Cómo escribí algunos de mis sonetos (XI)

Por: Dan Russek

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Literatura por encargo

Creo que todos podemos estar de acuerdo en que la literatura por encargo es de dudoso valor. Desde la óptica romántica, según la cual el arte es expresión del genio individual (y si “genio” aquí es un exceso, dejémoslo en estilo, idiosincrasia, modo, manía), pedirle a otro que escriba (literatura) por nosotros es ejemplo consumado de una burda impostación.

El llamado ghost writing, la escritura por interposita persona, donde un prestanombres le da forma a los retazos de la historia de otro, es caso flagrante de una escritura convertida en operación comercial. Los casos del texto-por-encargo son legión: el estudiante que compra su trabajo de fin de semestre en el internet, la secretaria que redacta el informe en nombre del jefe, el escritor de discursos políticos que el político encaramado debidamente recita, el reseñista al que le mandan que cante las preces de un libro que no ha leído….

Caso más interesante es el de la chica semianalfabeta que, humildosa, se acerca a la plaza para que el escribiente en turno le tomé dictado, sea a mano o a máquina. El susodicho le escribirá esa anhelante carta de amor al amado, afanoso joven que ha quedado en el terruño, presuntamente esperando ansioso noticias de la muchacha en la gran ciudad (¿dónde he leído esto?) El encargo abre la puerta para que el escribiente agregue sabrosos detalles de su propia cosecha, confiado en que la muchacha no irá a verificar la verdad de las palabras dichas en su nombre.

La cosa se pone aún más interesante cuando el encargo va más allá de la encomienda meramente escritural, ocultando una intención fantástica. Así, en Aura de Carlos Fuentes, la bruja Consuelo le pide al joven historiador Felipe Montero que redacte las memorias inconclusas de su marido, el general Llorente, fallecido ya hace algunas décadas. Lo que al principio parece fácil trabajo de ordenamiento y transcripción, se revelará como elemento central de una trama para hacer del historiador, gracias al poder de la magia, un avatar del militar muerto.

Hace unos años me encontré un caso de escritura por encargo en el centro de Bogotá. Fue en el histórico Chorro de Quevedo, pequeña plaza con una fuente, rodeada de modestos bares y restaurantes. Frente a los breves arcos que ostenta un lado de la plaza, avisté a un hombre de cierta edad, acomodado en un asiento de concreto y presidiendo una precaria mesita. Estaba como uniformado con una elegancia pobre de escritor callejero. A un lado de la mesa colgaba un artículo de periódico, plastificado, donde se hablaba de su oficio, que no era otro que improvisar acrósticos usando las letras del nombre de quien se lo encargara. El nombre del escribiente era Óscar Montero, más conocido entre los vecinos de La Candelaria como “El escribano del amor”. Me detuve a hablar con Don Oscar. Le dije que venía de México. Me dijo que había estado en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Le encargué, claro está, mi acróstico, que resultó este: “Dada su profesión / A los alumnos les dejas / Nada menos que ilustración”.

Por lo que toca a mí, acepto sonetos por encargo. Es un juego que me gusta jugar.

En la entrega IV referí el caso de un soneto que escribí de esa manera. Aquí más detalles: luego de una cena entre amigos, aproveché la presencia del público cautivo para leer en la sobremesa algún soneto reciente. Anuncié, con la humildad del caso, que acepto encargos (algo tendría de jactancia esa noticia, como quien proclama: a ver si son tan valientes, atrévanse a encargarme uno…). Primero hubo un silencio que al principio no llegó a ser embarazoso. Simplemente era silencio, silencio roto por una mujer que era la primera vez que visitaba mi casa. Muy quitada de la pena me encargó ahí mismo, a boca de jarro, frente a todos, un soneto.

