Musarañas 46

Por: Francisco Segovia
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CUATRO ILUMINADOS : EL MÍSTICO, EL SANTO, EL SABIO Y EL PROFETA
CUATRO ILUMINADOS : EL MÍSTICO, EL SANTO, EL SABIO Y EL PROFETA
En las versiones más tardías del ciclo artúrico, tres caballeros tienen la visión del Grial: Galaz, Perceval y Bores. Alcanzan la cima más alta paso a paso, con esfuerzo y sufrimiento, y allí reciben la iluminación. Galaz, el místico, es arrebatado por el cielo y desaparece. No tendría caso, por eso, decir que la experiencia lo hizo sabio o santo, pues santidad y sabiduría son cosas que sólo tienen valor cuando cuajan en una comunidad humana. Son sabios, en cambio, los otros dos porque, tras subir con esfuerzo, paso a paso, al llegar a la cima y recibir la iluminación no se quedan ahí: dan todavía un paso más, un paso de bajada. Los dos vuelven a la comunidad humana, aunque en grados distintos. Perceval (el santo) se queda, digamos, al pie de la montaña, como monje en un convento; en cambio, Bores (el sabio) regresa a la vida civil como consejero del rey. Ninguno, sin embargo, se vuelve profeta. Para eso habría sido necesario que Perceval, que es santo y sabio a la vez, saliera del convento y predicara a cielo abierto, como hicieron Buda, Cristo, el Zarathustra de Nietzsche y tantos otros.
Una de las lecciones que pueden sacarse de esto es que se puede ser sabio sin ser santo, lo mismo que se puede ser santo sin ser sabio. En este último caso, la cima que se alcanza puede no ser muy alta, pues incluye la revelación, digamos, pero los medios para comunicarla no son nunca intelectuales sino, en todo caso, prácticos y materiales. Muchísimos santos lo son de esta manera, que casi siempre se manifiesta en sus obras y, a veces, haciendo de ellos vehículo de un milagro. Juan Diego, por ejemplo, muestra su revelación sin decir nada sobre ella; extiende su tilma sin saber cómo llegó ahí la imagen de la Virgen. No hace él mismo el milagro, sino que el milagro se hace a través de él. Es santo por bueno, no por sabio. Del mismo modo, hay sabios que bajan de su montaña sin una verdadera revelación —con una simple iluminación, digamos—, pero son capaces de comunicarla. Son sabios sin ser santos, como muchos filósofos.
LINNEO ARRODILLADO
Siempre es bueno que algo le recuerde a uno que, detrás de sus muchos automatismos, aún hay un tizón que arde. Me lo repite hoy un pasaje de Wilde sobre Linneo, ese hombre dedicado a llenar volúmenes y volúmenes de notas descriptivas sobre las plantas (sobre todo las plantas): la forma de sus raíces, la de sus hojas y su disposición en el tallo, la figura de su flor y su manera de presentarse (solas, en racimos, con o sin brácteas), su corola, la cantidad de estambres, etc. y etc. Aunque se tratara en el fondo de la empresa infinita de describir y clasificar todas las plantas y animales del mundo, Linneo seguramente acabó por mecanizar la escritura de esas notas. Pero, también seguramente, de cuando en cuando volvía en sí para reencontrar el sentido de ese automatismo. Cuenta Wilde que “Linneo cayó de hinojos y lloró de alegría cuando vio por primera vez el largo páramo de las tierras altas inglesas teñido de amarillo por los capullos aromáticos del tojo”.
VIAJEROS DEL TIEMPO (DUDAS)
Si a un viajero del tiempo le fuera posible caer tanto antes de su nacimiento como después de su muerte, no se distinguiría de un dios inmortal y eterno.
Si este viajero no tuviera control sobre el sitio en donde aparecerá, acabaría por tener una noción muy vaga de la historia, sobre todo si es verdad que la Cuarta Guerra Mundial se peleará con piedras y palos. Pero también porque caer en un terreno donde alguien siembra con arado no asegura que se trate del pasado, cosa cierta sólo en unos cuantos lugares de la tierra.
