Tiempo de espera: cruzar, avanzar, permanecer

Por: Gabriel Trujillo Muñoz
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Cuando los mexicanos fronterizos hablamos del otro lado estamos refiriéndonos a una entidad vecina que, para bien o para mal, a diario o de vez en cuando, de forma categórica o circunstancial, rige nuestras vidas, se mete en nuestras conversaciones, interfiere con nuestras rutinas. Esto es: los Estados Unidos y el cruce de la línea internacional que es parte de nuestro sentido de identidad como mexicanos residentes en la frontera entre ambos países. Por eso, cuando Víctor Alejandro Espinoza Valle, investigador de El Colegio de la Frontera Norte y su actual presidente, convocó a los académicos y escritores de la frontera para que compartieran textos relativos, ya fueran crónicas, poemas y narrativa personal sobre el cruce fronterizo, lo que tuvo una respuesta unánimemente favorable. Memoria viva con su extenso anecdotario de vivencias y recuerdos.
Esa convocatoria dio por resultado Tiempo de espera. Crónicas del cruce documentado, libro coordinado por Espinoza Valle y publicado en la colección In Extenso de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez a finales de 2025. Por eso en su presentación afirma: “Los trabajos que componen esta obra fueron escritos desde la experiencia del cruce de los autores. Por eso se les solicitó una crónica que cuenta la historia desde la primera persona del singular. Se trata de un grupo de escritores, poetas y académicos, que comparten las vicisitudes de hacer fila, de hacer cola para ir al otro lado. Son una buena muestra de lo que piensan millones de personas al momento de llegar a alguna de las cuarenta y dos garitas que existen a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos. Los autores le dan la voz escrita a quienes solo pueden expresarlo a través de la palabra. Ese es el gran valor de este libro. Un total de treinta y seis autores, tanto hombres como mujeres, respondieron a mi solicitud para que plasmaran en escritos breves sus experiencias. La mayoría son académicos, periodistas, escritores o promotores culturales. Más de uno respondió que prefería hacerlo a través de un poema. En total, cinco poetas son incluidos. Sus contribuciones son notables y demuestran cómo el cruce fronterizo ha servido de inspiración para la creación literaria y académica. Quien ha cruzado una garita siempre tiene una historia que contar, y este libro recoge solo algunas cuantas. Hacer fila deja huella, y esta obra es una muestra de ello”.
Entre los muchos autores que en Tiempo de espera se dan cita están Bibiana Padilla, Claudia Orozco, Pedro Ochoa, Leobardo Sarabia Quiroz, Nylsa Martínez, Édgar Cota Torres, José Salvador Ruiz, Gabriel Rivera, Martín González de la Vara, Gabriela Martínez, Cristobal Muñoz, Jorge García Montaño, Rocío Galván, Alfonso Andrés Cortez, Guadalupe Correa, Ana Patricia Valay, Jorge Santibáñez, José Javier Villarreal e incluye a varios autores norteños o fronterizos ya fallecidos, como Robert Jones, Guillermo Alonso Meneses, Minerva Margarita Villarreal y Rael Salvador.
La mayoría de los textos responden, en forma literaria, académica o periodística, a la experiencia de cruzar la frontera ya sea de ida, de vuelta o ambas. Cada quien carga sus experiencias del cruce. Sus nostalgias. Como lo remarca Bibiana Padilla Maltos: “Todos los viernes cruzábamos para ir al cine con Sheila. En innumerables ocasiones tuvimos el mismo vista aduanal e invariablemente nos preguntaba qué película íbamos a ver, además del clásico: «¿qué traen de México?». A veces nos quedábamos hablando del director de la película o de los actores que salían en ella y, otras, le decíamos que ya íbamos supertarde. En una ocasión le enseñé mi tarjeta de crédito en lugar de la mica, que es lo que usamos los ciudadanos fronterizos en lugar del pasaporte mexicano y se echó a reír diciendo que «hasta ahorita el cruce es gratuito, pero después no sabemos»”. Como lo asevera Bibiana, en sus tiempos era “inconcebible que alguien no tuviera pasaporte”.
