Musarañas 44

Por: Francisco Segovia
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Stephen Hawking y Thomas Hertog comenzaron a desarrollar una teoría que, a la muerte del primero, el segundo ha continuado en nombre de aquél —al menos de cara al público, que reconoce a leguas la figura de Hawking, pero poco o nada sabe de Hertog. Si entiendo bien lo que este último dice en una entrevista (Why Did The Universe Begin? | Quanta Magazine, 24 de julio de 2025) y en su libro Sobre el origen del tiempo, se trata de una perspectiva evolucionista al estilo de la de Georges Lemaître; o, mejor dicho, al estilo de la de Charles Darwin. Propone que el universo y sus leyes evolucionaron siguiendo una suerte de selección natural, con todo y sus componentes aleatorios, hasta llegar al presente. Así, las constantes físicas (como la gravedad o la velocidad de la luz) no han sido en verdad constantes sino que hoy difieren de los valores que tuvieron en los primeros instantes del universo. Sorprendentemente, esta evolución alcanzó los valores actuales casi instantáneamente; a cambio de ello, recorrió una escala inmensa de temperaturas. Podríamos decir, pues, que el estado actual de la evolución universal es la temperatura presente, que se ha conservado durante los últimos miles de millones de años. Toca pues a esta cosmología trazar el vertiginoso árbol genealógico de nuestro universo, más o menos como los paleontólogos trazan el de nuestra especie, pero tomando siempre en cuenta el principio cuántico que implica al observador en los resultados de sus observaciones, lo cual supone algo que los historiadores y los antropólogos siempre han sabido, pero que en los términos de la física resulta bastante novedoso; a saber, que el pasado es una construcción determinada por el presente y que la mera observación de una cultura prístina la contamina.
Sea como sea, la nueva teoría echa mano del universo holográfico propuesto por Juan Maldacena y la teoría de cuerdas al estilo de Leonard Susskind, en donde una dimensión superior brota como “proyección” de otra inferior, pero es enteramente explicable ateniéndose a las propiedades de la inferior, pues ésta contiene toda la información necesaria para describirla. Dicho de otro modo, se basa en el hecho de que un holograma común (de tres dimensiones) puede ser descrito usando la geometría de la pantalla que lo proyecta, de sólo dos dimensiones. De manera similar, el espacio-tiempo puede ser descrito sin la dimensión temporal, pues el tiempo brota como proyección del espacio. Esto significa que la información de las cuatro dimensiones del espacio-tiempo se subsumen en las tres que la originan, con la consecuente disminución en la densidad de la información.
En esta “reducción” dimensional, un hoyo negro pierde su insondable profundidad para convertirse en un círculo oscuro. Como las dos dimensiones del círculo preceden a la tres del holograma, puede decirse que, al mirar el círculo, vemos el pasado del hoyo negro. Así, mientras más atrás miremos en el tiempo, menos información hallaremos, hasta que, al acercarnos al origen, todo se esfuma. Esto supone que el origen del universo, el Big Bang, queda necesariamente fuera de nuestro alcance, envuelto en una especie de principio de incertidumbre cósmico.
Es así como la teoría cuántica (física del microcosmos) crece y se agiganta hasta tragarse entera la teoría relativista (física del macrocosmos). Según Hertog, de este modo puede lograrse una unión cosmológica entre ambas teorías, tan célebremente incompatibles, aunque al respecto no hay consenso entre los físicos. Neil Turok, por ejemplo, también parte de Hawking para desarrollar una teoría muy diferente sobre el origen del universo. Y Roger Penrose tiene la suya propia, lo mismo que muchos otros. No, no escasean las teorías que intentan remplazar la vieja idea del Big Bang y su intratable singularidad, que da al traste con la formulación einsteiniana del espacio-tiempo.
Como Steven Weinberg y otros físicos famosos, Hawking hizo del rechazo a la filosofía una profesión de fe. “Lo que no se hallaba de manera clara dentro del dominio de la física o de la matemática les parecía una inexistencia, una sombra”, como dice Edgar Allan Poe en su Eureka, donde adelantaba ya, en 1847, las ideas del Big Bang, el Big Crunch, la banal existencia de los universos paralelos y hasta —como subraya él mismo— “que el espacio y la duración son una misma cosa”. Sea como sea, Hawking le dice a Hertog en su primer encuentro: “La filosofía está muerta”. Según Weinberg (Dreams of a Final Theory) y Hawking (Brief History of Time), después de Kant a los filósofos se les complicaron tanto las matemáticas que las abandonaron por completo y, con ello, dejaron de ser competentes en el terreno científico. Hawking afirma que, forzado por esta actitud pusilánime de los filósofos, Wittgenstein tuvo que admitir que la única tarea que le queda a la filosofía es el análisis del lenguaje. “¡Qué bajón para la tradición filosófica desde Aristóteles hasta Kant!”, exclama a modo de conclusión. En mi opinión, el “bajón filosófico” que advierten Hawking y Weinberg se refiere sobre todo a la relativización de la verdad en el pensamiento de los filósofos románticos y sus continuadores. A mediados del siglo xix la verdad dejó de ser eterna y monolítica para convertirse en relativa: la verdad es histórica, dijeron los filósofos; la verdad depende de la ideología (Marx), del inconsciente (Freud), de la voluntad de poder (Nietzsche). Pero el argumento de Hawking no es del todo baladí: seguramente, a los ojos de Kant, la verdad de los filósofos modernos sería una mera baratija. Pero ¿no serían también baratijas las verdades de la física moderna a los ojos de Newton? Es cierto que la filosofía moderna ha abandonado los grandes sistemas conceptuales, y que la física, en cambio, los ha conservado (y ahí está para probarlo el Modelo Estándar), pero sólo ha logrado mantener este gran edificio al precio de la certidumbre, cosa que incomodaba al mismísimo Einstein y que Newton y Galileo sin duda habrían abominado. Porque, en efecto, el principio de incertidumbre y la predicción basada en probabilidades es el corazón de la física de lo mínimo, como la relatividad es el corazón de la física de lo máximo. ¿Por qué no es esto también, a su manera, un bajón? No lo sé, pero yo no puedo dejar de ver un mismo “aire de los tiempos” en la filosofía y en la física de finales del siglo xix y principios del xx, cuando ambas renunciaron en bloque al absoluto y las verdades eternas. Porque no se trata sólo de la relatividad del espacio-tiempo y la incertidumbre cuántica de Heisenberg, sino también del teorema de incompletitud de Gödel, del problema de la parada (halting problem) de Turing, del horizonte hermenéutico trazado por la circularidad de la significación, etc. Todas estas ideas ponen un límite a lo que puede saberse sobre algo, por más que muchos físicos y filósofos continúen escribiendo su Eureka en busca de una verdad definitiva expresada en una teoría unificada —que a últimas fechas, por lo que dice Hertog, parece estar entrando ya en su propia crisis.
