De porteros, patadas y penaltis

Por Adrián Muñoz
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El mismo año que México hospedó su primera copa de futbol del mundo, el escritor austriaco Peter Handke publicó una noveleta o cuento largo titulado El miedo del portero al penalti (penalty en la edición de Alianza). La historia gira en torno de Joseph Bloch, un portero retirado que trabaja ahora de mecánico. Hay, en realidad, poco de futbol en esta novela corta. Sabemos que el punto culminante de la vida deportiva de Bloch fue un tiro penal que no pudo detener: “Sorprendido por el tiro, dejó que la pelota le rodara entre las piernas”. Es una escena ignominiosa, casi ridícula. Aunque no se afirma, ésta podría haber sido la causa del final de su carrera profesional.
El libro termina con otro tiro penal que Bloch contempla en un juego local en mitad de la nada. En esta ocasión, el portero lo ataja, mas casi sin querer: “De repente el jugador echó a correr. El portero, que llevaba una camiseta de un amarillo chillón, se quedó parado sin hacer un solo movimiento, y el jugador le lanzó el balón a las manos.”
Nótese que ambos porteros se quedan quietos ante el pelotazo. Sin embargo, de manera un tanto accidental, este portero desconocido logra contener el embate, a diferencia de Bloch. Con este final, parece una novela circular, mas no es así. El círculo no se cierra.
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La novela de Handke tiene que ver menos con gestas futbolísticas que con otras cuestiones. El tema más prominente es quizá el de la alienación. Desde el momento inicial del relato, cuando Bloch interpreta (erróneamente) que lo han despedido del taller donde labora, su devenir muestra un hueco cada vez más amplio entre él y el mundo. De hecho, aunque sabemos que en ocasiones sostiene diálogos con otros personajes, éstos no se reproducen, haciéndolos casi ausentes. El paranoico estado interno de Bloch lo lleva a cometer el asesinato de Gerda, una muchacha con la cual ha pasado la noche.
La narración produce que sintamos la disociación del espectador o sujeto con la realidad, que —debido a la propia alienación— deja de percibirse como real. Se diluye. Lo que desencadena la decisión (visceral, espontánea) de Bloch de estrangular a Gerda es precisamente una alienación lingüística. Previamente, Bloch había comenzado a experimentar una incapacidad lingüística: las palabras parecían fallarle, y al no llegarle las palabras, los objetos tampoco se podían convocar. Al cerrar los ojos, le era imposible concebir los objetos con los ojos cerrados, verlos con la mente, incluso tras haberlos visto con la retina unos segundos antes.
Gerda, la víctima, trabaja como taquillera en una sala de cine. Tal vez esto no es casual. A final de cuentas, las películas que Bloch mira son simulaciones de la vida real, tan poco tangibles y creíbles como le parecen las “cosas reales” y el lenguaje mismo.
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Un torneo de futbol, especialmente uno organizado por la FIFA, es un poco lo mismo: la simulación de una competencia neutral, donde siempre gana el mejor y todos están en igualdad de condiciones, sin favoritismos ni obstáculos con saña. Al portero Bloch “ le parecía que todo lo que veía tenía algún parecido con alguna otra cosa; todos los objetos le recordaban unos a otros.” De modo que la crisis de valor de la palabra une la disociación de Bloch con la manipulación de la palabra escrita en los reglamentos del futbol.
En la novela de Handke, el conflicto de la atención y el lenguaje distrae —si se quiere— del crimen cometido en la primera mitad del relato. Del mismo modo, el desenvolvimiento de la Copa Mundial FIFA 2026 puede distraernos; hacernos perder de vista la cadena de controversias arbitrales, nunca tan escandalosas como ahora.
El incremento de apoyo tecnológico no necesariamente parece traducirse en mayor imparcialidad. Produce la ilusión de que se elimina el error humano, pero, en realidad, sigue habiendo margen para la manipulación. El VAR (esa entidad abstracta y todopoderosa que decide si hay gol o no) puede utilizarse para desentrañar alguna ambigüedad en una jugada crucial. Los chips del balón y las métricas camarográficas pueden detectar incluso una agujeta en fuera de lugar. Pero ni el cuerpo arbitral en cancha, ni el equipo de apoyo a distancia, pudieron detectar una evidente patada, por detrás, con los tachones del calzado de un atacante sobre la pantorilla de un defensa. O no quisieron reconocerlo, porque el atacante se apellida Messi, y Messi es una marca comercial que vende mucho, mucho dinero. “No tenía la intención”, se excusó el árbitro. Puede ser. Pero en casos similares han expulsado sin más a los infractores. Que no llevan ningún apellido messiánico. Y es que era apenas el primer partido de la selección argentina en el mundial de 2026. Ni modo que expulsaran al ídolo de masas.
