Musarañas 41

Por: Francisco Segovia
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VAMPIROS, HOY ~
Los vampiros de hoy ya no son seres únicos y solitarios, aquejados de una maldición sobrenatural; ahora son gregarios y una especie aparte, no más distante de la nuestra que la de los neandertales. Más poderosos que nosotros, sí, pero igual de naturales, producto de la misma evolución darwinista. Ahora raramente vuelan o se transforman, y ya casi nunca los repudian los espejos. La mayoría se ha deshecho de las viejas supersticiones, como la de no entrar a una casa a la que no han sido invitados antes. Viven en comunidades regidas por una jerarquía estricta y en todo se comportan como una mafia. Por eso siguen siendo a su modo réprobos, aunque abunden las excepciones: los vampiros buenos que odian ser como son (lo que subraya el trasfondo de esta última transformación: la adolescencia, el público adolescente). No los afectan ni los ajos ni los crucifijos —esas antiguallas de abuelos campesinos, ingenuos y crédulos—, pero su violencia se agudiza: ya no sólo clavan los colmillos en el cuello de sus víctimas sino que las muerden con toda la dentadura, arrancándoles de cuajo la garganta entera. Por otro lado, han abandonado la costumbre de convertir a sus víctimas mediante “el bautizo del vampiro” clásico, el que los hacía rasgarse el pecho para que su víctima bebiera sangre de él, en una especie de lactancia inversa, sacrílega, que nos recuerda tanto el motivo escultórico de “La piedad” como aquella frase en que Lacan decía (en la Enciclopedia) que “En su abandono a la muerte, el sujeto trata de recuperar la imago de la madre”. No, nada de eso: hoy se conforman con rasgarse las venas de las muñecas para que sus “hijos” laman de ellas la vida eterna. Desde el momento en que lo hacen, sus conversos tienen con ellos una relación —no filial sino— de esclavos, y no forman con ellos tanto una familia como una secta, un culto, aunque también en este caso abunden los rebeldes que se alzan, previsiblemente, contra la tiranía de sus padres. Con todo, su sangre tiene propiedades curativas y hasta resurrectivas en los cuerpos humanos; por eso es valiosa y se trafica con ella (lo que subraya otro tema persistente: la adicción). Su sed de sangre no es, pues, más que una cruda angustiosa, un violento síndrome de abstinencia. Los vampiros de hoy son pandillas de junkies, generalmente burgueses, no aristócratas, eternamente adolescentes y eternamente crudos.
DE ENCARNACIONES ~
Se han visto en todas partes. No hay un solo lugar en esta Tierra donde no haya habido apariciones. Sí, los fantasmas, de fijo, pululan en el mundo. Sin embargo, son raros los que encarnan, los que pasan del estado espectral a una materialidad concreta. Dicho de otro modo: son raros los que cuajan en un cuerpo consistente, en un bulto denso que no se deja fácilmente atravesar, tangible y pesado. El paso a este estado sólido es propiedad, sobre todo, de algunos seres ultraterrenos, de los dioses encarnados, de los vampiros, de gente así. Los vampiros, por ejemplo, suelen aparecer primero en forma de una nube salpicada de destellos que ya luego cuaja en una persona. ¿Mera ilusión, mera fantasía? No lo crea usted.
Mientras la gente anda viendo aparecidos en la entrada de las cuevas o en sus casas, los científicos se distraen en sus asuntos, metidos en sus laboratorios. Pero a veces, sin saberlo, también ellos tienen frente a sí un fantasma encarnado y, al explicarlo, dan con algo que también explica lo que la gente ve en las cuevas o en sus casas. Las creencias de la gente se convierten de pronto en fenómenos de la ciencia, sin que nadie se dé cuenta. Hasta que llega un vivo —un poeta, o un cuentista— que amarra las dos cosas en una especie de unión hipostática. Resulta entonces que la nube destellante del vampiro era una nube de partículas en superposición cuántica y que ésta, en cuanto uno vuelve la vista a ella, cuaja en materia sólida. Créalo usted. La encarnación de los vampiros y los dioses es un fenómeno físico tan comprobable como la fuerza de la gravedad.
A los científicos no les gusta que los poetas y los cuentistas digan estas cosas. Y, en tratándose de vampiros y resurrecciones, alegan que se pasan de vivos con los muertos. Pero la realidad es que los científicos no reconocen —o no quieren reconocer— que no tratan simplemente con la realidad. Cuando diseccionan un cadáver, nunca se les ocurre averiguar antes si lo que tienen ante sí no es un vampiro, por más que su misma ciencia se lo esté diciendo a gritos: todo cuerpo consistente es resultado del colapso de sus ondas. El espíritu es esa onda; el cuerpo, su colapso. Las ilusiones se vuelven realidad.
REPERTORIOS TEÓRICOS MÍSTICOS : FAGGIN Y BATAILLE ~
Federico Faggin —que diseñó los primeros circuitos integrados, las primeras pantallas táctiles y las primeras redes neuronales— tuvo una revelación. Desde entonces es uno de los tantos que tratan de integrar la enredada y extraña teoría cuántica con el misticismo (la ciencia con la espiritualidad, como se dice por ahí), pero él tiene una ventaja sobre casi todos los demás: como ingeniero y físico, entiende bien esa teoría; o la entiende, digamos, hasta donde es posible entenderla. La interpreta a su manera, es cierto, y seguramente la hace decir cosas que van más allá de lo que es legítimo en la ciencia. Pero ¿no hacía algo parecido Georges Bataille? Para dar cuenta de su “experiencia interior”, Bataille decidió no echar mano de Dios y la teología, y trató de expresarla, en cambio, según las ideas filosóficas de su tiempo, cosa que se ve a las claras en la denominación misma de esa experiencia: no es mística sino interior. Bataille es un místico ateo, un místico sin Dios. Su repertorio teórico es filosófico, no teológico, y sólo recurre a los escritos de los místicos en cuanto también ellos expresan sus experiencias en términos filosóficos, no eclesiásticos ni, mucho menos, dogmáticos. Dicho brevemente: no es Dios la autoridad que legitima su experiencia; la experiencia es su propia autoridad. Y para justificar esto se enreda en la maraña filosófica de su tiempo. Lo mismo hace Faggin: usa el repertorio teórico de la ciencia de hoy para expresar su experiencia, que justifica como obra de la conciencia —sí, esa misma conciencia que provoca el colapso de la onda, la que abre la caja y decide si el gato de Schrödinger está vivo o muerto. Se trata, sin duda, de la forma de expresión que le corresponde en cuanto físico de su tiempo, en cuanto ingeniero de hoy en día. Sólo después se ha puesto a encontrar similitudes entre su visión y, digamos, las del budismo (que también, por cierto, puede prescindir de Dios).
La variedad de formas en que se ha expresado históricamente la experiencia mística indica que todas son a su manera válidas; pero también que todas son aproximativas. De esto podría concluirse que la experiencia es una y que su expresión cambia con la historia; es decir, que la experiencia se da de acuerdo con el lenguaje en que puede expresarse luego.
¿Son iguales, en su desnudez, la experiencia de Bataille y la de san Juan de la Cruz? ¿Hay algo que podamos llamar “desnudez de la experiencia”? ¿No podría ser que el discurso mismo colapsa la onda de la experiencia, como acaso diría Faggin?
BERKELEY Y SCHRÖDINGER ~
No se trata tanto de que las cosas del cuarto de al lado no existan mientras no las observo, sino de que, para comprobar que existen, tendría que observarlas, y entonces estarían ahí, sin duda. El asunto se refiere, pues, al significado de la proposición misma. ¿Qué significa que lo que no observo existe, cuando la verificación de la proposición implica que lo observe? Nada. No significa nada. Por lo tanto, la proposición es falsa; o, en todo caso, inútil.
DIVULGACIÓN CIENTÍFICA ~
Algunos científicos se avienen a escribir libros de divulgación. En general, los consideran como un medio para dar a conocer de manera sencilla sus descubrimientos o sus investigaciones; esto es, para insertar los temas de su especialidad en el diálogo social. Como su exposición se da obligadamente en términos generales, no demasiado especializados —y, así, suele basarse más en conceptos y procesos lógicos que en abstrusos cálculos matemáticos—, no falta el científico celoso que desestime la divulgación como mera vulgarización o una inaceptable simplificación, cosas que no ayudan en nada al avance de la ciencia y, en cambio, a menudo promueven interpretaciones equivocadas, a veces incluso delirantes. Esto es sin duda cierto, y puede verse no sólo en la literatura, la televisión y el cine de ciencia ficción, sino en el uso que dio el nazismo al principio de la selección natural de Darwin, o el que dan algunos esoterismos modernos a la vulgarización de la teoría cuántica. Pero sería un error quedarse sólo con estos excesos y no ver que la divulgación científica alienta la inserción de las ideas científicas en la cultura general y el diálogo público.
Es esto lo que rechaza el científico celoso: que sus arcanos se discutan en público, fuera de los dominios en donde todas sus partes son cabalmente pertinentes. Y tiene razón, desde luego, si por esto se entiende que los legos carecen de la autoridad necesaria para corregirles la plana a los iniciados. Pero quien lee un libro de divulgación científica y tiene algo que opinar al respecto no dirige sus argumentos al ámbito cerrado de los especialistas sino al espacio abierto de los divulgadores, que es un espacio público, plenamente social. Es ahí donde su argumentación se desarrolla, sobre un terreno donde a nadie puede exigírsele que sea capaz de calcular la órbita de Mercurio antes de atreverse a opinar sobre el impacto social y científico de la revolución copernicana. Es en este espacio donde se dan las discusiones más encendidas sobre la teoría darwinista y la genética, por ejemplo, en las que no intervienen sólo los científicos sino casi cualquier persona capaz de alzar la voz. Porque muchos de los temas que aborda la ciencia son temas que interesan a la humanidad desde mucho antes de que la ciencia apareciera.
¿Qué es el tiempo? ¿Qué es la vida? ¿Qué es la conciencia? ¿Qué significa ser humano? Éstas son preguntas que no pertenecen al dominio exclusivo de las ciencias. Desde luego, esto no significa que la perspectiva que las ciencias tienen sobre ellas nos sea indiferente. Queremos oír todas las respuestas, desde las de las Upanishads hasta las de la cosmología moderna. Muchas de ellas les resultarán alucinadas a nuestro científico celoso, pero su respuesta a las preguntas que le hacemos es sólo una más entre muchas otras. La importancia de los divulgadores de la ciencia reside justo ahí, en mostrar que la ciencia también se hace esas preguntas, y en aclarar el marco en que se las plantea y las resuelve, o intenta resolverlas; en explicar por qué o en qué sentido ese marco es mejor o siquiera más confiable que los demás. Pero las ciencias no pueden evitar que haya respuestas procedentes de otros lados, y que sus ideas sobre el origen de universo, por ejemplo, se contrasten con otras, planteadas desde otra perspectiva. Ni siquiera un físico de tanto renombre como Stephen Hawking, que tanto presumió su desprecio por la filosofía, podría evitar que un filósofo echara mano de sus ideas para pensar de nuevo la noción de tiempo. Y ya no digamos lo que podrían hacer de esas ideas los esoterismos a la moda. No puede decirse que esto sea en verdad responsabilidad del propio Hawking, pero no es descabellado imaginar que él mismo considerara alguna vez los caminos que podrían tomar sus ideas si se interpretaran con mala fe o se manipularan a discreción. Después de todo, no le quedaban lejos ni el batiburrillo genético de Lysenko ni los dilemas de Oppenheimer después de Hiroshima y Nagasaki.
La divulgación científica abre un espacio donde es legítimo hacerles preguntas a los científicos sin que los que preguntan sean a su vez científicos, pues la ciencia nos interesa también a los no científicos, como a los científicos les interesa la música, la poesía o el cine. El papel del divulgador es como el del maestro de física en la escuela, ante quien no sólo se permiten las preguntas, sino que hasta se alientan. Sólo así pueden las ideas científicas calar en la sociedad, donde importan, y mucho.
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