Estaciones de luz y asombro

Por: Armando Oviedo Romero

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Hay una poesía que se posee de inmediato. Para poseerla no hay que preocuparse en ser poetas, sólo serlo. Son personas de todos los días, de cualquier hora. Son un Ser para la poesía. Los preparativos para esa resurgencia, maduran lejos de los saraos literarios. Lejanos al bullicio y de la falsa culturita.

Un ejemplo de esos seres alados es La Maga, esa poeta de la sencilla timidez. Ella, dicen quienes la conocieron, era poesía pura y ella sólo se sumergía, sin buscar definiciones o explicar cómo se nada en esos ríos metafísicos. Dice Horacio Oliveira que, Hay ríos metafísicos, ella (se refiere a la Maga) los nada como esa golondrina está nadando en el aire, girando alucinada…

Hay poetas que describen y definen y desean refrescarse en los ríos de la poesía; otros, sólo los nadan. Esta instrucción y esa condición están en Ana Corina Fernández Alatorre (Distrito Federal –porque habemos muchos que nacimos en el DF y no en la CDMX—, 1951). Lo afirma con su libro y lo confirma en el primer poema de su libro Esta piel de la memoria:

Cada quien es un poema/ que se teje/ entre el principio y el fin. // Confiar en el poema,/ no para entenderlo,/ sino para atravesarlo/              como un río,/ que se hace nuestro.    

Como si la Maga habitara el poemario de Ana Corina, encontramos que aquí los versos suenan libres entre recuerdos fluviales. Ana Corina dice que es una aficionada a los jugos del lenguaje sencillo donde otros autores se presentan como entes literarios, presumiendo de eminentes eruditos descubridores del hilo negro.

Ana Corina es una poeta amateur, en el mejor sentido de la definición, pues “amateur” es, una persona que practica una actividad por placer, no de manera profesional o remunerada. Y ya sabemos que la poesía no se vende, porque no se vende (pero esta noche hagan una excepción y no serán defraudados con juegos de artificio ni posturas de postín).

Ana Corina es una poeta de la palabra placentera, palabra sencilla, elemental, a ras de tierra y de suprema caricia por la piel de la memoria. Le inquieta cómo y desde qué palabras se hacen y se solacen los poemas. Ella descubrió el ser y el quehacer poético desde el verso directo y medido por la temperatura del verso libre, breve, a veces prosa, a veces sentencia o grito; sintiendo y consintiendo el peso de las palabras que no pasan al olvido.

En los poemas de Esta piel de la memoria leemos su acercamiento lírico con temperaturas variadas, iniciando el recorrido con una declaración de principios: su compromiso con la palabra sonante. Su materia es la palabra guiada por el éxtasis versicular; con ella trabajará de ahí en adelante, hasta llegar, al final del libro, a la lucha por la sobrevivencia, es decir, su combate contra el verde olvido.

Este libro goza de vaivenes. Va de la preocupación verbal, a la de intima alegría revolucionaria con cierto tono cotidiano y materialista, donde la piel de la memoria es la escritura; memoria como militancia de la vida, donde una caricia es un acto político pues protestar por la injusticia en sus poemas de “Patras”, suenan a cantos contra el griterío mudo de las opiniones de llama fría.

Esta piel de la memoria tiene seis breves estaciones de recuerdos.

La primera, “Escribo y soy”, es la declaración de principios de la poeta. Y aunque nos da plena libertad para enfrentarlo (“Cada quien es un poema”), que no se equivoquen los lectores, está ella con todo su ser pujante “Soy mujer, soy quejido y tibieza”, su porqué (“escribir porque sí“), desde dónde, (“En el musgo del ahora, habito”). Y su para qué: para seguir viva. Esta sección es, pues, su arte poética con el cual habremos de viajar con palabras tatuadas y como heridas.  

Ya con estos principios anotados, las demás secciones serán pan saboreado, se vivirá, “al filo del goce” sin olvidar la tristeza, que todo lo tiñe. Así pues, la segunda estación, “Patrias”, a las que llamé “matrias”, son la raíz, la planta y el fruto; son el ver nacer un paisaje luminoso a cada momento y en cualquier estación del año. Poemas como prosas, cartas, referencias, mapas; coordenadas sentimentales de un lugar del diario corazón.