Cierto: errar es de humanos. Pero aquí no se está hablando de una equivocación ocasional de una sola persona, sino de algo que ya parece sistemático. No ha sido la primera vez que lo protegen o lo favorecen al jugador albiceleste. No es contenido de ningún documento clasificado en el Pentágono o el Vaticano: cualquier búsqueda rápida en la red arrojará datos y evidencias.
Nos basta ahora con mentar el número de penales a favor de la selección de Argentina en mundiales recientes: nueve en total; ocho en apenas dos mundiales (2022 y 2026), si sumamos el que pateó Lautaro Martínez contra Jordania a fines de junio. Fueron cinco penaltis tan sólo en Qatar. En este mundial van tres, y la albiceleste sigue jugando. Para tener esto en perspectiva, la cuenta se traduce a 8 penales marcados a favor en los últimos 12 partidos mundialistas que ha jugado Argentina, más de la mitad de los partidos jugados (el país que sigue en número de penales en el mismo periodo es Inglaterra, con sólo cuatro). Una barbaridad. Será por eso que la justicia divina hizo que Lionel Messi errara cuatro tiros, convirtiéndose en el jugador que más penales ha fallado en mundiales (seguramente, un récord que la FIFA no quería, pero es un daño colateral, supongo). A esto se pueden sumar muchos ejemplos de decisiones arbitrales que han favorecido a los argentinos: anulaciones de goles en contra, no marcación de faltas cometidas, en fin.
Este panorama no ha hecho sino azuzar un profundo disgusto —cuando no franco rechazo— de muchísimos fanáticos del balompié hacia la selección de Argentina y su capitán. Y es que, en el mundo deportivo, nada hay más injusto que echarle la mano a quien no está en desventaja, a quien de hecho ya cuenta con la ventaja del oficio y el talento. El tipo es excepcional por naturaleza; no necesita de ayuda. Es un hecho que Argentina es un equipo competitivo. ¿Por qué los contrincantes deberían jugar contra la albiceleste y contra la FIFA?
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Por si fuera poca toda la controversia que la situación de aparente favoritismo hacia Messi ha producido, la FIFA parece no tener contención. Durante un partido de dieciseisavos de final, el delantero estadounidense Falorin Balogun, luchando por el balón, propinó un terrible pisotón al defensor bosnio Tarik Muharemovic, quien se retorció de dolor, sin fingirlo (que eso a menudo pasa). El árbitro decidió expulsar al ofensor. El Team USA tendría que jugar sin su delantero en la siguiente fase. Y entonces, lo inaudito: el presidente de los Estados Unidos llamó por teléfono al presidente de la FIFA para pedirle que cancelara la expulsion. Y éste accedió…. Un escándalo internacional se desató, con toda razón.
En inglés, la jerga de los naipes y otros juegos usa la expresión de usar una “trump card” para revertir alguna jugada o efecto negativo. Y eso es lo que aquí sucedió, aunque en este caso pisoteando el reglamento. La llamada presidencial resultó ser una zancadilla a la poca credibilidad que quedaba en el organizador del mundo futbolero internacional. Una patada en los huevos a todos los aficionados.
Afortunadamente, en este caso sí llegó la justicia poética. En octavos de final, Bélgica derrotó y humilló al equipo de las barras y las estrellas con un marcador de 4 a 1; fue una victoria casi aliterativa la de los belgas. Tengamos en cuenta que el gol del Team USA vino por una “falta” a quien no debía haber jugado ese partido. Recalco: la falta fue dudosa. Si al final ese gol hubiera resultado decisivo para una victoria norteamericana, la polémica sería un mega escándalo; en todo caso, nada elimina la mancha.
