Se buscan monstruos para la CDMX

Por: Miguel Esteva Wurts
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Para ser totalmente CdMx, a los cuentos de Armando les falta. Les falta el que las mismas páginas vayan gritando: ‘se compran colchones lavadoras estufas o algo de fierro viejo que vendan.’
Antes que nada tengo que admitirle a Armando una cosa.
Un poco de recuento. Conseguí el ejemplar físico de ‘Los espacios oscuros y otras narraciones extraordinarias’, cuando recién salió, hace meses. Pero con eso de que vivo aquí y luego allá, se me olvidó aquí mi ejemplar físico.
¨Pásame el PDF” le escribí a Armando, “para releerlo.”
Inocente él, me lo pasó. Inocente.
La cosa es que en mi otra existencia he estado trabajando de programador, y ahora, pues, uso inteligencia artificial para ayudarme. Trabajo con Claude, así se llama el programa. La cosa es que estaba yo allí, cavilando en la Carabina, el PDF de un lado, Claude del otro, y pensé, ¿qué tan rápido podrá leer Claude los cuentos y darme un resumen? Así las cosas subí el PDF a Claude y le pregunté, ¿me puedes hacer un resumen? O sea, en menos de una nada Claude me respondió “El libro reúne diez relatos que mezclan horror, ciencia ficción y lo fantástico, casi todos ambientados en la Ciudad de México”. Todos los cuentos resumidos segundos después, un resumen de un párrafo por cada cuento. Se tardó dos segundos, máximo tres en tener el despliegue completo. Un análisis de cada cuento. En perfecto español. Por separado. Mi Miss Herminia de cuarto año de primaria le hubiera dado un diez subrayado en rojo a Claude.
No los aburro con los resúmenes, pero del cuento, “Los espacios oscuros”, Claude me escribió “El relato tiene ecos claros de Lovecraft trasladados al contexto mexicano” y termina diciendo “una mirada muy mexicana a la corrupción, la violencia y la soledad urbana”.
Con Claude, mi programa de inteligencia artificial, me tuteo, aunque estoy seguro de que en un futuro no muy lejano, le tendremos que hablar de usted mientras le traemos las pantuflas, el periódico y el café.
Así que le pregunté, Claude, ¿cuánto te tardaste en leerlos?
Escuché las carcajadas en binario. Instantáneo, me dijo, el resumen me tardó menos de un par de segundos.
“Si fuera un lector humano”, agregó casi con sorna”, un libro de ese tamaño probablemente tomaría unas 2-3 horas de lectura, y escribir un resumen así de detallado otra hora más. Así que digamos” concluyó Claude, “que te ahorré una tarde entera.”
Selló su oración con un carita feliz. No miento. Me incluyo en su respuesta, un emoji de una carita feliz. Así como para embarrármelo.
“Te ahorré una tarde entera”, me dijo. Esas fueron sus palabras. “Te ahorré una tarde entera.”
Y pensé, que triste, pobre Claude.
Porque vamos, no hay nada como cuando las primeras palabras de una lectura te apapachan y te dan la bienvenida a un mundo que no es el tuyo y que alguien tan generoso en compartir su imaginación como Armando nos permite entrar. Así que compadezco a Claude, eso de no poder acurrucarse con una lectura sabrosa que te aterriza casi de inmediato en la Ciudad de México, el Vips, el Ajusco, el Hospital de La Raza, y por supuesto, el Viaducto Miguel Alemán.
Desgraciadamente -o chance no- el Viaducto Miguel Alemán no es una de las vías que yo ya tomé muy seguido. Desde que nos mudamos a Coyoacán, soy chico de Churubusco y hace mucho que no circulo por el Viaducto así que no he tenido oportunidad ni de ver puertas escondidas, y menos he tenido la suerte de ser llamado a un submundo por un viejo queriéndome arrastrar a su interior. Armando nos lleva allí, a esas puertas de los bajo puentes, a esos bares, y sufres viviendo entre el viejo y el protagonista, mi tocayo Miguel Martínez.
Y así como si no tuviéramos de que preocuparnos en esta ciudad, Armando nos hace el favor de traernos nuevas pesadillas. Ahora, estoy seguro de que no podré transitar por el mentado Viaducto, cuando vas a vuelta de maldita rueda, o como nos no dice Armando, transitando a cero kilómetros por hora, y estaré buscando aquellas puertas. Pero esa es la cosa con esas puertas, ¿no? Vamos, lo más seguro es que sean simples bodegas donde guardan escobas y cubetas, pero a mí, lo primero a donde me llevó la revelación de su existencia gracias al cuento de Armando, fue a los tantos desaparecidos que hay en nuestro país, y Armando, sin empacho alguno nos lo confirma. Pero aquí no son desapariciones masivas, desaparecemos uno por uno, es un ven, ven hasta que de repente desapareces entre esas puertas. Y ese es el encanto, que tu solito, como mosquito al Insectronic, esas puertas te arrastran hacía su interior hasta que con un zzzz, te tatemas. Tu solito.
