Llenar el espacio

Por: Fernando Clavijo M.
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Cuando quiero sentirme cerca a mi madre, saco uno de los juegos de té que tomé de su casa sin su permiso —el Alzheimer inhabilitaba cualquier aprobación que pudiera haberme dado— y me como una galleta sirviéndome el té de a media taza en media taza, lentamente. Una de mis teteras favoritas es la que compramos juntos en una tienda del barrio 15, París, a la cual la llevé después de que elogió mi propia tetera, idéntica. Así que tengo dos teteras iguales, de rugoso hierro negro, pero aún sé cuál es la de cada quién. A veces también utilizo una cuchara infusora plateada pero, como no me gustan las tazas grandes —el chiste es servirse varias veces—, ese es uno de mis métodos menos socorridos. Al que más acudo es a una tetera plástica y transparente que vierte su contenido filtrado al ponerla sobre una taza, muy práctica y con la capacidad que me gusta, de unas tres o cuatro medias tazas.
Dice la sabiduría popular que cuando uno añora a una persona, un país o incluso una época, lo que en realidad extraña es cómo se sentía en esa presencia o circunstancia. Es decir, lo que se busca es la sensación de estar con esa persona, en ese restaurante, en aquella edad, no tanto el objeto de añoranza en sí. Puedo entender la lógica, y creo que trae cierto aprendizaje: que hay maneras de sentirnos, o de estar, que solo surgen cuando recreamos cierta coyuntura. A través de un recuerdo, logramos conectar con una parte de nosotros mismos a la cual no siempre tenemos acceso. Así pues, para seguir con el ejemplo inicial, buscar a mi madre en estos rituales es invocar a la memoria visual, olfativa y muscular para escenificar un momento —como un set de teatro o televisión— en el que pueda alcanzar cierto estado de ánimo.
El recuerdo proustiano no es, sin embargo, el único rincón de la imaginación al que podemos acceder. Son tan imaginativos el futuro como el pasado, la euforia como la paz, la pasión como la hospitalidad. En cada uno de estos estados de consciencia, nos relacionamos con una parte existente de nuestra propia psique. Así pues, un callejón oscuro puede traer miedos que no se nos ocurrirían en una habitación bien alumbrada, aun cuando estos miedos sean idénticamente irracionales en ambos lugares. No es igualmente sincera una confesión en un confesionario que en una cama de hospital, ni un juramento de amistad en un bar que en un patio de recreo escolar. A lo que voy es a que la escenificación, sus objetos y lugares, es tan poderosa sobre nuestro estado de ánimo que valdría la pena meditarla y utilizarla.
Para ello, no hay nada como la casa propia, un objeto que es un lugar. Sí, visitar el antiguo barrio, o incluso el antiguo país, remueve heridas y alegrías que bien podríamos haber pensado cicatrizadas. Hace poco murió el padre un amigo y la noticia me conmovió tanto como la del deceso de mi propio padre, y no por otra cosa sino porque llevaba varias décadas sin verlo y fue como si se hubiera destapado un frasco —oloroso a juventud, amigos alejados, potencial por cumplir— y de este hubiese salido una ola de emociones. Pero vuelvo al hogar propio, porque es lo que más tenemos a mano y, como es bien sabido, lo que más cerca tenemos es lo que más solemos pasar por alto. ¿Podemos habitar nuestra propia casa de una manera más completa, casi diría estratégica, para evocar distintas disposiciones? ¿Puede la arquitectura ser terapéutica?
Normalmente, la arquitectura es vista como un oficio utilitario por la mayoría de las personas. Menos por los propios arquitectos, que más bien la consideran un arte, lo cual en ocasiones puede llevarlos a extremos a favor de la estética, como por ejemplo rehusarse a ponerle barandal a una escalera, o alejarse de la escala humana. Pero hay los que tienen la sensibilidad para conciliar ambos aspectos, como es el caso del suizo Peter Zumthor, que dice en su libro Pensar la arquitectura: “Aun creo sentir en mi mano el picaporte, aquel trozo de metal, con una forma parecida al dorso de una cuchara, que agarraba cuando entraba en el jardín de mi tía. Aquel picaporte se me sigue representando, todavía hoy, como un signo especial de la entrada a un mundo de sentimientos y aromas variados.” Y, más adelante: “Recuerdos de este género contienen las vivencias arquitectónicas de más hondas raíces que me han sido dadas a conocer, y constituyen los cimientos de los estados de ánimo y las imágenes arquitectónicas que trato de sondear en mi trabajo como arquitecto.” Estos son mis favoritos.
Tal vez sea una manera escandinava de pensar, pues también el noruego Sverre Fehn y el sueco Per Olaf Fjeld han explicado que el solo hecho de poner una manta de picnic en medio de un prado constituye un acto de arquitectura. Algo que también recalca el finlandés Juhani Pallasmaa en su libro Los ojos de la piel, escoger el rincón o punto donde se ha de poner la manta, incuso su orientación y la disposición de cojines, platos y recipientes requiere una serie nada despreciable de decisiones estéticas y prácticas.
Así pues, el ejemplo inicial de utilizar una tetera para evocar la paz y claridad mental que me proporcionaba la presencia de mi madre, es repetible no solo con objetos y rituales sino incluso con espacios. En los últimos años he tratado de ocupar una mayor parte de mi espacio físico como una llave para ocupar también mi espacio interior, digamos que los rincones mi vida psíquica.
