El placer del anonimato urbano

Por: Alejandra Trejo Nieto *

Caja de compartir

Hay algo de lo que hablamos relativamente poco cuando hablamos de ciudades: el placer. Me vino a la mente uno que no es el del consumo, ni el del espectáculo pagado o gratuito en una gran plaza, ni el de la oferta cultural que se mide en carteleras y agendas. Me refiero a otro tipo de placer, más difícil de nombrar, más discreto quizás. Ese que puede aparecer inesperadamente o sin propósito claro. Por ejemplo, caminar tranquilamente sin rumbo fijo, detenerse sin razón para mirar sin prisa, comer sola en una barra mirando por el ventanal, escuchar tu mejor música en los auriculares mientras te sientas en el transporte público o la libertad de vestir como quieras. Sentarse en una banca sin urgencia, dejar que el tiempo pase sin convertirlo en rendimiento, observar el movimiento de otros sin participar en él. Son gestos mínimos, pero no triviales. En ellos se juega una forma de goce que rara vez reconocemos o nombramos. Quizá porque ese placer depende de algo que también tendemos a pasar por alto: el anonimato.

A diferencia de entornos cerrados o más vigilados, hay espacios y momentos en que uno podría transitar la ciudad sin ser interpelado, circular sin ser reconocido, existir sin tener que explicarse. Porque nadie pregunta a dónde vas, por qué estás ahí, cuánto tiempo piensas quedarte. Esa suspensión de la mirada ajena, o al menos su atenuación, abre un espacio particular; el de poder ser sin tener que rendir cuentas.

En la ciudad, estos placeres permiten suspender la lógica de la productividad que organiza casi todo lo demás. Son placeres clandestinos, y casi físicos. Estar presente, pero ser irrelevante. Es la delicia de la desconexión. Mientras el mundo gira obsesionado con el reconocimiento, la aprobación, los likes, las metas y objetivos, tú descubres que el verdadero lujo contemporáneo no es que te miren, sino tener el control absoluto sobre tu propia experiencia, sin testigos conocidos.

También es el placer de la observación impune. Cuando transitas consientemente la ciudad de esa manera, el mundo se convierte en una película rodada exclusivamente para ti. Puedes detenerte a observar desde el reflejo del sol en un charco, la arquitectura de un edificio viejo hasta el café que una pareja comparte en una esquina o la prisa de un desconocido. No juzgas y tampoco te juzgas. No hay agenda, no hay la presión de “aprovechar el tiempo”.

Y es que en la multitud, el currículum y hasta tu nombre se borra. A los ojos del camarero que te sirve un café rápido, o de la mujer que cruza el semáforo en dirección opuesta, eres una silueta. Esa indiferencia del entorno no es un insulto, es una tregua. El anonimato urbano nos regala la oportunidad de ser, por un momento, un papel en blanco. No tienes que sostener ninguna reputación, no tienes que saludar a nadie por compromiso, no tienes que ser la versión de ti mismo que los demás esperan. La ciudad se convierte en el espacio donde, a pesar del ruido, el silencio social es absoluto y, por lo tanto, profundamente liberador.

El deleite del anonimato urbano se mezcla, en ese tipo de momentos, con el la soberanía del yo: el placer de comerse un helado en una plaza porque pasaste y se te antojo el de sabor a mango, caminar más lento que el resto o de simplemente sentarse a ver pasar la vida, sabiendo que tu disfrute no necesita ser validado por un comentario ni capturado por una cámara.

Se convierten, estos placeres, en un banquete sensorial privado que solo se puede paladear cuando te quitas el uniforme de ciudadano y te pones, sin proponértelo, el de espectador invisible. La ciudad deja de ser un lugar de tránsito (trabajo-casa) y se convierte en un catálogo de estímulos con olores de panaderías, jardineras repletas de tus flores favoritas, fragmentos de conversaciones ajenas en el metro o la sonrisa inesperada de un niño.

El anonimato se convierte en una forma diferente de lo social. Una que no exige vínculos estables ni identidades fijas, pero que permite coexistir con otros en una proximidad densa, continua, casi coreografiada. Estar entre desconocidos, compartir el espacio sin compartir la vida, puede ser, paradójicamente, una condición de tranquilidad. Nadie espera nada de ti. Y en esa falta de expectativa hay una forma de alivio.

Tal vez por eso estos pequeños placeres urbanos son tan difíciles de replicar en espacios donde todo está previsto, diseñado u orientado hacia un uso específico; donde el margen para la deriva se reduce. No se trata solo de normas explícitas, sino de atmósferas; lugares donde estar sin consumir resulta incómodo, donde detenerse sin motivo parece fuera de lugar, donde la presencia siempre está, de algún modo, condicionada.

En esos espacios, la ciudad pierde una de sus cualidades más sutiles: la posibilidad de no hacer nada sin que eso sea problemático. Porque con frecuencia en la ciudad todo invita –o empuja– a hacer algo planeadamente. El tiempo vacío y el tiempo sin función, se vuelve sospechoso.

Y, sin embargo, es ahí donde emerge ese placer esquivo. En la posibilidad de perder el tiempo sin culpa y de habitar el espacio sin finalidad; en el permiso de dejar que la ciudad ocurra sin intervenir en ella. No es un placer espectacular. Es, simplemente, la conquista de poder estar.

Quizá valga la pena no solo planear y diseñar una ciudad que funciona, que conecta, que produce y que crece. Sino también que permite esto otro. Preguntarnos si deja espacio para la pausa, para la deriva, para una forma de presencia que no esté completamente absorbida por la lógica de la utilidad. Porque una ciudad habitable no es solo aquella que sostiene la vida, sino aquella que, de vez en cuando, permite disfrutarla sin motivo alguno.

En una era en la que cada movimiento puede ser rastreado, cada minuto debe ser aprovechado y cada presencia registrada, este placer urbano es, en el fondo, una forma de resistencia. Mirar un escaparate o una paloma en un parque es un acto radical de libertad frente a la dictadura del reloj. Es reclamar que no somos solo engranajes en una maquinaria de crecimiento, sino seres capaces de deleitarse con el ritmo de una calle, con el azar de un encuentro o con el simple silencio de saberse irrelevante en medio de la multitud. Una ciudad que no permite que sus ciudadanos se pierdan en ella es una ciudad que, tarde o temprano, termina por asfixiarlos.

*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México

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