La frontera es, sin duda, una rueda de la fortuna, una ruleta rusa, una bola mágica, un capítulo extraviado de la Dimensión desconocida. Varios de los autores de Tiempo de espera la reclaman desde la creación literaria, desde la vida como estilo narrativo, desde la película mental que cada uno lleva en su cabeza y que aquí, en este libro, comparte con los lectores. La frontera es una alucinación colectiva, un Macondo en el límite entre lo urbano y la aridez reinante de un desierto que no perdona a nadie, un relato de Augusto Monterroso hecho con un vigilante del edén, como lo expresa José Salvador Ruiz: “Cuando desperté, el cerco ya estaba ahí… ahí a quinientos metros de mi casa en la colonia Cuauhtémoc de Mexicali. Era un dinosaurio de alambre que acechaba como guardián de un paraíso prohibido. Sus dientes de púas filosas desalentaban su cruce…Mi infancia transcurrió a una cuadra de ese cerco que dividía el primer mundo del tercero, el sueño americano de la pesadilla mexicana, los dólares verdes de los pesos devaluados. Solo mediaba un lote baldío”. Y Ruiz agregaba sus remembranzas de aquellos primeros cruces por esa tierra de nadie: “La primera vez que crucé ese cerco fue ilegalmente, lo crucé para recoger la pelota de beisbol que el Gordo Presichi había botado de home run en un juego del barrio desde ese lote baldío. Por las mañanas el lote era campo de beisbol o futbol y por las noches, guarida de bultos humanos que semejaban tumbas ambulantes esperando su turno para cruzar el cerco cuando la migra no estuviera ahí. Pero siempre estaba ahí, como el dinosaurio. Mis ojos infantiles veían a estos hombres y mujeres soñando cruzar, anhelando la promesa de una vida mejor más allá del cerco, del dinosaurio de malla que blandía sus dientes de púas sobre los sueños cansados de los migrantes”.
Lo mismo va para quien en su niñez cruzaron al otro lado desde Tijuan rumbo a los diferentes sitios de diversión del sur de California, como lo indica Leobardo Sarabia Quiroz: “Un recuerdo infantil del cruce. En la escuela de la colonia Buenavista, se organizaban paseos en autobús a San Diego y los destinos llamativos eran el zoológico, Knott’s Berry Farm y, en plan francamente ambicioso, Disneylandia. Salir muy temprano desde la escuela en medio de la algarabía con rumbo directo a la línea fronteriza era un acontecimiento especial. Íbamos con permisos de internación que negociaban diligentes las autoridades escolares. Eran, en rigor, nuestras primeras experiencias en el cruce documentado hacia las ciudades californianas del norte”. Y concluye Sarabia: “Cruzar es la oportunidad del conocimiento, el contraste, la experiencia con lo alterno; de establecer un diálogo personal con otra cultura y distintas tradiciones, aun en este mundo que tiende a la uniformidad. Ir al otro lado es una seña de identidad, una costumbre, uno de los destinos manifiestos del fronterizo”.
Pero cruzar también es un desafío en su fila a pie o en automóvil, como lo narra Nylsa Martínez en sus remembranzas de cruzar con su madre en el verano, a hora temprana, cuando aún no estuviera el sol en su apogeo, y en un vehículo que nunca estaba en las mejores condiciones mecánicas: “Nuestro Granada nunca tuvo aire acondicionado, así que el calcular la hora de partida y regreso era un asunto delicado. A mí no me tocaron esas épocas de no hacer nada de fila o hacer cola, como muchos decimos; sin embargo, mi experiencia de cruce no se compara con los tiempos actuales. Una hora en el carro, en aquellos años, ya era una vida; casi siempre pasábamos en menos tiempo. Mi madre y yo nos preparábamos con botellas de agua que la noche anterior habíamos puesto en el congelador. Otra de las razones que nos obligaban a cruzar muy temprano era que nuestro carro era una bomba de tiempo, lo cual honraba su nombre. Pienso que los automóviles ahora están hechos de otra manera, pero en aquellos años era una amenaza real el que tu vehículo se calentara y el radiador terminara rociándote la cara con un chorro hirviente. En más de una ocasión atestiguamos tapones de tanques de agua disparados como proyectiles. Pienso que a nosotras también alguna vez nos tocó dar el espectáculo. Lo más difícil era abrir el cofre, ya que este ardía”.
Termino este paseo por el cruce fronterizo con otra memoria íntima, personal, de Édgar Cota Torres: “Mi primer cruce fue medio indocumentado, ya que mi madre decidió quebrantar las restricciones de su pasaporte fronterizo y se aventuró, por Tijuana, para que yo naciera del otro lado de la frontera, por allá cerca de Los Ángeles, California, donde vivía una tía. La nostalgia, la distancia y los años me evoca a ese primer cruce dentro de la barriga de mi madre en 1973, a las aventuras de mi infancia para ir de compras, a las incursiones ciclistas, a las frecuentes caminatas para educarme al otro lado y, posteriormente, a las esperas en auto en la fila”. Esa fila que es como un episodio de ciencia ficción, como una dimensión desconocida donde cabe el pasado y el futuro, lo que fuimos y lo que quisimos ser.
Por eso, Tiempo de espera es un libro que nos muestra tal cual somos los fronterizos. Sin duda, en ella podemos comprender qué implica ir a otro mundo sin dejar el nuestro. Un recuento de una época en que cruzar la frontera era más una lista del mandado que un relato de suspenso. Una obra colectiva que hay que agradecer a Víctor Alejandro Espinoza Valle, su coordinador.




