La pelota ¿No se mancha? (2)

Por: Adrián Muñoz

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SEGUNDO TIEMPO

En la primera parte de este texto, menté el romanticismo que a algunos nos invade en un mundial de futbol. De pronto, se nos olvida que el podrido mundo de la política no sólo no está al margen del deporte, sino que a menudo es un factor (un jugador) inevitable. En ediciones anteriores del mundial, han habido no pocas veces que la política influye en lo que sucede tanto dentro como fuera de la cancha. No sólo en ello fue consistente la edición de 2026, sino que pareció rebasar todo antecedente. Desde luego, en los mundiales de Italia 1936 y Argentina 1978, los regímenes autoritarios que (¡cómo es posible!) hospedaron la fiesta de la pelota, también fueron determinantes para la victoria del equipo local.

El mundial norteamericano de 2026, el séptimo ya del siglo XXI, debería haber superado ciertos vicios que habían empañado el mundo del futbol en el s. XX. Pero no. Y no se ve que nada vaya a cambiar en este sentido. Ya el mundial de 2022 produjo polémica tanto por la sede como por repetidas decisiones arbitrales; el de este año, no fue la excepción, pues la sede principal (uno de tres países) es un estado que ha estado llevando o respaldando la guerra contra al menos uno de los países que jugaron en la competencia. Por otro lado, en cuatro años el mundial habrá de disputarse no en tres países, sino en tres continentes: un verdadero despropósito. (No reflexionaré aquí sobre la pertinencia o no de aumentar el número de participantes de 32 en los últimos siete mundiales a 48 y de ahí a 64.) Para el próximo, en 2034, la sede será Arabia Saudita, un lugar donde no podemos decir que rijan los derechos humanos, pero que sí suele ser un aliado de EEUU (de hecho, a fines de julio de 2026, estos países realizaron bombardeos a Irak, en busca de bases iraníes). Y parece que EEUU (un país cuya política actual aborrece la migración y los “diferentes”) quiere volver a hospedar el evento futbolero en 2038…

Un contrasentido que EEUU sea sede de la Copa del Mundo y otras justas deportivas. Primero, porque dista mucho de ser un anfitrión verdadero y hospitalario; segundo, porque está “americanizando” el futbol de manera despiadada; tercero, bueno… súmele usted las razones que le vengan a la mente.

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El mundo de la política, claro está, no sólo afecta al futbol sino al deporte internacional también. En más de una ocasión, hemos atestiguado que, ya sea el comité olímpico, ya sea otro cuerpo administrativo internacional, ha vetado a algunas naciones de participar en competencias internacionales, o, en caso de que se otorgue permiso a atletas, éstos no pueden hacerlo en representación de sus países. En años recientes, la guerra contra Ucrania ha producido sanciones en este sentido para Rusia.

El Mundial 2026 tuvo como telón de fondo una embestida genocida de Israel sobre la población palestina; una acometida que se ha expandido hacia Irán, Líbano, Siria, Irak… En dichas acciones militares, el principal huésped de la copa del mundo ha sido el principal aliado del estado sionista. También sabemos que EEUU le tiene la mano torcida a la Federación Internacional de Futbol Asociación debido a una investigación que mostró las oscuras circunstancias en que la Federación concedió el mundial de 2018 a Rusia, y que con ello USA apañó la edición de 2026. Y sabemos también que, para aparentar que había sido un proceso imparcial, se invitó a Canadá y México para ser coanfitriones: una farsa, pues entres estos dos países se sumaron 26 partidos, un 25% del total.

Las controversias extra cancha no paran allí. Uno de los réferis seleccionados para arbitrar en el mundial fue deportado al pisar suelo estadounidense, pese a contar con una visa válida y —de manera obligada— el reconocimiento de la FIFA como árbitro autorizado. Pero el departamento de migración de USA no tuvo reparos  y el infortunado árbitro somalí (calificado como el mejor de África) tuvo que regresar a su tierra y perderse de la experiencia. Un escándalo, sin duda.

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Quizás uno de los temas más problemáticos fue la participación de Irán. La guerra en contra de su país puso en riesgo la participación de los futbolistas. Tras mucha incertidumbre, la selección iraní decidió participar. Sin embargo, y pese a la carga psicológica de jugar partidos en suelo de la nación que bombardera su tierra natal, los futbolistas persas se toparon con otro balde de agua fría: no podrían hospedarse en EEUU. La administración del magnate les aplicó un Juegan y se van, un trato aún más innoble que el que el expresidente mexicano Vicente Fox le espetó a Fidel Castro años ha en una cumbre internacional hospedada en México.

