Mía.

Por: Irene González

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Mi madre me crio para ser lo que ella no pudo ser. Alcanzar la perfección donde ella falló. Me entregó a las Hermanas Dolorem a los trece años, tras mi primera sangre. Recuerdo bien ese día. Mamá me ordeñó como a las vacas y, sin mucho esfuerzo, llenó medio frasquito de vidrio con el líquido rojo que manaba de entre mis piernas. Las primeras sangres son abundantes. Metió el índice dentro, remojó la puntita con el producto de mi menstruación. Lo observó meticulosamente, se lo acercó a la nariz, aspiró su aroma y, finalmente, lo lamió. Contuve el aliento. Aguardé el veredicto mientras me arañaba los pellejos y mordía la punta de mi lengua con fuerza. Ella sonrió, me miró orgullosa y asintió despacio.

— Estarán satisfechas.

Las Hermanas Dolorem estuvieron más que satisfechas. Se reunieron en torno a mi ofrenda, el frasco transparente con el preciado néctar. Bebieron, danzaron, rieron en dirección a la luna. Celebraron la llegada de sangre nueva. Mi madre me abrazó con fuerza antes de marcharse. Acarició mi trenza por última vez y me quedé a vivir en el convento con ellas.

Del Carmen guarda muchos secretos. Las personas ven lo que se les muestra. Nos ven de día, entre ellos, sin prestarnos atención. Trabajamos ahí o en los alrededores. Limpiamos, organizamos eventos, dirigimos muestras culturales. Estamos tras el mostrador de alguna de las tiendas en el centro, hacemos voluntariado en la iglesia. Somos cualquiera. Bajo la carne escondemos lo que nos une. Palpitamos en las entrañas del convento como la sangre de Madre Dolorem nos golpea en las venas. Y, durante muchos años, fui la mejor entre ellas.

Entonces llegó la otra. Apareció como los malos presagios, un rumor en labios de las hermanas, un nombre merodeando las esquinas de los pasillos. Una fruta podrida en mi desayuno, un mal sabor en la boca. Ella poseía pantorrillas fuertes que le sostenían el cuerpo durante horas al bailar las invocaciones. Muslos gruesos en los que apoyaba a los animales para drenarles los cortes del cuello. El cabello moreno le caía en una cortina gruesa, de donde se agarraban los espíritus mientras les bebía el alma.

Y, precisamente, Alma se llamaba.

Venía de Ayutla. La excepción a la regla, hasta los quince le vino el periodo y primero vivió con las Hermanas Silentes. De ahí que no tiene lengua. A las Silentes se las cortan durante la iniciación. Es un órgano amoratado el de Alma, abultado y mucoso, que se infectó y cicatrizó pobremente después de su amputación. A veces abre la boca como serpiente y me lo enseña, nomás para fastidiarme. Pero los talentos de Alma le quedaron grandes a su primera congregación. Las Dolorem la reclamaron entonces, ansiosas de averiguar si las habladurías en torno a ella eran reales.

Estuve ahí el día en el que su sangre fue repartida. Alma aguardaba sentada al fondo de la sala. Se le veía tranquila. Tenía los ojos fijos en la mesa, en el frasco donde el líquido de sus entrañas reposaba, tan quieto como ella. Una mosca se paró en el borde de vidrio y retomó el vuelo de inmediato, como si supiera dónde no le convenía remojar las patas.

Fue un éxtasis total. Su sangre nos otorgó visiones gloriosas, bebimos y nos regocijamos, sintiendo la presencia de Madre Dolorem con una fuerza única. Casi creímos ser capaces de escuchar su voz, percibir su calor y alcanzar el roce de su mano. El trance duró más tiempo que el de cualquier otra iniciación. Volvimos en sí con los primeros rayos de sol. Acariciaron mi mejilla roja y comprendí que lo que Alma traía dentro no lo podría igualar yo.

Su mutismo le impedía recitar las invocaciones, así que entregaba el cuerpo en un baile frenético, erótico, la película de sudor hacía que su piel brillara con una luz hipnotizante. Constelaciones de lunares le decoraban el abdomen, los brazos, el cuello. Los dedos finos degollaban a la perfección becerros, gatos, hombres y viejos por igual. Los ponía de cabeza con ayuda de las poleas, los tenía colgados más de lo necesario porque le gustaba verlos llorar, gimotear, especialmente disfrutaba oírlos rezar. La observaba ponerse en cuatro patas, acercárseles al rostro para lamerles las lágrimas, sorberles los ojos y pasarles por el cuello el filo de la navaja. Su modo de ordeñar era arte y todo lo que recolectaba sabía mejor, funcionaba mejor. Alma era, sencillamente, mejor.