La tercera estación, “Postales”, es el complemento de ese viaje sentimental surgido de las patrias, situaciones vividas en tierras lejanas pero acercadas por un motivo, una señal, un objeto del deseo, sea este musical, pictórico, arquitectónico, dancístico; son treguas sonoras de instantes alucinados por la luz azul del paisaje; Fiesta de trinos que celebra la vida, escribe Ana Corina.  

La cuarta estación, “A veces el amor…”, es el centro del libro, el corazón de las cosas, de las pieles fieles y de los sentidos alterados y alternados en sudores cálidos y colores fríos. “A veces el amor” son las voces de erotismo suave, al rojo blando, la sencillez de la entrega, el roce sin prisa, con pausas y con alegre son. El amor amoroso de las parejas pares en los parajes del jardín de los deseos, los que se cumplen y los que se anhelan alelados en los ojos ajenos. Es la estación de las transfiguraciones y de las alucinaciones:

En medio de la noche y sus oleajes/ la fiesta de tu cuerpo./ En la penumbra tus manos,/ como palomas, susurran, cantan/ y me acunan hasta que yo,/ ya no soy,/ sino una estrella.

La quinta estación, “Adioses”, podría parecer el lado B de la cuarta estación. El amor que se deja. Sin embargo, la despedida es la muerte; la huella que todos traemos en el aquí, es lo irremediable de la vida ya vivida. Injusta, desde luego, pero quieta, detenida por la escritura que le da vida a la remembranza y la recicla, la pone a circular en nuestra piel de la memoria fiel. Hay reclamo, indignación, rabia (con el poema muy sabinesco –de Jaime no de Joaquín— “Cómo se atreve la vida”) pero no es la resignación sino la reasignación; poner en otro lugar la ausencia para tenerla presente, no se nos vaya a olvidar, para que una luz votiva brille en el corazón abandonado pero no solitario.

Que un llanto de palabras/ se lleve letra a letra/ este frío fin de fiesta/ con su boca de arena.

Cierra el poemario Esta piel de la memoria, la sexta estación titulada “Batallas”. En este espacio asistimos a la reconciliación por tanto recuerdo, tanto amor, tanto dolor, tanta vida. Es el balance de lo vivido y padecido. Están las guerras ganadas y perdidas, el paisaje después de las batallas donde Todo es desierto piel adentro, donde nos muerden los dientes de la nada. Son las huellas de la sobreviviente, la que clama y se da un respiro; sobrevive mirando de frente su destino y, Se va tejiendo así la piel del día/ con marcas, cicatrices de senderos/ que ya no habré de transitar./ Hilos quedan por trenzar, aun respiro.

Es la ruta cumplida del renacer “de estrella o primavera sin premura”. Quedan así cifradas y tatuadas las estaciones en la memoria de la piel porque hubo un éxtasis corporal de viajes, recuerdos, geografías, valles y montes.  

En Esta piel de la memoria quedan las imágenes cotidianas de una vida fronteriza entre el sueño y la vigilia, entre el pasado y el futuro.  

En este libro tan breve pero de largo recorrido íntimo Ana Corina recopila poemas del recuerdo, de naturalezas varias, de países y memorias que se abren paso más allá de anécdotas y embrollos, entintando con su voz la luz del sentimiento.

Esta piel de la memoria es un libro de expiaciones por estaciones. El dibujo de la geografía sentimental es precisa como el que se traza en un libro primero pero no primerizo. Hay oficio latente una ruta definida y, por lo mismo, un orden de viaje: ir de las aventuras con el lenguaje a la expiación de la muerte. Es la bitácora de un viaje anunciado: de la palabra como certeza a la salvación del olvido por la palabra recuperada, es un “caminar a la sombra de un rayo de luz”.

Esta piel de la memoria, Ana Corina Fernández Alatorre. Ediciones Bon Art. México, 2025. 76 pp.    

Texto leído durante la presentación del libro Esta piel de la memoria en la Librería Bonilla

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