La gratitud del verano: preces para un mundo en fuga

Por: Gabriel Trujillo Muñoz

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Escribo de lo que me interesa y asombra, de lo que me irrita y me duele. Escribo de lo que soy y de mi relación con el mundo que me rodea, con las personas que he amado, con los libros que me han sorprendido, con las películas que me han hecho viajar, con la música que me ha dado consuelo cuando más lo necesitaba. Diario de travesías donde a la experiencia personal se suman conocimientos adquiridos, saberes nuevos y antiguas emociones. Suma de lo perdido y lo ganado en mis tiempos y bajo mis propias circunstancias. Eso es para mí la poesía: un sendero lleno de posibilidades por explorar, de historias por compartir, de recuerdos por traer al presente en que escribo. Mis versos son libres y son, a la vez, un cuestionamiento de la realidad y sus tinieblas en auge, una crítica de la humanidad en sus crueldades y rapiñas, un interrogatorio del paisaje que se abre en horizontes de luz y en recovecos de sombra.

Para decirlo en pocas palabras, la poesía me acompaña desde niño: desde que me topé con ella y empecé a dialogar con sus imágenes y metáforas. La gratitud del verano es un poemario largamente burilado, extensamente trabajado. Ahora que lo veo publicado en la editorial Bonilla-Artigas, con una portada de casas tomando el sol y árboles que se mecen bajo la canícula, tal y como los pintara Edward Hopper, no puedo menos que recobrar lo que ha nutrido su creación: relatos de familia, crónicas de infancia, encuentros fortuitos con la vida fronteriza, amores que dejan su marca, meditaciones mientras el calor avanza y reflexiones sobre el país en que he nacido y que, a pesar de sus congojas y quebrantos, trato de cuidar para todos, de mantenerlo más allá de sus dolencias. La gratitud del verano comienza con una serie de poemas en prosa titulada “Estampas de nuestro tiempo”, uno de cuyos apartados lleva por nombre “Otra vez septiembre”, el mes en que mi padre, hace 42 años falleciera:

Los años pasan y uno sigue metido en sus faenas, en sus compromisos: sin prestar atención al pasado. Hoy ya es otro nueve de septiembre. Un aniversario más de tu partida. Los años se suceden y los muertos como tú se vuelven fantasmas morosos en nuestra memoria, espíritus sosegados en el candente aire del verano: reverberan, brillan, se disipan al menor pretexto para volver más fuertes que nunca. Polvo al vuelo en su voz remota. Ráfagas de viento en su saludo.

Otra clase de poemas son los que comparto vidas ajenas, personajes con los que debato el mundo en que vivimos. Así, en el poema titulado “Somebody outside” y está dedicado a la cantante Anna Ternheim:

Entre días extraños y ventanas llenas de secretos, entre promesas rotas y sombras en la niebla, tu voz se empecina en seguirme los pasos, en ofrecerme compañía cuando el viento se emborrasca, en contarme cómo es el amor en su hora más negra, en su inquieta ruptura. Siempre es así, me dicen tus canciones, cuando las vidas que estuvieron juntas siguen cada una su camino y nunca vuelven a verse excepto en la pradera del recuerdo, en el bosque de la perpetua nostalgia. Como si el amor fuera el sermón de la cellisca en el páramo del infortunio, el canto del dolor en su imparable agonía. Una pausa entre las luces oscuras y las olas brillantes. En ese paisaje donde la tierra se nutre de los restos de antiguos naufragios. En ese corazón donde la esperanza nunca se hunde. Y es ahí, Anna, cuando tu voz es el faro que guía a los viajeros hacia el país de las nieblas matutinas, hacia el bosque donde los árboles son pura corteza, hacia el horizonte donde el sol aquieta, restaña, cura. Como si añoráramos un sueño que nosotros mismos inventamos, que nosotros mismos perdimos.

