Musarañas 39

Por: Francisco Segovia
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BAUTIZAR EL UNIVERSO ~
Dice el Génesis que en el principio Dios creó los cielos y la tierra, pero que entonces todo era caos, confusión y oscuridad. ¿Estamos entonces ante una creación imperfecta? No. Este caos dice lo mismo que la primera línea del Enuma Elish: “Cuando en lo alto el cielo aún no había sido nombrado”; es decir, apunta a la misma afirmación: Crear no es hacer; crear es colocar lo hecho en el mundo del sentido. Si, después de decir “Haya luz”, Dios no hubiera visto que la luz “estaba bien”, si no la valorara como buena, no habría aún creación. Por esa inserción de las cosas en el mundo del sentido la creación se asocia con el acto de nombrar. El bautizo cristiano repite en el individuo ese acto de nombrar (y así crear) el universo: “y llamó a la luz ‘día’ y a la oscuridad la llamó ‘noche’. Y atardeció y amaneció: día primero”. El día primero no es el primer día de existencia de las cosas sino el primer día en que las cosas amanecen al universo del sentido.
EL MAL, ACCIDENTE DEL BIEN ~
Muchos mitos narran el nacimiento del mal por una inequidad o injusticia: dos hermanos, iguales en todo, reciben tratos, herencias o dominios desiguales. A Osiris pertenecen todas las tierras fértiles; a Seth, todos los desiertos. Jehovah recibe con agrado las ofrendas de Abel, no tanto las de Caín. Es la envidia, la revancha, la venganza del hermano apocado lo que inaugura el mal. Pero ¿es que no hay justificación de ello en la inequidad y la injusticia? Sí y no. Antes de que una cosa sea valorada como mejor que otra, no hay diferencias; en el orden natural no hay diferencias. Y no hay diferencias tampoco con respecto a la Creación. Cuando Jehovah terminó la suya, “vio que era buena”. Al orden del universo, bueno de por sí, le dan lo mismo el desierto que la selva, la primavera que el invierno… Hasta que aparece la humanidad (o hasta que Adán y Eva muerden la manzana, conocen el bien y el mal y son expulsados del paraíso). El juicio humano empieza entonces a valorar las cosas y las tiñe de ese valor: el desierto es malo, estéril y mortal, lo mismo que el invierno. Seth muestra que quien hereda el desierto se vuelve malo como el desierto, por más que su rebelión no carezca de razón. Al menos no de forma inmediata. Lo digo porque, a la larga, la creación sigue siendo algo bueno, como dice la Biblia, y como dijo también, a su manera, Eurípides en una obra perdida, Eolo, que cita Plutarco: “no podrían estar aparte los bienes y los males, / sino que hay una mezcla tal que resulta bien”.
Al fin de cuentas, el mal es un accidente del bien, mal que le pese a Heráclito.
EL DIABLO ~
El monstruo no ha tenido nunca un carácter meramente bestial. En cuanto muestra voluntad y se pone a la tarea, no podemos sino concebirlo como persona. Quizá sea en el fondo una bestia, sí; pero, si hemos de hablar de él con alguna esperanza de ser comprendidos, entonces más nos valdría convertirlo en una figura reconocible; en un noble digamos (Lord Ruthven o Drácula), o en un comerciante ridículo (el diablo de Enoch Soames). Sólo así podremos presentarlo a nuestro pensamiento. Todos los Faustos son reflexiones sobre el mal, el amor, el pecado, la ciencia; pero, para poder pensar en estas cosas, que son dominio del demonio, antes tenemos que poder presentarlo a él; esto es, antes tenemos que resistir su presencia; antes tenemos que poder verlo…
ENOCH SOAMES ~
No estoy tan seguro de que Enoch Soames deba sentirse engañado por el diablo. Es cierto que él quería pasar a la historia como escritor, y que pasó en cambio como personaje de otro escritor; pero, tratándose de libros —quiero decir, tratándose de relatos— ¿qué distingue a la persona del personaje? Para la literatura ¿no son igual de imaginarios Julio César y el Capitán Ahab?
Pero que conste: para la literatura, tratándose de libros, de relatos…
ARQUETIPO O CLICHÉ : LA MISMA HISTORIA DE SIEMPRE
Las hagiografías hindús tienden a parecerse más y más a medida que pasa el tiempo. De seguir así las cosas, es de prever que al cabo de un tiempo todos los santos tengan la misma biografía. Según Adrián Muñoz (Historia mínima del yoga) —que en esto confiesa seguir a David Lorenzen—, se trata de un proceso histórico que tiende al arquetipo. Su movimiento va, pues, en sentido inverso al de Platón. Porque Platón colocaba el arquetipo en el origen y veía en la historia no más que una sucesión de malas copias de él, cada una diferente, mientras que el camino de los santos hindús va en sentido inverso y no parte del arquetipo sino que va hacia él. Esta última postura tiene un aire indudablemente moderno y darwinista, pues considera que el proceso consiste en una selección de rasgos o temas que se fijan o desechan debido a su éxito o su fracaso: los famosos memes de Richard Dawkins (El gen egoísta). Así, lo que en Platón era un camino hacia el ideal, en Muñoz y Lorenzen es una vía a la homogeneización.
Este proceso me hace pensar en los poquísimos temas en que, según Roland Barthes, se agota la literatura (arquetipos, clichés, memes, lo que sea), pero también en el listado de opciones que presentan las cadenas de televisión por cable, como Netflix, Prime, Hulu, etc.; a saber, series o películas que no ofrecen más que variantes levemente distintas de una misma historia de amor o de una misma saga de crímenes y violencia. Y esto no alienta mi optimismo, porque es de prever que, si la tendencia sigue, el tema del amor será subsumido en el de la violencia y al final sólo ésta reinará sobre las historias que nos contamos unos a otros los seres humanos. Aunque, no sé, quizás haya cristalizaciones irreductibles, y esos dos temas sean, justamente, ejemplo de ello.
DIOS APENAS TOLERA LA LITERATURA ~
Los libros sagrados son libros de relatos antes que de leyes. El dios o los dioses son tema de esos relatos, o cuando menos los inspiran. Pero rara vez tienen la paciencia de escuchar ellos mismos un relato. En la Biblia no hay cuentos que Dios escuche. Quizá porque a él no hace falta contarle nada, pues todo lo sabe, de modo que las desventuras que Job reseña frente a él no son sino reclamos que Dios tolera que se digan para que podamos oírlos nosotros. Quizá por eso mismo los Salmos son sobre todo quejas y reclamos, palabras que Dios deja pasar para que las oiga el mundo. Un recurso didáctico.
Pero ¿cómo conoce dios todas las historias? ¿Las conoce (las sabe) como sabemos nosotros algo que hemos leído (es decir, no de forma literal sino esquemática, “impresionista”), o las sabe en detalle, con todos sus puntos y sus comas, como el Funes de Borges? ¿Cómo serán su Epopeya de Gilgamesh, su Empédocles, su Safo? ¿Tendrá Dios en su memoria todos los borradores de El cementerio marino? ¿No le emborronarían la obra final todos los borradores de Valéry, sus intuiciones y sus traspensamientos? ¿Se quedará con sólo la inspiración de esa obra y sin sus palabras? ¿O elegirá finalmente, como el poeta, la última versión, la que el poeta deja por la paz, sin más retoques, y olvidará las otras?
¿Qué diría Dios que es la obra de un autor?




