Exito de taquilla 2

Estoy frito, nada sensato se me ocurre y el plazo está por vencer. Tal vez debería hacerle caso al carnicero y asomarme a la cantina o rezarle a la virgencita en espera de un milagro (menos probable).

Estoy frito, nada sensato se me ocurre y el plazo está por vencer. Tal vez debería hacerle caso al carnicero y asomarme a la cantina o rezarle a la virgencita en espera de un milagro (menos probable).

¿Cuál podría ser la crisis existencial de un mexicano? Si fuera el temor a ser reclutado por el narco resulta que ya no caben más películas o series con el tema; ¿que un hombre se encuentre sin trabajo y tenga que pagar la pensión alimenticia?

Regresaba del trabajo en el Metro, a la hora pico, como siempre. Llovía y avanzaba con suma lentitud. Los pasajeros que habían alcanzado asiento miraban absortos sus teléfonos celulares mientras que los de a pie cuidaban sus bolsillos y conectados a sus audífonos escuchaban algo que bien podría ser música. Yo no, por temor a que me pudieran robar el teléfono cuyo costo seguía pagando a plazos.

En las páginas interiores me topo con unos lobos que se escaparon del zoológico de León, Guanajuato, y devoraron a veinte borregos. Como si no fuera suficiente días más tarde un león se sirvió de un avestruz con todo y plumas.

Llegó al vecindario un par de meses antes del inicio de la pandemia –otro gringo retirado pensé- y me desentendí hasta el día de hoy. Ha sido la señora que una vez por semana le hacía la limpieza quien me ha comunicado su deceso.

Conozco su recetario de memoria: no me he cuidado con la alimentación ni hago los ejercicios físicos requeridos; hipertensión, hiperplasia, hipertodo.... da lo mismo porque tampoco lo escucho

Odio los sueños que parecen discos rayados. Aquellos en los que una acción cualquiera, trivial, como colocarse las sandalias en los pies o mirarse al espejo, se repite una y otra vez sin desarrollo alguno. Peor aún cuando trato de ahuyentarlos despertando pero regresan apenas cerrados los ojos

El tipo lo miró con incredulidad, esbozó una sonrisa, guardó el celular y aceleró antes de que cambiara la luz del semáforo. Cinco segundos después yacía sin vida en medio del bulevar.

El problema radica en que sus fobias son radicalmente opuestas. Ella no soporta el silencio y apenas ve un ojo de agua no tarda en desnudarse aunque se moje tan sólo los tobillos.

Pasaron varios segundos, más de un minuto probablemente, y de algún misterioso archivo de su mente emergió hasta su boca la peor de las respuestas: la bomba atómica, dijo.