La estética de la violencia

Por: Armando Oviedo Romero

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Se sabe que el futbol es uno de los deportes más publicitados por los medios de comunicación. Incluso se dice que el mundo es un balón. Pero hay otro deporte que se lleva las palmas: el box. Ambos gozan de amplia popularidad aún antes que la maquinaria mercenaria los volviera elitistas y los de pantalón largo crearan la industria global del juego.   

El box y el futbol son la sal de la tierra y gozan de un carácter popular a toda prueba y eso lo saben los mercachifles. Mientras que el futbol es más moderno, el box tiene una prosapia antigua. El box es una pasión multitudinaria de añeja historia donde se alaba al héroe solitario. Por ello tiene mucho de mítico y algo de místico. El espíritu que lo anima lleva aparejado ese compromiso antiquísimo que el box tiene en su fuero interno. Quizá por eso el box es más que un deporte; es una verdadera hazaña. Es el canto de la tierra, el espacio real y legendario al mismo tiempo, teñido de glorias y derrotas donde un ser esforzado lucha contra el mundo y todas sus circunstancias.

El boxeo, ya en su forma profesional es, además de combate contra la miseria como dijera José Ramón Garmabella, es asimismo esfuerzo frente a la línea de golpeo de o contra la vida.

Desde esta perspectiva, el box es una práctica de guerreros y actualmente de guerreras, pues en Cuatro esquinas, su más reciente libro, el poeta Daniel Téllez, le hace los honores a una combatiente. La actividad poética de Daniel Téllez ha quedado demostrada constantemente, es un gran poeta libro por libro, no sólo desde su barroquismo de sus libros iniciales como Aire oscuro (2001) y Asidero (2003) sino en su incursión en dos temas populares donde despliega su cadencia verbal y su arte popular. Si con Arena mestiza (2018) puso a la lucha libre en el lugar estético que se merece el contrallaveo estilístico, es con Cuatro esquinas (2015) donde completa la pareja infernal de box y lucha, para colocar la lucha cuerpo a cuerpo en una estética de la violencia. En este libro el box es una lucha constante más allá de la suerte.

Quizá por su actitud heroica del uno contra uno, de fuerza a punto de ebullición, el boxeo tiene una amplia gama de presentaciones en el arte desde tiempos inmemoriales. La vemos ya en los clásicos griegos y romanos hasta llegar a nuestros días en que esas proezas son tratadas y retratadas por los reseñadores de lo épico. Esas historias emanadas del Olimpo traen aparejada la tragedia, el drama y por ende la pasión para los mortales.   

El box es la épica moderna y merece sus cantores. Estos le han dado al pugilato una estética violenta y caballeresca, heroica y trágica, todo en la compra de un sólo boleto. Estos actos de los pugilistas permiten, por sólo citar ejemplos representativos, las novelas como Jubiabá de Jorge Amado o Golpes de gracia de Joxemari Iturralde; innumerables reportajes y entrevistas (Norman Mailer o Ricardo Garibay), cuentos (Cortázar o Bernardo Atxaga), cientos de películas y millones de crónicas; así como el variado arte gráfico y cinematográfico, y, a veces, presente en  obras de teatro (como ¡Pelearán diez rounds! de Vicente Leñero), canciones (Hurricaine de Bob Dylan, Kid Chocolate de Quique González) y, en menor medida, poemas.

Con estos libros de box y lucha, Daniel Téllez despierta al poeta épico. En Cuatro esquinas el poeta realza las glorias no sólo del gran Púas sino las de otros tantos héroes (y una heroína) que nos dieron porras y vítores, personajes que nos forjaron una educación sentimental y gloriosa a muchos mexicanos, situación que el otro deporte, con más corifeos y publicistas, no ha dado.       

Cuatro esquinas canta contando un tema que no se detiene en el saber de especialistas en el pugilismo, sino que es apenas el pretexto para volver a la poesía de guerreros y proezas.  

Gracias a los artilugios y oficios de un poeta como Daniel Téllez, entramos a un tema, como lo hizo ya con la lucha libre, para llevarnos a lo poético del box; es decir, para mostrarnos que en lo soberbio o lo nimio de un héroe o heroína, se despliega una experiencia sensible digna de ser recordada.

Esa experiencia sensible, esa poeticidad, no dejará impasible al lector sino que lo integrará –como todo poema que zarandee al poeta que lee— al momento e irá a la sabiduría del instante, a la memoria de un nosotros vueltos a renacer en el hecho contado, citado y poetizado por los versos de Daniel Téllez.   

Los triunfos pasados, las derrotas o muertes, ya no sólo serán pláticas eternas de bares y billares entre copas llenas y vacías. Con Cuatro esquinas el box será la rosa de los vientos de sacros y profanos del deporte de las “guantadas”, como le decía mi abuela Margarita a ese intercambio de golpes.

Sabedores de su manejo del lenguaje y las formas versiculares para integrar temas populares con lenguaje potenciado por las metáforas, el poeta Daniel Téllez no sólo cumple con dar el testimonio de sus gustos y placeres deportivos; a su vez, nos encamina, con versos y conversaciones, a emotivas estampas deportivas que, al pasar por el tamiz de la buena pluma, sus ilustraciones son epopeyas modernas.

Y no serán sólo nombres y etapas sino recuerdos de la vida como proeza de la pobreza; estará incluida la hazaña que trata de evadir la guadaña de la parca terca.   

Ya se sabe que el registro cultural del boxeo abunda en referencias hasta para quienes no gozan del gusto y la emoción de las peleas. Sin embargo, para quienes quieran cultivar sus tímidos ojos de pacifista morboso en actos heroicos, pueden acercarse a estas Cuatro esquinas, donde sólo un poeta como Daniel Téllez puede poner al boxeo a la altura de arte.

