadas Velardeanas, similares a las de Zacatecas, de amplio espectro y no supeditadas (como se criticó de las anteriores autoridades) a las filias y fobias de un grupo en específico? ¿Qué tal un ciclo de Estudios sobre López Velarde en el que se analizaran las aportaciones lectoras de toda una pléyade de exégetas, comenzando por Villaurrutia y Paz hasta Allen W. Phillips, José Luis Martínez, José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Marco Antonio Campos, Evodio Escalante, Martha L. Canfield, Víctor Manuel Mendiola, Ernesto Lumbreras, Fernando Fernández y, en especial, Israel Ramírez, quien desde el ColSan se ha especializado en esta área temática? ¿Y qué tal un ciclo de mesas de estudio y crónica sobre la Colonia Roma? ¿Por qué no además conectar dichos análisis con el contenido que aporten las bibliotecas de Huerta y Novo? ¿No vendría bien una publicación de la Casa del Poeta (y no solo para difundir sus actividades, sino también la creación literaria más reciente), quizás en formato electrónico, ya que hacerla en papel resulta más oneroso? En fin que, ante semejante atentado colonialista perpetrado en el corazón de la colonia Roma, violentando el propósito medular y razón de ser de la Casa del Poeta, solo una recomendación: “no cometamos la atrocidad de poner las sillas sobre la mesa”.