El viajero tiene, sin embargo, un punto de partida; quiero decir, un momento de partida. Si su primer viaje lo hace a los 40, en cada sitio donde caiga tendrá 40. Pero, mientras no muera, nada impide que siga envejeciendo, de suerte que podría caer en un momento a los 40 y, diez minutos después, caer de nuevo ahí, pero a los 50. Si muere a los 70, entonces no podrá hacer viajes con más de 70 años. Aparecerá siempre, en cualquier sitio, con una edad entre los 40 y los 70. Si hubiera comenzado a viajar desde el día de su nacimiento, todos sus ahoras viajarían… A veces llegaría de meses y habría que alimentarlo, cambiarle los pañales, etc. Pero, en ese caso, nada lo distinguiría de un bebé de ese presente. Un bebé del fututo es lo mismo que un bebé del pasado.
En la versión más común, el viajero no se suplanta a sí mismo: si a los 40 se encuentra consigo mismo de 7, debe cuidar de no modificar nada en su vida de 7, para no incurrir en la paradoja del abuelo. Pero ¿y si el universo se negara a la aberración de duplicar a una persona y el viajero tuviera que tomar el lugar que ocupaba a los 7? Podría ser que el cuerpo de 40 remplazara al de 7, o que dejara su propio cuerpo sabrá dios dónde y encarnara en el de 7. A esta segunda posibilidad podríamos llamarla, con toda propiedad, una posesión. Pero ¿dónde quedaría el cuerpo de 40?
PLATÓN : REMINISCENCIA Y METÁFORA
¿No podría reseñarse la teoría de la reminiscencia de Platón como una teoría de la metáfora? Si los dientes son perlas ¿no es acaso porque lo dientes me recuerdan a las perlas? Un Platón simbolista; o, para el caso, budista… Como cada cosa puede ser metáfora de otra, todo está entre sí tramado… Y no hay tiempo… No hay pasado: lo que creemos recordar es una liga siempre presente en el universo, pero que recién descubrimos; y no hay futuro sino sólo metáforas que aún quedan por cumplirse.
EL “TIEMPO” EN EL TRASMUNDO: POE Y DUMÉZIL
Es una extraña coincidencia que Poe (“El poder de las palabras”) y Dumézil (“Debemos un gallo a Asclepio”) imaginen un trasmundo en el que hay una especie de tiempo sin tiempo, pues se comprueba que en “este jardín antropológico” (como llama Dumézil a ese otro mundo humano) existe una —al menos una— diferencia entre dos instantes sucesivos. En estos dos ensayos-relatos esto determina la inutilidad de plantear preguntas a Dios (Poe) o a Sócrates (Dumézil). En ambos, la omnisciencia o la sabiduría de esos grandes nombres resulta, por decir lo menos, anodina. Sócrates sólo responderá a nuestras preguntas con una sonrisa imbécil porque, según Dumézil, aunque en el trasmundo no pasa el tiempo, los espíritus siguen madurando, hasta alcanzar tal simplicidad y sencillez que su comunicación se reduce a una sonrisa. Poe, por su parte, rebaja la condición de Dios a la de cualquiera de nosotros, pues, dice, todos creamos. Si lo llamamos Dios es sólo porque él fue el primero en hacerlo, no porque su potencia sea mayor a la de cualquier otro de los creadores que le siguieron y le siguen. Dios dijo: “Hágase”, y después calló. La Creación es el despliegue, la inercia, de esa palabra, de ese gesto mínimo… Lo mismo arguye en Eureka.
Hay quien dice que la Creación es una obra en perpetuo desarrollo y que el Primer motor está ocupado manteniéndola, y quien dice que sólo se ocupó de darle el primer empujón y luego se echó a dormir. ¿Vendrá de esta última opinión la indiferencia divina de la que hablaban los epicúreos? Probablemente.




