Escritos sobre arte de Emilio Adolfo Westphalen (I)

Por: Adolfo Castañón

Compartir este texto.

I

El presente libro reúne 25 piezas sobre arte y artistas escritas por el poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen. Tal vez no sean todos, pero se trató de darle al volumen un carácter exhaustivo. Quince de ellos aparecieron antes en el libro Escritos varios sobre arte y poesía, publicado por el FCE en Lima en 1996 con prólogo del poeta chileno Luis Jaime Cisneros, amigo de Westphalen. Otros tres aparecieron en el libro editado por la Universidad Iberoamericana en México en 1995 con el título La poesía los poemas los poetas.

Esas ediciones se completan en A contraluz marino. El Arte la pintura los pintores gracias al esfuerzo y entusiasmo de su hija, Inés Westphalen, quien antes se había encargado de la edición de las cartas de César Moro a Emilio Adolfo Westphalen tituladas La eternidad de la noche (2023), y de El rio y el mar (2011), correspondencia entre José María Arguedas y Westphalen. Según informa la misma heredera, el título: “A contraluz marino era originalmente uno de los títulos dados por mi padre a una de las tres obras que presentó en su primera (y hasta donde yo sé: única) presentación como pintor. Ese fue también el debut internacional de la obra de mi madre –Judith Westphalen– pues ambos estuvieron incluidos en una muestra de pintura peruana que se realizó en 1946 en Viña del Mar (Chile)”. La obra incluye un texto biográfico del poeta y crítico, escrito por su hija.

El libro se divide en tres partes: “Arte moderno del siglo xx”, “Dadá y surrealismo”, y “Arte peruano”; precedidas “Por la percepción al concepto y la imagen”, ensayo publicado por Westphalen en el número 7 de Amaru. Revista de arte y ciencias en julio-septiembre de 1968, cuando tenía 57 años. Se ha decidido incluir al final una línea del tiempo realizada a partir de las menciones a los autores, pintores, artistas, escultores comentados por el ensayista para dar idea de la amplitud de horizontes que comporta este libro, que va desde el nacimiento de Tucídides (460  a. C.) hasta el fallecimiento de Fernando de Szyszlo (9 de octubre de 2017), incluyendo el paso y presencia de César Moro, André Breton, Pablo Picasso, Wolfgang Paalen, Alberto Giacometti, entre muchos otros.

II

La escritura de textos sobre arte de Emilio Adolfo Westphalen está indisociablemente ligada a la de su poesía y de sus ensayos, y forma en rigor un conjunto. El texto: “Conversaciones con Nedda Anhalt” que aparece en la edición de la Universidad Iberoamericana (EAW, La Poesía los poemas los poetas, U. Iberoamericana y Artes de México, 1995, p. 132): tuvo su origen en una entrevista a la distancia publicada en el suplemento “Sábado” del periódico mexicano Unomásuno en noviembre de 1990 y presenta un recuerdo de infancia que me parece decisivo para enmarcar la vocación poética y artística del autor.

Ese deambular por la aldea grande que era entonces Lima me fue no sólo divertido sino instructivo. Únicamente mencionaré ahora (por sus implicaciones posteriores y que en ese entonces no podía siquiera sospechar) el descubrimiento en la vitrina de un anticuario de unos objetos extraños. Eran un par de minúsculas cabezas –no mayores que un puño de persona adulta– con piel oscura (como ahumada) larga cabellera negra y labios prominentes –cosidos con una hebra gruesa que apretaba la boca. No podía imaginarme su origen ni el uso a que estaban destinadas –tampoco por qué se ponían a la venta. Mi ingenuidad e ignorancia me impedían reconocer que esas cabezas reducidas pertenecieron una vez a seres vivientes –a guerreros valerosos inmolados por creencias religiosas– sacrificados conforme a leyes ancestrales para asegurar la existencia y la seguridad de tribu o comunidad (p. 261).

III

Los escritos fueron compuestos entre 1939 y 1986; pautan su creación poética y crítica. La impronta del surrealismo es decisiva en ellos. No lo es menos la huella del poeta y pintor peruano César Moro, amigo e interlocutor de Westphalen. Decir surrealismo es en realidad una forma de ocultamiento del haz de fuerzas efervescentes en ese movimiento en el que conviven el interés por la renovación formal del arte moderno, desde el Dadá hasta la consciencia de las cualidades estéticas de la creación de los pueblos prehispánicos y aborígenes como los quechuas. Eso explica la composición del ensayo “Poesía quechua y pintura abstracta” (1964). Dichas propuestas corren paralelas a las preguntas en torno a “¿Una expresión genuinamente americana?” (1948).

