LA PELOTA, ¿NO SE MANCHA? (1)

Por: Adrián Muñoz
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PRIMER TIEMPO
En las postrimerías del 2001, el mítico estadio de la Bombonera, en Buenos Aires, albergó un partido en homenaje a Diego Armando Maradona. Jugó la selección de Argentina contra el Resto del Mundo, un combinado multinacional de jugadores célebres. Fue la despedida oficial como jugador del famoso 10, cuya baja estatura corre inversamente proporcional a su talla futbolística. Al final, El Pelusa portó la casaca del Boca Juniors, su casa futbolera. Dio también un emotivo discurso donde reconoció sus errores, enalteció el balompié y, además, pronunció una memorable cita: “La pelota no se mancha”. La ocasión subrayó el amor al futbol y la hermandad deportiva. Sin duda, todavía resuenan los ecos de las ovaciones y los aplausos que allí sonaron.
En contraste, una de las grandes plumas del continente —y también argentino— fue un agrio crítico del deporte y, en concreto, del futbol. El inmortal Jorge Luis Borges dijo varias cosas inequívocamente fuertes acerca del balompié. Entre ellas, destaco aquí la siguiente expresión: “El fútbol despierta las peores pasiones. Despierta sobre todo lo que es peor en estos tiempos, que es el nacionalismo referido al deporte… Hay una idea de supremacía, de poder, que me parece horrible”. Podría haber escrito esto durante junio y julio de 2026.
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Por supuesto, hay algo de romántico en pensar que justas deportivas como la Copa Mundial de Futbol son un espacio donde se pueden estrechar lazos de fraternidad, al tiempo que se compite en buena lid y se dirimen rivalidades de un modo sano. Más no son sino buenos deseos. Wishful thinking, como dicen en inglés. En realidad, más a menudo encontramos otras cosas, no siempre muy agradables.
De entrada, resulta normal que un deporte que enfrenta a equipos de personas desate sentimientos de adherencia entre los espectadores. El futbol tiene una particular fuerza para invocar tribalismos. Somos criaturas gregarias y el sentimiento de pertenencia cimenta las más básicas nociones de sociedad. En todos los países que practican en serio el balompié, hay partidos especiales que enfrentan bloques de seguidores que imprimen una impresionante energía emocional en esto. Dichos partidos se llaman “clásicos”. El más célebre y mediático es el derby español: Real Madrid vs Barcelona. (Tema de otra disquisición es la enorme comercialización de este partido, que encuentra hinchas en todos lados del planeta, como la Coca Cola y la Pepsi.)
En principio, los clásicos surgen de la rivalidad de equipos muchas veces contiguos, que comparten una localidad, o bien porque la historia deportiva ha registrado encuentros de especial efusividad y encono. En México, el “clásico nacional” se da entre las Chivas del Guadalajara y las Águilas del América, que habitan diferentes ciudades (como el Madrid y el Barça) pero que son los equipos con mayor número de simpatizantes. Cada uno, además, tiene algún clásico local: el inflexible Chivas vs Atlas, el turbulento Pumas vs América. También existe el “clásico regiomontano”: Rayados de Monterrey vs los Tigres de la Universidad Antónoma de Nuevo León, y otros.
En Argentina: el Boca Juniors vs el River Plate llega a niveles catatónicos. En Brasil, la samba echa chispas con el clásico de Río de Janeiro, o Fla-Flu (Flamingo vs Fluminense). Chile alberga el férreo Colo Colo vs Universidad de Chile. En Italia: el A.C. Milán vs el Inter de Milán enfrenta escuadras endurecidas. En Inglaterra se juega el Manchester United vs el Liverpool, que siempre bordea el caos. En todos los casos hay varios otros encuentros de alta categoría con el rango de clásicos. Más que partidos de futbol, son duelos de honor.
En este tipo de partidos, lo más evidente es el tribalismo exacerbado que se desprende. Sería más correcto decir: que estalla. Porque las rivalidades trascienden la mera oposición en un campo de futbol; se trata de enemistades profundas e irreconciliables. Los hinchas de absoluta entrega se identifican hasta la médula con los colores de sus equipos o clubes. No es exagerado hacer una analogía con las simpatías por partidos políticos. La efervescencia por demostrar la superioridad de los nuestros y por denostar la constitución de los otros se repite periódicamente en cada contienda electoral. Es sumamente improbable que alguien vire drásticamente sus inclinaciones políticas (paradójicamente, tanto políticos como futbolistas pueden militar en otras agrupaciones sin demasiados tapujos). Antes bien, las peleas por estos motivos pueden ser incendiarias y nunca corteses. Bien dicen que de religión y política no hay que hablar, para evitar el pleito. Y tampoco de futbol (tan fácilmente cedemos a la tentación de identificar una crítica a nuestro equipo, político o iglesia como una afrenta personal). Pero aquí estamos. Porque en la periódica fiesta del futbol es imposible abstraerse.