Peter Handke se convirtió en objetivo de controversia debido a algunas declaraciones acerca de las guerras balcánicas en la década de 1990. Tuvo sus detractores y sus defensores, tan férreos como cuando se trata de Lionel Messi o Cristiano Ronaldo. Como sea, quizá ello no debería incapacitarnos para valorar El miedo del portero… en tanto obra literaria, obra que tiene sus méritos. Del mismo modo, tal vez las artimañas para con Messi no deberían impedirnos reconocer sus talentos. Al mismo tiempo, las destrezas literaria y deportiva no deben hacer desaparecer la legitimidad de la crítica cuando haya menester.
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Hay algo en la manufactura de El miedo del portero… que recuerda a El extranjero de Camus. En ambos relatos el protagonista es una especie de antihéroe. En ningún caso los autores buscan generar simpatía por sus personajes principales; antes bien, su intención es llamar la atención sobre cuestiones existenciales o la falta de empatía por parte del protagonista.
En el futbol también hay protagonistas que, muchas veces, se erigen como antihéroes. Y no tanto porque sean la antípoda de un ídolo en cuestión (aunque eso también pasa), sino por las circunstancias. Messi o Balogun son protagonistas en sus historias (y las de Argentina y EEUU, respectivamente), pero también son antihéroes. Ambos favorecidos en esta justa deportiva por injustas decisiones arbitrales. En ambos casos, no se trató de una restitución de la justicia, lo que hubiera sido tal vez celebrado. Se trató de la barata injerencia de intereses económicos y políticos; de una clara intromisión de la mano de la parcialidad. Y allí no hubo autoridad que decretara el tiro penal.
En contrapartida, el portero de una selección que no ha sido potencia futbolística puede convertirse en héroe. Así fue Vozinha, el fantástico guardameta de Cabo Verde que fue crucial para que Messi no anotará más goles en el partido de 16vos de final, o el de Egipto, Mostafá Shobeir, que le detuvo un tiro penal al mismo ariete en 8vos., otro partido también envuelto en polémica. En efecto, lo mismo podríamos decir de Irán, que tuvo que jugar en las condiciones más adversas posibles (su país es bombardeado por el país anfitrión, que le negó hospedarse en su suelo, etcétera…).
Desde luego, este tipo de polémicas político-futboleras son de larga data: la victoria de la Italia fascista en 1934, una exención de expulsión al brasileño Garrincha en la final de Chile 1962, el dudoso campeonato de Argentina en 1978 con la dictadura de Videla como telón de fondo… Pero si antes tales situaciones eran repulsivas, ahora deberían ser inadmisibles y execrables.
La historia y la discusión en torno de la corrupción de la FIFA son moneda corriente desde hace décadas. Pero ahora, además de corrupta, es abiertamente desvergonzada. Falsea las reglas sin tapujos. Un juego que ya ni siquiera puede ampararse en la ilusión de la imparcialidad está condenado a dejar de ser juego.
Durante su exilio o huida, Bloch entabla una conversación con un carabinero. Bloch pregunta acerca de cómo es perseguir a delincuentes. La explicación del uniformado bien puede valer para el futbol: “Siempre se está en desventaja porque el otro también te está observando, y ve cómo vas a reaccionar a sus movimientos. Lo único que en realidad se puede hacer es reaccionar.” Mas cómo reaccionar cuando la ilusión (esperanza) no es sino una ilusión (engaño).
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En el Mundial de 1970 participaron sólo dieciséis selecciones. Tras la fase de grupos, ocho pasaron a cuartos de final. México, que había salido segundo de su grupo, cayó 4 a 1 contra Italia en la segunda fase. Quedó, pues, como el octavo mejor del mundo. En 1986 México volvió a ser anfitrión de la gesta: terminó primero de su grupo y llegó hasta cuartos de final, obteniendo el sexto lugar en el torneo de entre 24 participantes. En 2026, México (sede parcial del evento) pasó hasta una tercera fase de eliminación. Paradójicamente, puesto que ahora participaron 48 países, el tricolor quedó en el lugar décimo tras caer contra Inglaterra en el fortín del estadio Azteca (o como se llame ahora, que su nombre no corresponde con su realidad). La selección mexicana ganó más en número de partidos, mas no en éxito verdadero. Lo real no siempre corresponde con las palabras. A veces el balón se cuela entre las piernas.
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