En cualquier caso, no resulta extraño que los físicos modernos no se hayan asomado mucho a las discusiones de los filósofos modernos, que en cambio podrían ver en las teorías de Hawking, Hertog, Penrose y Turok un vislumbre de lo que ellos llaman “circularidad de la significación”. Dicha circularidad muestra la significación como una serpiente que se muerde la cola, un Uroboros encadenado a sí mismo, incapaz de abrir el candado que cierran sus fauces sobre su cola. En su versión más simple, la circularidad se muestra en el hecho de que no podamos describir las palabras sin emplear palabras, o de que no podamos hablar del lenguaje sin usar un lenguaje. De manera sorprendente, esto se ve reflejado en la última postura de Hawking, que ataca las teorías del multiverso (en especial la de Andrei Linde) por situarse fuera del universo (de cualquier universo) para mirarlo desde fuera, como si fuese un dios; o sea, como si estuviera fuera del mundo que habita y estudia. A Hawking no le gusta ese sitial desde el que puede reconstruirse el origen del universo valiéndose de una perspectiva antrópica; esto es, ajustando, “cuchareando” sus datos para que coincidan con los que condujeron finalmente a la vida y el pensamiento humanos. Y esto es notable: el último Hawking rechaza ese mismo principio antrópico que tanto defendió en su Breve historia del tiempo. Ahora prefiere situarse dentro del universo y adoptar, como él mismo dice, “la perspectiva del gusano”, el gusano que vive dentro de su manzana (quizá la manzana de Newton). Pero situarse dentro del universo es como situarse dentro del lenguaje, pues para esa perspectiva interior no existe un punto de vista desde el cual no esté implicado el universo mismo, con todo y el sujeto que lo observa. Esto iba ya implicado en las dos teorías principales del siglo xx, pues ambas señalaban que no puede excluirse al observador de aquello que observa, de modo que, para esta física, no hay (o no interesa en absoluto) un universo sin observador, ni una manzana sin gusano. El universo es, de hecho, el universo observado, como diría John Wheeler. Nos encontramos de nuevo con la serpiente que se muerde la cola. Mientras más se acerca uno al origen del sentido, menos sentido parece haber, hasta que uno se queda, como san Juan de la Cruz, balbuciendo. De igual modo, mientras más se acerca uno al origen del universo, menos información encuentra, hasta que todo se reduce a incertidumbre. Según lo ponía el abad Lemaître en una entrevista, nos encontramos entonces con “un inicio inaccesible que se encuentra justo antes de la física”.
Esto, desde luego, si vemos la física y las ciencias en general como actividades humanas productoras de sentido, y en tal caso sujetas a las condiciones de éste, entre las cuales se encuentra la imposibilidad de escapar al Uroboros de la significación. No se trata, pues, de que la física se detenga ante la singularidad porque allí sus ecuaciones dejan de tener sentido; se trata de que, plantada en la circularidad de la significación, la búsqueda del origen se detiene frente al sinsentido en general.
Ya Poincaré había advertido que el Big Bang no representa un fenómeno físico sino un hecho histórico; si no por otra cosa, porque los fenómenos se repiten siempre de la misma manera (como la caída de las manzanas), mientras que los hechos históricos se dan una sola vez en el tiempo (como la caída de Bizancio en manos de los turcos… ¡y el Big Bang!). Desde este punto de vista, no resulta del todo extraño que los físicos se hayan dedicado a demoler la “singularidad” del Bing Bang, su condición de hecho único e histórico, convirtiéndolo en un fenómeno repetido: no hay uno sino muchos Big Bangs, ya sean éstos simultáneos (los infinitos universos del multiverso) o sucesivos (como propone Penrose). Pero esto, desde luego, sólo pospone el problema. Recuerda cómo, para responder a la pregunta sobre el origen de la vida en la Tierra, Crick decía que había llegado a ella con los asteroides, sin decir cómo se originó entonces fuera de la Tierra. Posponía así la última respuesta, como hacen ahora los físicos con el Big Bang. Y como no podrán dejar de hacerlo, diría acaso un hermeneuta, pues el origen es un horizonte que se aleja a medida que avanzamos hacia él. Si entiendo bien, esto es lo que finalmente reconoce Hawking en el libro de Hertog.