–A ver, escribe un soneto sobre la bandeja…

¿Por qué la bandeja, por qué precisamente la bandeja y no el sartén o la tetera, el frutero o el juego de cuchillos, el trapo para secarse las manos o el horno de microondas? No lo sé. Tampoco se lo pregunté. Sólo dije: estará listo pronto (sobra decir que, al momento de declarar tal cosa, no tenía idea de lo que el soneto diría sobre las bandejas). Jamás se me hubiera ocurrido a mí tal tema, pero un encargo es un encargo: es como una promesa, algo que, bajo la imponderable ética del honor, uno se compromete a cumplir, pues nuestra palabra está en juego (para el poeta, lo habrán oído antes, no hay nada más importante que la palabra). Esa noche me puse manos a la obra y a la mañana siguiente lo tenía listo (recuerdo haber pospuesto no sé qué obligación que, ante la tarea que me autoimpuse, me pareció menos importante finalizar). No hay como el escrúpulo que se cierne sobre uno, a la hora de realizar una misión que uno se ha echado encima de modo por demás arbitrario.

Al día siguiente, los asistentes a la cena recibieron un correo electrónico con mi soneto a la bandeja, que a la letra dice así (el lector curioso podrá hallarlo en Nuevos dones del día, p.27):

Al servir sirves, bandeja leal,

los frutos de la tierra en el festín

con colores de espléndido jardín.

El desayuno en el hotel, puntual,

sirves puntual, igual que en el hostal.

El mesero te usa en el cafetín,

eficaz en su rápido trajín,

ya seas de madera o de metal.

Y sirves, ay, al autócrata del día

la grotesca cabeza cercenada

del enemigo en turno que le hacía

sombra a su régimen dictatorial

(la oposición aquí huye en desbandada).

Bandeja, vaya que eres servicial.

Los dos tercetos modifican de modo radical el tratamiento del tema: ahí donde parecía yo hablar de los virtuosos aspectos del utensilio, opté por darle al texto un inesperado giro de orden político, no sin punzante sarcasmo.   

Otra ocasión en la que obedecí un encargo fue durante un encuentro académico en la universidad donde laboro. Al finalizar mi presentación, que trataba sobre el modo en que escribo mis sonetos, anuncié al (escaso pero atento) público presente que acepto encargos de sonetos. De nuevo, muy quitado de la pena, el profesor visitante que vino a dar la conferencia principal en el evento y a quien yo no conocía, alzó la mano y dijo:

–Tiza. Escribe un soneto sobre la tiza.

Decimos “tiza” en México, pero usamos más, me parece, el castizo “gis”. Sin más, eso emprendí esa tarde y noche: un soneto al gis, que le mandé al profesor un par de días después. El soneto (en Nuevos dones del día, p.25) dice así:

Gis, en la escuela enseñas al infante.

En la pizarra suave te deslizas

y claro escribes la frase cambiante.

Trazas veloz las fórmulas huidizas.

Gis, por ti se declara, deslumbrante,

el genio humano cuando lo autorizas.

Duro eres, pero no como diamante:

si te presionan fuerte, te haces trizas.

Y al final, cada clase te cancela.

La mano que escribe es la que te borra

y de ti queda de polvo una estela.

Ahí está tu mayor predicamento:

de esa abolición no hay quien te socorra

pues todo en ti es fugaz conocimiento.

Nada más escolar, por lo que tiene de crítico, que un guiño barroco a la precariedad de nuestras ideas, que el gis mismo, instrumento maestro en su dialéctica de escritura y borramiento, articula primorosamente…

En fin. Acepto encargos. Y llevo eso al grado de verme envuelto en una situación peculiar, luego de estos últimos años de persistir en la escritura de sonetos: la de encargarme sonetos a mí mismo. Así, tal o cual ocurrencia cruza mi mente, y me digo, sin pensarlo demasiado:

–Eso sería un buen tema para un soneto…

De ese modo se me van los días, de encargo en encargo, dichosamente (lo cual, sobre decir, no sería mal tema para un soneto: el soneto como encargo). Tiene su gracia, y su tradición, esta manera de proceder en la creación literaria. De pronto recuerdo que uno de los sonetos más famosos de nuestra lengua, el llamado “Soneto de repente” de Lope de Vega (ver entrega V) es una composición que declara aquello que lo motiva desde su primer verso:

Un soneto me manda hacer Violante…

A la distancia del tiempo, nada más queda por decir: gracias por el encargo.

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