IV

Conocí a Emilio Adolfo Westphalen a principios de 1980 cuando fue a entregar a las oficinas de Jaime García Terrés en el Fondo de Cultura Económica su libro Otra imagen deleznable, que sería publicado en la colección Tierra Firme. Recuerdo que nos quedamos solos un momento y que, en lugar de acosarlo con preguntas, le hice ver la luz que nos rodeaba. La conversación transcurrió pausadamente. No volvimos a vernos, pero guardé de esos instantes un grato recuerdo. A lo largo del tiempo he leído sus poemas y ensayos. He apreciado las aproximaciones que de sus escritos han hecho Rafael Vargas, José María Espinasa, Francisco Segovia, Carlos Germán Belli y Nedda Anhalt cuyas conversaciones con el poeta me fueron de particular interés. Paralelamente, tuve la suerte de poder adquirir en un viaje a Lima los siete volúmenes de la revista Las Moradas editada por el propio Westphalen, entre 1947 y 1949. En esa publicación pude darme cuenta de hasta qué punto el pensamiento sobre el arte estaba indisociablemente ligado a su preocupación por la creación poética y cómo las figuras de César Moro, Blanca Varela, Fernando de Szyszlo, se integraron en una límpida constelación inteligente. No es extraño que muchos de los textos que están presentes en esta antología provengan de esa publicación.

V

Uno de los lectores más perspicaces de Westphalen en México ha sido Francisco Segovia. De él desprendo unas letras para situar mejor la conversación en torno a estos escritos sobre arte. Segovia glosa el ensayo no incluido en este libro “Sobre surrealismo y César Moro entre los surrealistas” (Escritos varios sobre arte y poesía, 1996), leído originalmente en el Coloquio Avatares del surrealismo en el Perú y la América Latina en Lima en julio de 1990:

El ensayo donde Westphalen deja más clara su posición frente al movimiento dirigido por Breton. Ahí pinta un panorama desolador para el movimiento ya en 1925, aunque sus integrantes no lograran verlo aún en esa fecha. Henri Lefevre –citado por Westphalen– señala ese año como el de la traición del Estado ruso a la revolución de los soviets. Lo que siguió fue, en los años subsecuentes, una debacle política: Eluard y Aragon abrazaron el estalinismo, Breton se acercó a Trotski, Dalí elogió a Hitler… Como había ocurrido cien años antes, con la generación romántica, la revolución oponía a los antiguos camaradas. Pero, si estas diferencias eran importantes y se hacían notar, era porque a su modo cada uno de ellos era un Papa y un caudillo. Y Westphalen detestaba esto. Comentando la “dictadura del espíritu” pregonada por Breton, dice: “Se me permitirá al menos dejar constancia de mi rechazo de toda dictadura – la del proletariado (todavía posibilidad teórica) – de un partido – una oligarquía – una multitud o un mandamás cualquiera. En especial – de esa ambigua (y por ello más temible) “dictadura del espíritu”.

Si hiciera falta definir a Westphalen por su relación con el surrealismo, yo diría que lo central es su heterodoxia –una heterodoxia muy frecuente entre los surrealistas de mayor valía, llámense éstos Artaud, Char, Moro, Paz o Westphalen. En mi opinión, lo más valioso del surrealismo se dio siempre en esa disidencia, que uno no puede dejar de asociar con esa reiterada vocación de la izquierda política: la de disentir siempre de sí misma. Pero no olvidemos que son años en que es vital –y se exige– tomar partido. Hay un pasaje muy iluminador de Westphalen sobre los ideales surrealistas y la situación en que éstos se hallaban antes y después de la Segunda Guerra Mundial. Me atreveré a citarlo por extenso. Dice así:

Sí – era cuestión de trastornar – de abajo a arriba y en lo más profundo – todas las costumbres hábitos ritos creencias supersticiones arraigadas durante milenios – a fin de establecer sobre la tierra – no una Arcadia rescatada – sino aquel Edén vagamente adivinado por videntes profetas soñadores mitólogos – cuyo advenimiento habían tenido que transferir (por necesidad) a otra esfera o a otro mundo.

Será pertinente – para la discusión ulterior – no olvidar esta situación primordial – la cual – análoga a un substrato invariable y firme – marca las fronteras del campo en que el surrealismo procurará instalarse y desenvolverse. Podremos así explicarnos mejor los extravíos pasajeros – los callejones sin salida que les obligaron a dar marcha atrás – la comprobación de la esperanza inalcanzable – la angustia persistente ante la insuficiencia personal – el temor de haber traicionado – de ser incapaz de situarse a la altura del ideal – de verse por ello denegada la gracia de la inspiración o la bienaventuranza – el tener que reconocer que ese “poco de realidad” (conforme la apelaba Breton despectivamente) conseguía no obstante obstruir con eficacia la satisfacción del deseo.

[…] Por ello eran también de preverse las decepciones de las postrimerías y los casos clamorosos de refugio en la demencia o el suicidio (EAW, “Sobre surrealismo y CM entre los surrealistas, Escritos varios… FCE, p. 206).