El tema con el tribalismo es que puede salirse de control. Y cuando el tribalismo está además alimentado por fervores nacionalistas o patriotas, peor. Es lo que sucede a menudo con una copa mundial de futbol. Imposible que no motive tribalismos. Saca lo peor de los aficionados. Se simplifica y reduce a poblaciones o naciones enteras a las barbaridades que unos cuantos cometen o pronuncian. Por su parte, los señalados catalogan los cuestionamientos como campañas de odio generalizado.
Lo siento, Diego, te equivocaste: la pelota sí se mancha. Más bien no se limpia.
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Las rivalidades entre países vecinos suelen ser particularmente incendiarias. México, por ejemplo, es decididamente repudiado cuando juega en Centroamérica: a las patadas en el campo le anteceden los escándalos afuera de los hoteles (los mismo, pues, que hizo México en el Mundial de 2026 con los equipos a los que enfrentaría). Los enfrentamientos con el Team USA siempre tienen un peculiar regusto a pelea que hace aflorar demasiadas cosas: las constantes intromisiones norteamericanas y la doctrina Monroe, las guerras donde EEUU se hizo de una enorme parte del territorio mexicano y, más recientemente, la virulencia migratoria del país norteño para con los latinos, en especial los mexicanos.
Están también los partidos entre Brasil y Argentina (que compiten por la hegemonía regional), Uruguay y Argentina (acérrimos vecinos), Chile y Perú (¡oh, dulce pisco sour!), China Vs Japón… Suelen ser encuentros de alto calibre.
Si hubo una relación de sometimiento político o colonial, las cosas pueden ser bastante más espinosas: países del Magreb contra Francia o España, Ghana contra Inglaterra, Congo vs Bélgica…. En algunos casos, de hecho, se evita a toda costa que se den ciertos enfrentamientos deportivos a causa de las tensiones políticas, a veces bélicas, por ejemplo: España vs Gibraltar, Armenia Vs Azerbaiyán, Kosovo Vs Bosnia o Serbia o Rusia, Ucrania vs Rusia (quien, de hecho, está excluida de muchas competencias internacionales, aunque Israel no…).
El tribalismo muestra sus varias caras en los enfrentamientos de selecciones nacionales. Tanto en cancha como en las gradas (y en las endemoniadas redes sociales) se dan puntapiés y altercados. Esto puede traducirse en situaciones francamente repudiables, como tras el partido de 16vos de final que enfrentó a México con Ecuador. Cobardemente, una aficionada de El Tri azteca arrojó un vaso de cerveza a un par de aficionados de La Tri ecuatoriana. La agresora quiso esconderse, sin éxito. Los mismo padeció un grupo de reporteros ecuatorianos durante la transmisión del mismo partido. ¿Cuál fue el pretexto? El marcador no, porque los de verde sacaron un convincente triunfo. Si no fue la frustración de la derrota, ¿entonces qué?
Todo se desprende de abril de 2024, cuando el gobierno ecuatoriano irrumpió en la embajada mexicana en Quito para apresar al exmandatario Jorge Glas, allí refugiado. Sin duda, se trata de una intrusión que violenta acuerdos internacionales y protocolos consulares. México cerró su embajada. Pero el pueblo mexicano lo tomó como una afrenta personal y lo caricaturizó: todos los ecuatorianos nos hicieron esto. Porque en la simplificación de las cosas, no se puede mantener la sensatez. Y así, la mexicana arriba mentada (y algunos cibernautas) llamaban a defender el honor nacional dentro y fuera de la cancha. Pero también vale la pena decir que muchos mexicanos —en quienes imperó la civilidad— repudiaron las acciones. Más saludable sería todo si supiéramos reírnos y no tomarnos tan en serio todo. Recuerdo aquí un divertido sketch que prepararon dos colectivos de comediantes (de Ecuador y México) justo para abordar la controversia de 2024.
Supongo que es inevitable que las fricciones políticas se trasladen a la cancha. Con tino, Juan Villoro ha señalado que “el futbol es la política por otros medios”. Esto se puede percibir muy claramente en los partidos entre Argentina e Inglaterra, que después de la Guerra de las Malvinas en 1982 se convirtieron en materia de orgullo nacional. El mundial de 1986 brindó al mundo dos momentos inversamente proporcionales que reflejan muy bien la cuestión: ganar a Inglaterra a como dé lugar. Así, Maradona se despachó con uno de los engaños más flagrantes de la historia del futbol (la famosa “Mano de Dios”), para después realizar una de las anotaciones más maravillosas de los mundiales (el “Gol del siglo [XX”]).