Bueno, ya fue suficiente del poema en prosa y vayamos al tema del viaje en ferrocarril por el noroeste mexicano:

En tren anduve por estos eriales

En vagones tan viejos que uno creía

Estar en una novela de Agatha Christie

O en una cinta de la Revolución Mexicana

En tren fui hasta Hermosillo

En dos jornadas de lentitud y hastío

En cada estación el ferrocarril se detenía

Y los vendedores nos llenaban de antojos

Para aguantar el hambre bajo un cielo

Sin nubes: espléndido: reluciente

Tuve tiempo de escribir poemas

De cotejar la luz del mundo

Con la luz de la escritura y no hallé

Ninguna diferencia entre ambos fulgores

Casi a medianoche: al bajarme del tren

Sentí que había descubierto la esencia del viaje:

Un papel lleno de borrones y tachaduras

Una visión de la vida en su irresistible monotonía

Un viaje, sí, pero en torno a la escritura, a hacer de la palabra un vehículo expresivo que nos lleva, por lo general, hacia nosotros mismos como hacia los demás: hilo conductor de certezas y dudas, lazo que nos une a través del verso lleno de “borrones y tachaduras”. Pero hay otro tema que no debe perderse de vista en mi poemario: la patria que me preocupa, el país que soy en sus deterioros y renacimientos, como sucede con el largo poema que cierra La gratitud del verano y que es un regreso a la “Suave Patria” de Ramón López Velarde. Pero en nuestro siglo XXI, más que suave, México es una tempestad en marcha, una nación que debe encontrar el justo equilibrio entre los que buscan sus raíces más profundas y los que solamente quieren obtener su propio beneficio, entre aquellos que tratan de hallar la ruta del bien común y los que quieren vender el país al mejor postor. Por eso, de este poema final, titulado “Mi país: elegía en tiempo presente”, les comparto algunos cuantos versos:

Mi país es el comodín de la baraja: la mula de seises: el jaque mate

Mi país es piedras preciosas: semillas de girasol: nopales tiernitos

Mi país es una carta de amor: un mensaje de texto: una despedida

Mi país es albergue de migrantes: pasaporte perdido: tierra por cruzar

Mi país es altar del sacrificio: danza de naguales: calavera sonriente

Mi país es mercado de flores: tienda de segunda: mercado sobre ruedas

Mi país es un cruce de caminos: un tren de carga: una carretera vecinal como boca de lobo

Mi país es fraccionamiento privado: paraíso exclusivo: sistema de vigilancia

Mi país es un casino: una casa de cambio: la fila para cruzar al otro lado

Mi país es una muchacha en flor: un grito en la noche: la escena del crimen

Mi país es ensayo y error: experimento en marcha: herida que nunca cura del todo.

Mi país es una batalla verbal en mesas de café: un duelo a muerte

Mi país es la desmemoria que no quiere pagar por sus deudas de antaño

Mi país es una procesión de fantasmas: un valle de lágrimas que huele a matadero

Mi país es un dolor crónico: un mal de ojo: un ajuste de cuentas…

Y

Sin

Embargo

A pesar de todo lo que de él se diga

Mi país se dobla pero no se rompe

Soporta el sufrimiento para salir adelante

Vive el dolor como una experiencia comunitaria

Aprende de los héroes que no aparecen en los libros de historia

Dibuja una patria a semejanza de sus propios sueños

Mi país es la tierra que rinde su cosecha a pesar de sus depredadores

Mi país es un sol intenso: un árbol de vida: un ojo de agua

Mi país es la herencia que elegimos para repartirla a manos llenas

Mi país son las lenguas ancestrales: las mezcolanzas del idioma: los gritos de júbilo

Mi país es el bálsamo que cura las dolencias más profundas

La pócima amarga que purga nuestros males

Mi país es la memoria que nos ofrece su consuelo: su convivencia: su jolgorio

Mi país es gestos de amistad en tiempos de incertidumbre

Mi país es el abrazo fraterno: la fiesta en paz

Mi país es cuerpos dadivosos en la danza del deseo

Fogatas que se encienden en la noche para quitar el frío

Mi país es nuestra casa que es tu casa que es mi casa…

De eso habla La gratitud del verano. De ti. De mí. De todos nosotros. Si quieren confirmarlo, pregunten por él en bonillaartigaseditores.com, una editorial de libreros vueltos editores.

La gratitud del verano, Ediciones BonArt-IVC, ciudad de México, 2026.

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