Lo reitero. Este libro es y no es un libro para conocedores del box. Si bien es cierto que en Cuatro esquinas hay grandes representantes del cuadrilátero, ellos son el texto que nos llevará al pretexto del saber y al sabor de actos osados y luchas estoicas. Habrá detalles estéticos colocados en un giro de cintura o en un puño que en vuelo de gancho y por la vía del cloroformo deje patitieso a un contrincante sólido. Otros poemas flotarán como mariposa para picar como avispa.

Cuatro esquinas contiene combates en el anillo de fuego cruzado por puños pero también luchas por la vida afuera del cuadrilátero; hay reflexiones y acciones nacidas del tormento de la sangre y del dolor, todos ellos convertidos en versos que anuncian el nocaut.  

En estos poemas están los boxeadores que educaron sentimentalmente a Daniel, asimismo aparecen las referencias literarias de todos conocidas; pero sólo como cartas breves para una constante bienvenida al recuerdo. A mí, un pacífico gustador del pleito ajeno, me hace recordar el gesto y la furia de ciertos combatientes con epónimo contundente o tierno o eterno sobrenombre: Kid Azteca, Mantequilla, Barreta, Ratón, Púas, Zorro plateado, El Terrible, La Princesa Azteca, entre otros; o quienes con sólo el nombre ya retumba una sombra de apodo: Pipino o Artemio.

El libro de poemas con y de box tiene de todo, como en platea: semblanzas, una biografía anti heroica y otras tantas poéticas locuciones combinadas con reflexivas frases populares, como este contundente aforismo de poesía visual que es “Iron Mike”: Alguien dijo algo y yo sólo fui allí y lo goleé. Que suena como la mítica velocidad de Billy the Kid, “Cuando lo enfrentabas a un duelo, si te miraba, ya estabas muerto”.      

La poética del boxeo de Daniel Téllez nace del verso y va más allá: se desdobla en el tiempo y ata cabos de recuerdos, sean literarios o de la vida cotidiana. En estos poemas de box y lucha por la vida, suenan, desde el verso inicial, memorias en familia, ecos de camaradería, dulces charlas de sobremesa repasando una y otra vez el golpe, la esquivada, la guardia, el movimiento escénico, la defensa, la táctica elegante, el golpe que envió a la lona al contrincante. Y uno abrazando el recuerdo de Torito, el de Cortázar o Pepe el Toro, el de Ismael Rodríguez; pero también al Paulino Uzcudun de Bernardo Atxaga o, una escena de ¡Pelearán diez rounds!, donde, en maniobras teatrales, un gancho al hígado es recibido seco por Pepe Alonso (que le costó fractura de costillas) lanzado sin rubor ni incontinencia actoral por Pipino Cuevas, porque ¿cómo vas a controlar escénicamente al segundo mejor gancho de izquierda del mundo?

En el poemario Cuatro esquinas recorreremos tres rounds con límite de tiempo, mismos que avanzan con una verba libre de ataduras.

La primera, titulada “Libra por libra”, están las consabidas semblanzas narradas en verso libre y sin más metáforas que las del sentimiento inmediato, (excepto la de “El cloroformo hecho macana”, que une la voz popular de Rubén Olivares con los términos del cronista del boxeo), dando cuenta de héroes y una heroína y sus hazañas. Es la zona épica de una época; versos sin rima pero con ritmo de jab y uno-dos y gancho, limpios de ripios y retórica

En la segunda sección, “Malapata”, crece en prosa poética un mito. Se cuentan las andanzas de Artemio, el Virgilio de Daniel, luce como poeta andante de la acción y el recuerso, magisterial campeón sin corona del barrio. Todo sucederá a ritmo de diez escenas bravas pues Artemio es una cadena de reyertas… La leyenda de un malapata narrada con tinta sangre de tintes de antihéroe, pero con la sabia ruda de una vida llena de sabiduría; vida llana sin la cúspide del olimpo pero plena de nobleza del amor al deporte que forjó a un hombre que, en diez asaltos, dará lecciones de pundonor. Dice el poeta que Artemio sabe que el boxeo tiene mucho de honorable. Que se necesita una vocación fatalista para ganarse la vida con los puños y el guante… Una vida de aguante en las esquinas del viejo barrio que lo vio pasar.

La tercera parte del libro, “Nocaut”, es un cierre contundente como anuncia el subtítulo; sin concesiones y, como su nombre lo indica, con poemas decisivos y pulidos, certeros por la reflexión de la práctica constante de boxeo de sombra. El poema del mismo nombre de la sección es apabullante por lenguaraz. En esta esquina, el poeta Daniel Téllez deja atrás el bulto de la anécdota y pide una lectura concreta, que ésta vuelva sobre sus pasos y dance de puntillas y sin rubor helado. Aquí está el centro de la poética de la violencia, el arte de anunciar el golpe y con una finta, ser sacudido como con un guante de terciopelo. Las voces de los versos son tersos, no se siente la violencia estando en la primera fila.

El poemario Cuatro esquinas es una andanada de poemas que, como toda poesía, irradia conexiones, concita evocaciones y sacude memorias en el cuerpo; es un homenaje a la vocación de héroes (y una heroína) y el engarce de una cadena de presencias. Cuatro esquinas resume nostalgia de héroes encontrados en sus máximas glorias y tragedias; todas ellas cantadas epopeyas de mexicanos que se hicieron de golpes para que luego, el poeta épico Daniel Téllez, se hiciera de palabras con ellos.

Cuatro esquinas, Daniel Téllez. Ediciones Bon Art. México, 2025. 72 pp.   

Texto leído en la presentación del libro Cuatro esquinas en la Librería Bonilla.

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