No era de esperar que el gobierno gringo viera con buenos ojos al país iraní. Para Israel, Irán es un enemigo formidable que se ha pronunciado abiertamente en contra del exterminio palestino. A esto se suma que el país iraní está bajo el gobierno teocrático de la Revolución islámica  y que EEUU apoya el retorno de la monarquía derrocada a fines de la década de 1970. De hecho, los iraníes en suelo norteamericano mostraron sus banderas políticas durantes el mundial. Pero los jugadores iraníes son sobre todo deportistas, a diferencia de los futbolistas israelíes que —esos sí— son o han sido parte de las D.I.F., como todo funcionario o representante oficial de dicho estado. La selección iraní estuvo a punto de abandonar la competencia, lo que podría haber producido un desastre administrativo mayúsculo, además de poner en entredicho la palabrería de Infantino, titular de la FIFA.

País acostumbrado a recibir con brazos abiertos a los extranjeros, México salió al quite. La norteña ciudad de Tijuana se ofreció como hospedaje de los persas. Aunque yendo y viniendo a través de la frontera —una frontera demasiado cargada de historia cruenta—, estarían en posibilidad de jugar sus partidos en San Diego… Los tijuanenses abrazaron por completo la causa iraní e hicieron de esta selección su equipo. Imposible no conmoverse.

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La política a veces baja a la cancha a jugar; a veces, se acomoda en las gradas para animar o para denostar.

En varios de los partidos que jugó Egipto en la Copa del Mundo 2026, se dejaron ver banderas de Palestina. En efecto, la propia selección egipcia había mostrado solidaridad con el pueblo palestino. En el dramático y polémico partido contra Argentina, hubo algún que otro hincha de la albiceleste que (no sabemos si por convicción o por meras ganas de importunar) ondeó banderas israelíes. Nótese lo delicado del asunto: no estamos hablando de aficionados que ondeen sus colores nacionales, sino que afirman algún tipo de respaldo político. A estas alturas, tomar partido por el estado sionista es tener poca sensibilidad, por decirlo de manera eufemística. Y el costo social puede ser muy alto, como clara y desafortunadamente lo tuvieron que padecer todos los argentinos (quienes, desde, luego, no son partidarios del estado genocida).

La selección de Irán no perdió ningún partido, pero tampoco le alcanzó para clasificar a la siguiente fase. Con todo lo que tuvo en contra, fue hasta una proeza lo que hicieron. El equipo del faraón Mo Salah avanzó un poco más. Como sea, resulta más que obvio que los altos mandos del Mundial 2026 no iban a dejar avanzar en especial ni a Irán ni a Egipto, países musulmanes y abiertamente opuestos al sionismo (Irán) o empáticos con el sufrimiento palestino (Egipto).

Nos gustaría que las manos y lenguas viperinas de la política no mancillaran el césped del fut. Pero también hemos tenido que aceptar que no existen ni Santa Claus ni los Reyes Magos. Dentro de la geopolítica contemporánea, parece muy poco probable que la FIFA permitiera que alcanzar muchos logros algún equipo de un país musulmán en un torneo celebrado (sic) en EEUU (a no ser alguno que suele operar como aliado, o sea, los hiperricos y petroleros).

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Cuando en el mundial de 1986, Maradona se atrevió a esa trampa ahora consagrada como “La mano de Dios”, al menos había algo de reparación, de justicia poética. Fue una bofetada para desquitar la afronta que Argentina había experimentado cuatro años atrás en la Guerra de las Malvinas. Habían sido derrotados por Inglaterra. Al verse las caras en el campo del Estadio Azteca, en la capital mexicana, fue una manera de cobrar venganza. Ese gol ilegal pero válido fue el equivalente a mostrarles el dedo medio. Picardía futbolera y revancha política conjugadas en un instante de inspiración. (Muy diferente a los favores constantes al messías del dios Maradona, que no responden sino a viles intereses comerciales de la FIFA, ciertas marcas deportivas y algunos empresarios.)

Para colmo del cochinero del negocio del balompié, entre julio y agosto de 2026 salió a la luz la intención de Gianni Infantino de convertir el mundial, ya sin tapujos, en un negocio abierto a capital privado, ajeno a las instancias futbolísticas. La avaricia del titular de la FIFA no tiene límites. Así es: “Un negocio vulgar y silvestre, una fábrica de trucos manejada por sus dueños”, como apuntó alguna vez Eduardo Galeano. Pero parece que el tiro le salió por la culata y su reelección al cargo ya no es cosa segura. Veremos si permanece en la liga o lo descienden. Por lo pronto, la UEFA en su conjunto, más la CONCAFAF y la Asociación de Futbol de Asia han mostrado su rechazo a la iniciativa de Infantino, mas no así las corruptas federaciones de Argentina y México.

Con todo y esto, en meses pasados Gianni Infantino, titular de la Federación Internacional de Futbol Asociación, ha tenido la brillante idea de celebrar un partido entre los seleccionados sub15 de Palestina e Israel…. (En Estados Unidos, of course. Posiblemente en Miami, why not?). Que para promover la paz, asevera. ¿A quién se le ocurre semejante estulticia? Bueno, a los mismos que otorgaron un premio de paz a un dirigente intervencionista, militarista y comparsa de genocidas….  

Dice el suizo que: “el fútbol tiene que ver con la paz. No tiene que ver con la política.” Ajá. Es que el chiste se cuenta solo…

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