Siguiendo este método he aprendido a disfrutar como propio lo que antes consideraba solamente una responsabilidad. La casa de Malinalco que me cuesta tiempo y dinero conservar —sí, la que lleva el nombre de mi madre—, se ha vuelto también en un refugio y un proyecto personal. En vez de simplemente asegurarme de su cuidado y pagar las cuentas, ahora yo mismo me involucro en actividades como lijar la madera para luego cubrirla de linaza con una brocha. Cuando voy a dejar químicos de limpieza o comida para los perros, me aseguro de siempre nadar en la alberca, porque por increíble que parezca, hasta hace poco nunca la utilizaba. Pero ahora, al dar vueltas sumando metros y kilómetros de natación (normalmente doy 120 vueltas) veo de reojo la luz que atraviesa el guayabo donde depositamos las cenizas de mi padre, la casa al fondo del jardín, y siento el abrazo del agua como una agradabilísima fortuna.
Y así como los espacios son susceptibles a ser aprovechados, también lo es el tiempo. En vez de ir y volver en un solo día, como siempre había hecho cuando mis padres vivían, ahora voy de un día para otro. Dejo las cosas, hago el trabajo en compañía del cuidador, y me quedo a comer y leer un libro. Luego, me acuesto en mi cama como si estuviera en un hotel de lujo y tomo el descanso privado más dulce y despreocupado, pues duermo como si estuviera de vacaciones. Es raro, al día siguiente, luego de tomar el café, vuelvo en mi camioneta hasta disfrutando el trayecto, como si esta carretera fuese mía.
Todos tenemos rincones en casa que merecen ser aprovechados, y ocupados. Un patiecito o un sofá al que le da el sol por la mañana, ¿por qué no llevarnos la fruta o el café ahí en vez de hacerlo en la barra de la cocina? Si tenemos radio o reproductor de audio, ¿por qué no llenar el momento con música? No solo se trata del placer, sino que otorgar una función a un espacio nos predispone a un estado particular de soledad o compañía, descanso o creatividad. Ahora procuro no utilizar la computadora sobre mis piernas en cualquier lugar de la casa, incluso la cama, sino solamente sentarme a la pantalla y el teclado en un pequeñísimo escritorio que cabe al lado de la televisión. En la pared sobre la pantalla tengo, por si me pierdo, una foto en blanco y negro del templo inundado de Isis en Filae. Así, desde que me siento en esa silla ya estoy preparado a sentir la limpieza mental y espiritual que viene después del trabajo de escribir.
Creo que el baño y la cocina son excelentes lugares de espacio privado en los que tomarse el tiempo siempre será bien recompensado. Si tenemos chimenea o asador, convivir con el fuego es una delicia. Pero para lo que propongo no es necesaria una mansión, solo poder apreciar lo que ya tenemos, que es mucho más que suficiente. La luz de una ventana, las pocas o muchas plantas que podamos albergar en una terraza. Incluso el clóset, que guarda no solo el uniforme de diario sino la otra ropa, la que no nos ponemos, tiene algo que darnos: hay que usar ese suéter en vez de la sudadera, calzarse las botas cuando va a llover. Hay que meterse en los objetos, rincones y momentos de nuestra propia vida como si los estuviésemos estrenando. Creo que la generación de mis padres era dura consigo misma, y la nuestra apenas está aprendiendo a usar el agua caliente o prender la luz del pasillo (cosas que para la vieja guardia eran lujos innecesarios), apacharnos con la materialidad de espacios y objetos es uno de estos cambios.
En mi caso, conectar con la calma que otorga la apreciación de la vida propia es más que suficiente para causarme maravilla. Cuando logro un estado así, no necesito fantasía ninguna, pues la realidad parece inagotablemente interesante. Mi búsqueda de lo femenino —y por ende del ámbito materno— es un ejercicio recurrente, y en el cual encuentro espacio para la creatividad. Pero ese es mi caso particular, cada quién tiene sus propias inclinaciones. La compasión que viene de hacer la limpieza o “el quehacer”, o el acto de cariño propio que significa atender al perrito o gato, es igualmente amable. La indulgencia con uno mismo o con el compañero de vida es de los placeres más a la mano que tenemos y que con más frecuencia obviamos.
Como siempre, cuando uno tiene una idea en mente, es como si el universo entero hablase de ello. Así pues, me topé con un reflejo de esta misma idea en un libro que estoy leyendo justamente en un sofá que antes usaba solo para tirar la ropa sucia. La escandinava Olga Ravn —autora de la maravillosa The wax child— dice lo siguiente en su novela erróneamente clasificada como “ciencia ficción” pero en realidad increíblemente lírica, Los empleados: “¿qué por qué me gusta el horno? El olor a materia quemada me trae el recuerdo de la comida en casa, porque huele a carne y a tierra, a sangre, huele al nacimiento de mi hija, huele al planeta Tierra.”
De alguna manera más existencial, tal vez valga la pena reseñar que en algún momento también califica el olor a la Tierra como el olor a la atmósfera, el “olor a gravedad”. Me encanta el olor a gravedad, la idea de seguir la intuición que es el olfato para gravitar hacia el centro que es el espacio propio. Usar y llenar ese espacio es recorrerse y pasearse por uno mismo, es habitar la vida propia.




