Escribir como remedio

Por: Julio César Toledo
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Hay edades tan graves en la vida, yo no sé… sí sabía, pero ya no; ya no recuerdo, más bien, si sabía. Nos llegan a todos, tarde o temprano. Son días sin pena (a veces con gloria) en donde uno ya se pone la ropa más cómoda, se sienta a descansar en la calle tras una caminata, pregunta sin pudor al joven del camión dónde compró su bolsa o su paraguas, sin vergüenza, sin reparo a que a uno le respondan con el vocativo: señor. Aparte de las camisas hawaianas y las siestas a media tarde, hay otros signos inequívocos de que se ha llegado: la lectura de los autores noveles comenzamos a acompañarlas de expresiones como “esto ya se escribió”, “no entiendo esta manía de…”, “¿Por qué usan esa forma del lenguaje?”. También comienza uno a releer más que leer nuevo. Y ustedes dirán –ya los conozco, no se hagan– que siempre han releído, desde jóvenes. Sí, pero aún a los que no lo hacíamos, nos llega con la edad esa manía. Y no voy a hablar de los nombres complejos de medicamentos para esto y aquello que uno memoriza e incorpora a su lenguaje cotidiano, como antes lo hizo con “hendíadis”, “enálage” e “hipálages”.
Pues como yo ya estoy en esa edad (prueba de ello es mi extendida explicación introductoria) lo voy a decir sin recato, sin temor al ridículo: qué le pasa a la literatura actual que toda va de remediar males personales.
¿Se acuerdan cuando los escritores odiaban a los libros de superación personal?
Por qué les ha dado por escribir textos, de no ficción y de ficción nombrando síntomas y diagnósticos a diestra y siniestra como si el nuevo género del mundo fuera el historial médico. O psicológico. Hay una exaltación a aquello que ocurrió indudablemente, como en las películas que advertían que estaba basada en hechos reales, como las “verdad histórica” que nos quiso vender… bueno, ya saben quién. No es un juicio ni un reproche, es un estado de la cosa. Yo mismo he escrito (y estoy escribiendo) desde esa óptica autoral. Pero, vaya, ¿tanto?
Quizá porque aquello que se corrobora, al menos de dicho, se valora. Porque pone a la persona en el centro, no de la idea, sino de la producción de ideas, eso resulta espeluznantemente parecido al director general de tal empresa que luego da conferencias y cuyo apellido nombrará el método con el cual se entrenarán a legiones de directores generales para ser como él. Lo que me pasó, o a mi hermana, o la abuela materna a quien nombraré por su apodo cariñoso, como le decíamos los nietos favoritos, es el capital que asegura la incuestionabilidad de lo narrado. Y qué importa si está bien escrito o no, lo que vale es que haya ocurrido, que sea verdad.
¿Y la imaginación? Una cosa para vagos, trasnochados y señoros rancios que releen en vez de entrarle al veloz cauce de “lo que se está escribiendo”. Qué se creen.
El problema no es que el dolor se escriba. La literatura lleva milenios haciéndolo. Lo que quiero señalar es otra cosa: que la experiencia verificable sustituya a la imaginación, la elaboración estética o la calidad de la escritura.
Dije señoros, sí. Esa es otra cosa de la que no voy a hablar… la cancelación, la “funa”. Que a su vez lleva, en el otro extremo, la concepción del texto aséptico, sin provocaciones ni frases fuera de lugar. Corrección política pura, para que nadie se incomode o se sienta ofendido. Porque, en la misma lógica de la “realidad” como principio de toda escritura, nada podría decirse en voz de ningún personaje que esté diciendo uno mismo convencido de ello… pero de eso, ya dije, no voy a hablar.
He leído, ataviado de camisas de flores tropicales y palmeras, una caterva –me encanta esta palabra tan de señor mayor– de textos que pretenden sanar la herida, aminorar el dolor, compartir la desdicha, remediar el mal. Y, contradiciéndome, debo decir que me gustan. Ay, sí, las edades. Ahora mismo dejo este texto que escribo después de una jornada de sinsabores en amor y en otros menesteres –lo juro, lo pueden constatar cuando deseen– para ir a volver a ver (por sexta vez) una película que vi cuando joven, en esa época cuando sí se hacía cine de verdad. No sé si escribir cura. Pero quejarse por escrito, al menos, administra muy bien la dosis.
Julio César Toledo©




