La cueva de Hefesto

Por: Fernando Clavijo M
Compartir este texto:
Tomé el Ruta 34 en Altavista con dirección General Anaya y bajé en División del Norte, a la altura del supermercado oriental. Me gusta este autobús porque se pasea por Coyoacán. Luego caminé hasta cruzar Churubusco y entrar en la colonia Portales Sur. El nombre de la calle, Odesa, me hizo pensar en un complejo industrial post-soviético, pero este es en realidad un tranquilo escenario residencial, con casas solas, edificios de apartamentos y la típica miscelánea. Como siempre me sucede cuando camino por calles nuevas, imagino “yo podría vivir aquí”. En la esquina con la calle Villa Hermosa hay un edificio así —familiar y hospitalario—, con puerta metálica y una placa de cerámica muy bonita marcando la calle y el número. Ahí es Fidias Arte, el taller de numismática que he venido a conocer[1].
Mi amiga nadadora Estefanía Gómez Counahan pasa en su coche y me indica que va a buscar lugar para estacionar, al mismo tiempo que su hermana, Maya, llega a pie por el otro lado y me comenta “ya ahorita llega Mike”. Es un negocio familiar, sin duda, y al entrar al acogedor edificio se siente como si fuera a visitar a alguna persona mayor. Subimos dos pisos y entramos en la oficina donde, en efecto, reconozco el rostro sonriente y generoso del escultor mexicano Lorenzo Rafael, padre de mis amigos, en una gran foto en blanco y negro. “Esa foto es en El Convite”, me informa Steffie, una fonda a tan solo unas cuadras.
Antes de ser reconocido por diseñar y producir las medallas de los Juegos Olímpicos de México 1968, el escultor Lorenzo Rafael Gómez Bustamante se formó en la Escuela Nacional de Bellas Artes, estudiando en San Carlos desde los 12 años. Aun antes de eso, ya trabajaba en Fidias Arte al lado de su padre, quien fundó la empresa en 1918. El “trabajo infantil” suele ser considerado como tabú, pero pensemos que es fundamental en algunos gremios, como los deportistas o los músicos, por ejemplo. Nadie pensará que un futbolista toque un balón por primera vez cuando entre a la universidad a los 18 años, o que un pianista no vea un piano hasta entrar a la academia de música. Entre artistas plásticos es similar, ciertas habilidades manuales, sensibilidades de la vista, deben desarrollarse en la niñez, como en la infancia se desarrollan la afición y el amor por el arte.
Los primeros relieves del artista fueron Quijotes[2] y obra religiosa[3]. La Casa de Moneda popularizó muchas de sus obras, por ejemplo la moneda de 50 centavos conocida como La Josefita. Otros ejemplos incluyen las medallas y monedas de los Juegos Olímpicos, entre las cuales figura la moneda de 25 pesos, comisionada por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez (diseñador del Estadio Azteca y el Museo de Antropología, para dar una idea), y medallas para la UNAM (produciendo aproximadamente un 90% de las medallas de esta institución). También hizo las piezas para museos como el de arte moderno y el de antropología, además de la Belisario Domínguez para el Senado. En la oficina hay ejemplos de su trabajo en vitrinas, y sus hijos tienen la generosidad de mostrarme algunos, como un retrato en hexágono del artista gráfico Gonzalo Tassier y un bolillo —del tamaño del pan mismo— en bronce. Más aun, en la mesa de trabajo veo un retablo de Carmen Parra en restauración y, como ejemplo de escultura, bustos enormes de Cortés y Moctezuma.
Antes de bajar al primer piso, propiamente el taller, vemos la etapa de diseño, que se elabora en esta segunda planta. Esta consiste en dibujar o redibujar el concepto del cliente de forma que sea apto para una medalla o moneda. En ello no consigo una explicación teórica, y debo aceptar que la experiencia visual de Mike y de su ayudante, Arturo Velázquez, es la que aconseja sobre el diseño final. Anverso y reverso se esbozan en papel, de 4 veces el tamaño del producto final, y sobre este se moldea en plastilina ya con relieve, un arte para el que cada vez hay menos especialistas, pues, aunque hay formación conceptual, falta el equivalente técnico/formal. A este relieve se le hace un molde en negativa utilizando yeso, donde se retoca una vez más, y finalmente se le vuelca una resina acrílica.