VI

En la revista Amaru también tuvo un papel central Emilio Adolfo Westphalen como director y responsable editorial junto con Antonio Cisneros, Blanca Varela y Abelardo Oquendo. La publicación fue auspiciada en Perú por la Universidad Nacional de Ingeniería entre 1967 y 1971. El abanico de temas que cubrió esta publicación hace recordar los que abarcaron en México la revista Diálogos de Ramón Xirau y luego Plural de Octavio Paz: poesía, literatura, ensayos sobre artes plásticas y textos encaminados a la difusión de la ciencia y la tecnología. El conjunto de sus catorce números expresa la alta calidad que tuvo este faro editorial. En su primer número se dieron cita en el ámbito de las letras: César Vallejo, Octavio Paz, Julio Ramón Ribeyro, Francis Ponge, Javier Sologuren, Enrique Lihn, Gabriel García Márquez, André Breton, Jean Genet, Mario Vargas Llosa, Luis Loayza, José Miguel Oviedo, Abelardo Oquendo. En la esfera de las artes estuvieron presentes: Fernando de Szyszlo sobre “Kiesler, visionario de un arte sin fin”, el propio Frederick J. Kiesler con su artículo “El futuro, notas sobre la arquitectura como escultura”, Alberto Giacometti fue objeto de un homenaje con textos de André Breton y Jean Genet y de él se transcribieron las páginas tituladas “Ayer, arenas movedizas”, y “El palacio a las cuatro de la mañana”. En el ámbito de las ciencias y la tecnología se dio espacio al importante ensayo de Robert Oppenheimer sobre “Física y comprensión del hombre” y el comentario de Jorge Bravo Bresani “Tecnología y humanismo”. Las ciencias humanas y la política estuvieron presentes a través de las colaboraciones de Luis Santiago Pacheco sobre “Una crónica del Perú”, Jacques Givet sobre “Violencia y pacifismo” y “La metralleta, ¿emblema del tercer mundo?”, Augusto Salazar Bondy sobre “La conciencia del Vietnam”, Marta Traba sobre “Imágenes de Cuba”, K. S. Karol sobre “Dos miradas sobre la China: Maoismo y Stalinismo” y Claude Roy sobre “Setecientos millones de santos”.

Esta muestra hace ver hasta qué punto la revista Amaru está ávida de medirse con su época. Algunos de los artículos publicados en ella, por ejemplo, los de Giacometti, tienen afinidad con los escritos sobre arte que se publican en este libro de Emilio Adolfo Westphalen. No se debe olvidar hasta qué punto la revista Amaru fue una creación de Westphalen, quien en todo momento llevó y decidió su forma y evolución. Cuando hubo cambio de autoridades en la Universidad y esto ya no fue posible, decidió no continuar, y la publicación desapareció.

VII

Si bien Westphalen ha sido reconocido como uno de los grandes creadores en el ámbito poético, se ha escatimado su presencia como ensayista, crítico de arte y literatura, tanto como fundador y animador de revistas como Las Moradas y Amaru. La selección que aquí se presenta busca llenar ese vacío.

Como ensayista, Westphalen aventuró una síntesis afortunada entre surrealismo, poesía y crítica pictórica. De ello dio ejemplo en el ensayo aquí incluido “Poesía quechua y pintura abstracta”, que no pasaría desapercibido a la crítica de arte argentina Marta Traba y en el cual él dice: “Szyszlo ha sido uno de los pocos entre nosotros que no ha compartido la concepción del arte como simulacro de equilibrios formales”.[1] El motivo del arte como simulacro es de hecho una de las ideas recurrentes en la crítica y en la poética del autor peruano. Szyszlo atrevió una feliz aproximación en su pintura abstracta a la poesía quechua e hizo de esta coincidencia con la trágica herencia inca expresada en la poesía quechua una atrevida armadura. La desolación que campea en la poesía indígena impregna de alguna manera todo el discurso poético y pictórico. Marta Traba cita un poema anónimo náhuatl, traducido por Ángel María Garibay: “¿Qué hará mi corazón? –es que en vano venimos, pasamos por la tierra? –de igual modo me iré que las flores que fueron pereciendo. Nada será mi renombre algún día –¡Nada será mi fama en la tierra! –¡Al menos flores, al menos cantos! –¿Qué hará mi corazón? –es que en vano venimos, pasamos por la tierra?”.[2]


[1] En Marta Traba, Dos décadas vulnerables en las artes plásticas latinoamericanas, 1950-1970, México, Siglo XXI, 2005, p. 91.

[2]Idem.

Este texto es parte, y la primera entrega del epílogo del libro A contraluz marino. El arte la pintura los pintores. Editado por Bonilla Artigas Editores

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *