Los bárbaros

Por: Marcos Límenes

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Nuevamente los cohetes ametrallan el cielo con el ruido ensordecedor de las fiestas patronales. Los perros aúllan de dolor y los nervios se crispan. Hasta la fecha nadie me ha podido explicar a qué se debe esta práctica que, hasta donde he podido ver -y oír- sólo se da en México con semejante intensidad. ¿Será un recordatorio del trauma sufrido por las poblaciones autóctonas a la llegada de los invasores españoles? Imagino lo aterrador que habrá sido para los guerreros aztecas enfrentarse a los arcabuces y cañones a punta de lanzas y macanas. Tal vez no tenga que ver con ello sino con la tradición judeocristiana de tocar trompetas o cuernos de carnero para que las puertas del cielo se abran y permitan que dios escuche nuestros ruegos. En el caso de México más que tocar a la puerta la intención es derribarla y acceder por la fuerza. En el estado de Morelos no faltan oportunidades para tomar el cielo por asalto. Ya sea el día de la Santa Cruz, el de la virgencita o el de la madre -da igual- el estruendo se deja oír desde la medianoche hasta que los lanzadores se cansan o se agota el parque. De costumbre son los “chinelos” quienes encabezan las procesiones, hombres disfrazados con túnicas de terciopelo así como con máscaras barbudas y puntiagudas coronadas por abultados sombreros de plumas. Tengo entendido que de esta forma imitan o se burlan de los conquistadores españoles. Fiesta tras fiesta bailan, beben y echan cohetes acompañados por la banda del pueblo. Se ha de sentir bien mandar todo al carajo porque uno anda de fiesta de tanto en tanto.

Viene a cuento todo ello porque un querido amigo, extranjero como yo en este pueblo, intentó ser aceptado en “el brinco”, no sé si por ánimo antropológico, por echar desmadre o por cumplir un deseo oculto de transmutación. En todo caso debo admitir que lo que le ocurrió ha sido, en parte, culpa mía. Durante una sobremesa tras una copiosa comida ambos nos quejamos de las dificultades que teníamos para comunicarnos con los vecinos; de la envidia que nos daban los parroquianos que se deseaban los buenos días, se encontraban los domingos en la iglesia y compraban abundante chicharrón prensado. Ambos lamentamos la brecha cultural que nos separaba en cuanto a música (nada que hacer frente al reguetón) o a la hora de intercambiar unas palabras y toparnos con lo que burlonamente llamamos “cara de Olmeca”, a saber, “me importa un comino lo que dices pero mi rostro imperturbable no te dará señal alguna”. Sin embargo nuestro destino como forasteros era bastante aceptable siempre y cuando no cruzáramos una línea invisible.

Ramón cruzó la línea. En un principio, ante su solicitud, los iniciados se miraron con incredulidad pero finalmente aceptaron. Lo mandaron con la costurera a que le confeccionara su traje pero a la hora de manufacturar su máscara decidieron que no la requería pues bastaba con que se dejara crecer la barba. Aprendió los pasos, bebió aguardiente y se dispuso a debutar como chinelo en la siguiente fiesta patronal. Algo habrá dicho para que sus compañeros se percataran que no era creyente y que nunca lo había sido. Mala idea. Fue así que le asignaron un manojo de cohetones y le colocaron un cigarrillo encendido en la boca. Fue su debut y despedida.

Vive ahora del otro lado y de vez en cuando me manda un mensaje con alguna liga a un tema musical de moda. Por mi parte he decidido comprar chicharrón, por lo menos una vez a la semana, y dar los buenos días a cualquiera que se cruce conmigo en la polvorienta calle.

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