Luego de esta primera parte claramente artesanal, bajamos a lo que podría esperarse que estuviese más mecanizado, el lugar de los fierros. Este sitio, propiamente el de transformación, me trae a la cabeza a Hefesto (tal vez el menos sexy de los dioses griegos, pero sin duda el más ingenioso y trabajador) y la metalurgia como arte, con lo cual entiendo cabalmente el nombre de la empresa: Fidias Arte. El Taller de Fidias es conocido como Ἐργαστήριον, vocablo que proviene de ergon, trabajo (de ahí palabras como energía), y sterion, lugar. Ergasterión es el sitio donde se trabaja, y en la Grecia antigua denotaba la zona artesanal de la polis. Eso sucede aquí, donde a pesar de haber máquinas, todo se hace a mano, paso por paso, pieza por pieza. La primera parada es un pantógrafo, instrumento que hace una copia reducida del molde de acrílico, ya a la medida de la medalla o moneda. Para ello esta herramienta de la marca alemana Friederich Deckel, de 70 años de antigüedad, usa esencialmente dos brazos: uno con el que se calca el modelo acrílico y otro que, con una punta de diamante, graba la cara de una pieza sólida de acero llamada troquel. Esta es el anverso e igualmente se hace un reverso.
El proceso que me muestran es llevado a cabo por trabajadores y aprendices que no cuentan con estudios técnicos. El anverso al comentario sobre la falta de carrera artística para la acuñación de monedas en la etapa de diseño es que, en esta etapa artesanal del proceso, las personas que trabajan en él han aprendido únicamente con la práctica. Pareciera haber una contradicción entre lo milenario y lo impermanente, y esa incomodidad siempre apunta a algo. Es decir, esto deja en mí la ambivalencia entre un proceso que se lleva haciendo miles de años —tal vez unos 3 mil años contando las monedas de Anatolia—, pero que a la vez parece a punto de expirar en una época de inteligencia artificial, robótica e impresoras 3D. Aquí las máquinas son sencillas, tienen poco más que fuerza y precisión, no automatización, y son operadas manualmente, moneda por moneda. Pensemos en una troqueladora que puede usarse con la fuerza de varias toneladas, pero que en las manos adecuadas también tiene la delicadeza necesaria para solo romper una nuez. Ingenio y buena mano, esa es la tecnología de un taller.
El troquel se imprime en un disco de cobre, bronce o estaño, llamada cospel. Este se forma en el mismo taller aplanando y cortando la aleación adecuada. Al cospel se le da un “golpe”, es decir una impresión, en la troqueladora, pero este primer intento es imperfecto. Se ve poco claro, falta detalle, hay partes que parecen burdas. Para arreglar esto, las piezas se meten a calentar a un horno de ladrillo, hasta lograr un anaranjado brillante, escena hermosa y atemporal. Luego se sumergen en diferentes sustancias abrasivas (como ácido sulfúrico) y se gratan —es decir se pulen—en una de las múltiples gratadoras, dando además canto, de nuevo utilizando la vista y lo que supongo es una combinación de experiencia con algo más innato, tal vez una especie de sentido común de la proporción y el detalle, de lo bello incluso. Esta “proporción áurea”, que combina armonía con equilibrio y detalle, es justamente lo que en la Antigüedad se representó como la letra griega fi, Φ, precisamente en honor a Fidias (Φειδίας).
El cospel puede entonces recibir un nuevo “golpe” y repetir este proceso unas tres veces, por cada moneda, hasta obtener una pieza no solo perfecta sino única. Tanto el proceso, como las piezas finales, constituyen una manera de honrar a una tradición que puede ser milenaria, pero en este caso es familiar. Como ejemplos, podemos ver en los enlaces de los pies de página esta belleza conmemorativa de los 100 años de la publicación del Ulises de James Joyce[4], el increíble detalle de una medalla “bursátil”[5], o este exquisito caballo chino[6].
Prensas troqueladoras, horno de ladrillos, crisol y hasta lingotes de diferentes metales, quién no quisiera tener esta “juguetería” para crear piezas conmemorativas. Con ese ánimo juguetón me imagino al adorable Lorenzo Rafael en estas instalaciones —que ahora llevan sus hijos—, pues solo pude conocerlo en el ambiente de su casa. Así que esa felicidad contagiosa en su cara provenía también, seguramente, de la dicha de poder trabajar con las manos. Me dice Mike que siempre comentaba lo afortunado que se sentía, declarando que “no hay mayor bendición que dedicarte a tu hobby”.
[1] https://www.instagram.com/fidiasarte/
[2] https://www.instagram.com/p/DMqdnMHumjb/
[3] https://www.instagram.com/p/BbSRyPQlzug/
[4] https://www.instagram.com/p/CZfR2c7PfTb/
[5] https://www.instagram.com/p/BldO18CgM8D/
[6] https://www.instagram.com/p/CZdGrx5MafV/
Te recomendamos:



