(Entre paréntesis)

Por: Marcos Límenes

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Cuando el Cuarteto Latinoamericano apenas comenzaba, hace alrededor de 40 años, solía acudir a los conciertos un hombre corpulento con una barba y pelo bien crecidos y un cuaderno de dibujo bajo el brazo. Mal retrataba a mis amigos mientras tocaban esperando que su trabajo sirva como un testimonio invaluable de aquel momento irrepetible. Lo apodaban El Entre Paréntesis porque cuando hablaba se desviaba infinidad de veces citando sus digresiones entre paréntesis. Hace un par de días me pareció verlo a la entrada de una sala de conciertos. Me acerqué con cautela para ver si todavía cargaba con el cuaderno de apuntes -cosa que no pude verificar- pero en cambio me di cuenta que en su lugar portaba una tablet. ¡Era él! Sin embargo, como ignoro su nombre y tras los años transcurridos, hubiera sido poco amable abordarlo así nomás. Decidí, por lo tanto, esperar el ingreso a la sala para sentarme lo más cerca posible sin que sospechara que, en realidad, lo estaba espiando. Mientras daban la primera y segunda llamada imaginé cómo sería una conversación con él si yo aplicara la misma fórmula. Damos por cierto que mal que bien todos nos andamos por las ramas, unos más que otros, pero es un lugar común afirmar que los ingenieros y los viejos (y los alemanes, por supuesto) van directo al grano mientras que el resto de la humanidad se entretiene abriendo y cerrando puertas en desorden.

Mala idea sería preguntarle qué había sido de su vida durante los últimos cuarenta años ya que los paréntesis serían interminables. Convendría (si acaso) formularle algo más concreto como el destino de los dibujos acumulados. Derivaría posiblemente en la insostenible realidad del arte contemporáneo, etc. Yo lo retomaría en ese punto para concluir que el cambio climático y la basura digital, etc. Con suerte terminaríamos hablando de música. Entre paréntesis valga aquí recordar que el gran Tom Waits solía acudir a las pocas entrevistas que concedía con una libretita en su bolsillo en la que anotaba datos curiosos sobre los temas más variados. De esta forma cuando una pregunta no le agradaba respondía con cualquiera de sus anotaciones que, por supuesto, nada tenían que ver con la pregunta. Pienso también en el príncipe Mishkin cuando en uno de los últimos capítulos del Idiota se lanza a una exaltada perorata política cuyo desenlace es una terrible crisis epiléptica.

Han dado la tercera llamada y llega el momento esperado. El Entreparéntesis ha encendido su tablet y tomado el lápiz electrónico pero, para mi sorpresa, se ha limitado a responder a su secretaria que llegará tarde a la junta de inversionistas una vez terminado el concierto.

El resto del programa me he estado lamentando por las expectativas falsamente creadas. Este señor no podía ser aquél viejo conocido, si acaso su clon modificado por la Inteligencia Artificial. El verdadero se ha de encontrar trabajando en un juzgado de Nueva York retratando a los presuntos culpables de un ilícito o haciendo caricaturas de los turistas en la Alameda. A lo mejor sigue retratando músicos en un universo paralelo fuera de mi alcance.

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