Pero Armando no se detiene allí. Nos trae a la ciudad más monstruos y pesadillas, que sabemos que existen, pero nos da cierto terror el sólo pensar en ellos, o como ellos. Como si las necesitáramos. Armando hurga entre lo desconocido, le rasca a lo oscuro, a lo que desconocemos y en el cuento del título, desde Puebla nos trae a Techalotl y a su desdichado protagonista. Esas descripciones gráficas que escribe de lo que el tener aquella estatuilla provoca o trae o arrastra consigo a quienes la tienen en su haber, son dignas de cualquier película gore.
Lo que nos trae a la basura.
Donde vivo en Texas, es plano como la plancha del Zócalo. Manejas todo el día no ves una sola montaña. Pero en plena ciudad hay un cerro. Un solo cerro. Un cerro de pura basura. Si te fijas, ves a los camiones de basura yendo y viniendo todo el día volcando su contenido haciendo crecer el cerro. Da entre tristeza, horror y miedo. Pero igual, el otro día aquí, el cuidador del condominio donde tienen su casa, se tomó el fin de semana de puente. Tres días. Somos diecinueve departamentos, diecinueve. La basura que se acumuló el fin de semana de puente, desbordaba por mucho la covacha donde están los botes. Por mucho. Claro, y ahora, gracias a Armando, y su cuento “El océano indestructible”, solo puedo pensar en donde es donde terminan nuestros deshechos, de todas esas familias que viven de nuestra basura, y de los monstruos que se alimentan de aquellas desdichadas familias. Porque en este océano indestructible que nos describe Armando, hay dos monstruos, uno supernatural, y el otro es de los que transitan en coches blindados y rodeados por guarros. Esos monstruos que todos hemos visto en la CdMx.
No voy a espóilear de más para que ustedes los envuelva la imaginación de Armando, pero su cuento, “Y después de que se fue comenzó la espera” me pareció una visión híper ingeniosa en la creación de otros engendros. O sea, ¿Qué pasa con nuestros amigos de la infancia? ¿Son realidad, o son una mera ficción creada por nosotros mismos? ¿Qué pasa cuando tu amigo de la infancia fue un encuentro cercano y tú, lo único que haces es esperara que regrese lo que a veces dudas sí en realidad existió? ¿Qué pasa cuando esa espera te convierte a ti, en una especie de fenómeno?
Me quedé pensando en el mentado hilo conductor de los cuentos. Las pesadillas y los monstruos por supuesto, las creamos nosotros. Siempre he pensado que a pesar de todo, la Ciudad de México se merece a su propio monstruo, vamos Tokyo tiene a Godzilla, Nueva York a King Kong, la CdMx necesita uno propio. Armando nos ofrece una posible gama: aquí está el que vive entre las cáscaras de plátano y el iPhone que ya no sirve, aquí el prehispánico, aquí el que vive sólo en su casa esperando a que regrese su amigo de la infancia, aquí el que te abre los umbrales al más allá en pleno Viaducto Miguel Alemán.
Luego pensé en otro de los cuentos de Armando, en el que nos trae a un personaje ya conocido, a un monstruo que todos conocemos, Frankenstein. Pero Frankenstein, el del cuento, es carne con huesos. Sí, sí, mata, asusta, da terror, lo que sea, pero está alejado, solitario, no es como nosotros, lo podemos matar sin remordimiento. O bueno, Frankenstein no era como nosotros hasta que Armando, gracias, Armando, lo convierte en uno de nosotros con un simple gesto, con una inocente acción, con esa misma reacción que buscamos en los bebés y que nos pone felices cuando sucede, me sonrió, pregonas, así como diciendo ya con eso, es uno de los nuestros, es como nosotros, bienvenido a ser humano, bienvenido al club. Tampoco es mucho spoiler, porque el título del cuento es “La risa” y Armando convierte a Frankenstein en uno de nosotros dándole ese simple gesto, esa acción tan natural, tan humana.
Los monstruos, nos recalca —como si no lo supiéramos— los monstruos, o somos
nosotros, o los creamos.
Y hablando de, ya no le pregunté a Claude si coincidía conmigo.
Preferí seguir acurrucado, apapachado por las páginas de estos cuentos tan CdMx, escuchando a lo lejos, “Se venden ricos tamales oaxaqueños calentitos…”
Gracias.
Texto leído en la presentación de Los espacios oscuros y otras narraciones extraordinarias de Armando Enríquez