Tenía que matarla.

Me inventé un pretexto y me fui para Ayutla. Es difícil mentirles a las Hermanas Dolorem. Cuidé bien de proteger mi mente con tripa de chivo, mis labios con tres piquetes de aguja y el corazón con una hoja de cempaxúchitl empapada en jugos de muerto. Llegué al convento de las Hermanas Silentes de noche. Ninguna se percató de mi presencia en los terrenos que rodeaban el edificio principal. Eran mucho más sencillas de engañar y mis protecciones funcionaban. Ocultaron mis intenciones a mis propias hermanas, ocultarían fácilmente mi presencia en una congregación ajena. Era innecesario irrumpir en sus viviendas, únicamente tenía que adentrarme en el cementerio, entre los árboles y las lápidas, sobre las hojas que cubrían el suelo.

Identificar el sitio exacto donde se entierran las lenguas.

Alma, Almita, mira que por aquí traigo tu lengüita. De mí no te escapas, un sólo pedazo tuyo me basta. Nada mejor que un trozo de lengua. Dónde está, dónde está, ¿enterrada por aquí, o enterrada por allá? Oh, no, Alma, Almita, soy yo quien trae en la mano tu lengüita.

Se dio cuenta. Sintió mis dedos aferrando la ausencia al interior de su boca, igual a un órgano fantasma que de repente punzaba. Pero ya era tarde. Así como regresé, manchada de tierra y olorosa a cadáver, entré al Ex Convento del Carmen. Me encontró a medio patíbulo, temblaba como borrego recién parido. Fue la primera vez que le vi el miedo en la cara. Traía un camisón blanco con una sombra de orina extendiéndose en la tela. El cabello enmarañado. Abría y cerraba la mandíbula como si le faltara algo además de la lengua, o tratara de acomodarse el hueso dentro del cráneo. Parecía una vaca regurgitando el alimento medio masticado. Hizo un sonido desesperado, un gemido que le ascendió desde el estómago.

— Muy chingona, muy chingona, pero te apendejaste.

Alcé mi premio como si estuviera tentando a un gato: el frasco con la lengua de Alma reposando en vinagre. Vinagre y mi propia sangre, y restos del último ser a quien ella le arrebató la vida. Un toque de acónito y magnolia pugana, tres escupitajos de las últimas tres lunas llenas.

— Una de mis mezclas favoritas. A decir verdad, se me da bastante bien.

Alma sabía de qué hablaba. Y estaba horrorizada.

No es raro que el cuerpo se vuelva en nuestra propia contra. Algunas veces detecta enemigos donde no los hay, infecciones donde no existen, el sistema inmune se ataca a sí mismo, en ocasiones ni siquiera responde. Utilizar el cuerpo de Alma en su propia contra sería un proceso lento y ésa era la parte que más le aterrorizaba.

Un día, por ejemplo, aparecería una herida en esas bellas, torneadas, pantorrillas suyas. Pequeña al inicio, pero que no sanaría nunca. Llegaría entonces, casi como quien no quiere la cosa, una mosca. La misma mosca, quizás, que antes no se atrevió a pararse sobre su sangre menstrual. Esta vez, en cambio, se atrevería a remojar las patas dentro de la herida. Iría incluso más lejos. Tan lejos como para excavar en su carne y dejarle incrustadas sus pequeñas larvas. Gusanitos que crecerían dentro de ella, que se alimentarían de ella, que infectarían el tejido muscular, su valioso líquido vital. Qué difícil ejecutar una danza perfecta con la pierna gangrenada. Aún más complicado hacerlo con la extremidad cercenada.

Otro día, se me ocurre que los huesos de su rostro empezarán a crecer de forma desmedida. Empujarán la nariz más allá de su silueta aguileña, ejercerán presión en su frente, en sus ojos, en la mandíbula que ahora abre y cierra sin control. Al inicio lo peor serán los dolores de cabeza. Taladros que le impedirán dormir, pensar, o tan siquiera levantarse en las mañanas. Después vendrán las hemorragias, el ojo escapando impotente de su órbita. Tuerta y muda, contaminada y sucia, será difícil seguir siendo la favorita de las Dolorem.

No podrá matarse tampoco. No le daré autonomía suficiente. Mi madre me crio para llegar lejos, tan lejos como fuera capaz. Alcanzar la perfección. Las Hermanas Dolorem salieron al patíbulo para averiguar lo que pasaba. Estaban indignadas conmigo, pero no podían intervenir en el vínculo que había forjado con Alma. Además, habría que decirlo, estaban también impresionadas.

— Ahora sí, Almita. Eres mía.

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