En el mundial de 2026, se repitió estre enfrentamiento. No hubo ningún gol prodigioso en esta ocasión, pero sí pancartas y carteles con mensajes a propósito del territorio en disputa. Vale la pena subrayar que, pese a la infracción según el reglamento vigente de la FIFA (está prohibido hacer pronunciamientos políticos en los partidos), los hinchas y los jugadores mostraron su proclama. El partido lo ganó Argentina, ante unos ingleses que parecen haberse olvidado del gran juego que habían estado haciendo. Pero la victoria incluso podría haber trascendido el estadio. Si bien la FIFA está obligada a investigar el asunto para aplicar posibles sanciones, el tema volvió a ser tema de discusión internacional y podría llevar a nuevos entendimientos acerca de las islas. Incluso el propio e influyente diario británico The Guardian solicitó al gobierno de Reino Unido abrir las negociaciones. Un golazo sin duda. A ver cómo termina ese partido.
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En las útimas décadas, un tribalismo global (lo cual parece un contrasentido; lo tribal, por definición, es más bien local) se dio entre los partidarios de Cristiano Ronaldo y los de Lionel Messi. Los improperios que unos y otros se han dedicado son dignos de muros carcelarios. No hay datos ni estadísticas que convenzan a unos u otros de quién es, efectivamente, el Mejor de Todos los Tiempos. (En realidad, ya se sabe: ese fue el Rey Pelé, tres veces campeón del mundo; de cerca, Maradona lo acompaña en la segunda plaza del trono balompédico.)
Durante el mundial norteamericano de 2026, ambas figuras (C. Ronaldo y L. Messi) se despidieron de su participación en esos foros. Portugal no llegó muy lejos y el sexto mundial de CR culminó con ciertos sinsabores. Una figura de esa envergadura habría merecido llegar más lejos (y diría lo mismo del talentoso colombiano James Rodríguez), mas la justicia suele ser un invitado ausente en la fiesta del futbol. Messi y sus compañeros lograron llegar a la final. El camino que recorrieron (más concretamente: el modo como lo recorrieron) aportó a los no partidarios del otrora ariete blaugrana municiones para duplicar sus críticas.
Messi, además de ser un futbolista cuyas portentosas habilidades futboleras están fuera de toda duda, es al mismo tiempo un tipo poco firme en cuestiones de problemáticas sociales y, por último, mas no menos importante, obediente con la FIFA (la rebeldía de Maradona y la no subordinación de Cristiano les hizo perder los favores de la cúpula institucional). No olvidemos, que tras llegar a la dirigencia de la FIFA, Infantino “resucitó” a Messi, quien ya se había retirado de la selección de futbol tras una cadena de fracasos, culminados con la derrota ante Chile en la Copa América diez años antes del más reciente mundial. En la era de Infantino, providencialmente, han aparecido títulos y condecoraciones a nivel de selección. Esto no ha caído bien entre los detractores.
Si a eso se suman “influencers” que repiten el discurso (no compartido por todos los argentinos, hay que decirlo) de que Argentina no es latina, sino europea; o hinchas que alegan que México (¿y Argelia, Colombia o…?) no pueden criticar porque no han sido campeones del mundo; o comunicadores argentinos que expresan en televisión su profundo odio por todos los mexicanos, quienes —dice en particular un sujeto indigno de ser nombrado— envidian en todo a los argentinos, pues los ingredientes no podrían sino preparar un guisado muy, muy picante. Único resultado posible: la indigestión. Terminamos todos indigestos. Y la culpa la tenemos todos.
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Con todo y la legitimidad de muchos señalamientos de las irregularidadse arbitrales o la imparcialidad para con alguna selección o jugador en particular; con todo y el repudio por comentarios fuera de lugar y violencias indefendibles, no es aceptable el sentimiento de encono desbordado y desproporcionado que se estuvo gestando durante el encuentro deportivo, sobre todo hacia el pueblo argentino. El tribalismo —ya lo dije— tiene el riesgo de esencializar a grupos de personas, de reducirlos a caricaturas grotescas. No es válido hacer eso. Está bien que el futbol nos apasione y que gritemos o lloremos, que gritemos ante la decisión falible o cuestionable de un árbitro. Pero no somos enemigos mortales.
Argentina es más que un puñado de futbolistas a veces poco elegantes ante la derrota o la victoria, y más que un comunicador insidioso. Para quien esto escribe, el país sureño es la música de Astor Piazzola y “Balada para un loco” (canción que solía ser parte de las tertulias de mi familia), un paseo por San Telmo con un amado amigo; es la obra de Borges, Julio Cortázar (uno de mis tempranos héroes literarios) y Alejandra Pizarnik (mujer de brutales versos); es la maravillosa librería El Ateneo, Mafalda (la tira cómica ineludible, y el nombre también de un restorán en mi barrio que sirve unas milanesas espectaculares); las varias y enriquecedoras charlas con académicos y colegas. Es el mate que he compartido con gente entrañable.
Los tribalismos, mezclados con nacionalismos, engendran demonios, como discernió Borges.
Da la sensación de que se estremece todo y ya no queda suelo fijo sobre el cual andar. Por ahora, mejor reproduzco “Cuando pase el temblor”, canción de la ya legendaria banda argentina Soda Stereo. Es tiempo de ir al vestidor.
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