Aprender a mirar de nuevo: Sobre la filósofa antigua que le escribió a la inmortalidad, al cuerpo y a los números.

Por: Renata Ávila Schiaffini
Compartir este texto
El libro Filósofas del pasado: historiografía e historia de la filosofía parte de un objetivo explícito: ampliar la herencia de las mujeres que hicieron suya dicha disciplina, y generar nuevos modelos interpretativos, narrativos e historiográfico-filosóficos para reconocer tal herencia. Como menciona la coordinadora del libro -y autora de dos capitulos del mismo-, Teresa Rodríguez, “la historia de las mujeres filósofas se escribe en contra de la corriente; este es un esfuerzo para visibilizar, tanto su pensamiento como nuestras prácticas como historiadoras de la Filosofía.” A través de seis capítulos, las autoras profundizan en los aportes intelectuales de filósofas de distintas épocas y latitudes. La primera de ellas es Téano de Crotona, considerada también, por algunos, la primera filósofa griega.
Antes de profundizar en Téano, la filósofa argentina Mariana Gardella inicia el capítulo partiendo de su propia experiencia como estudiante: en su curso sobre Historia de la filosofía griega antigua, no se mencionó a ninguna filósofa. Tal ausencia despertó su interés en buscarlas, en averigüar si existieron. Descubrió, entonces, que siempre estuvieron ahí, pero con una presencia difusa, siendo mencionadas muy pocas veces y de manera aislada. Por ejemplo, en los seis tomos de A History of Greek Philosophy (Guthrie 1962-1981), se comentan algunos datos biográficos o anécdotas sobre las filósofas, pero no llegan a reconocerse ni a discutirse sus aportes; mucho menos sus cuestionamientos. Las filósofas, menciona Gardella, se leen en relación con los hombres, ya sea por sus vínculos con ellos o con sus escuelas de pensamiento: por ejemplo, Areta es mencionada como heredera intelectual de su padre Aristipo, o Hiparquia se recuerda en su encuentro con Teodoro (lo que llevó a clasificarla arbitrariamente como cirenaica y no como cínica, como indicarían sus posturas realmente). De manera contradictoria, las pensadoras también se han visto relegadas a un subapartado dentro de la Historia “oficial” de la Filosofía, bajo la categoría reduccionista de “Filosofía de mujeres”. Los motivos de tal reducción del pensamiento de las filósofas antiguas son diversos: en primera instancia, existe un prejuicio arraigado -y reproducido tanto por los historiadores de la filosofía como por los filósofos mismos- sobre la supuesta inferioridad intelectual de las mujeres y su incapacidad de reflexión filosófica. Este prejuicio, infundado y errado, ha provocado dificultades en los criterios para reconocer y definir quién fue filósofa y quién fue, por ejemplo, poeta o escritora (como ocurrió también con la filósofa novohispana Sor Juana Inés de la Cruz, que ha sido reconocida sólo como poeta y cuyo pensamiento se aborda en otro capítulo de este libro). Así, se ha impuesto el cánon androcéntrico de los filósofos como el único válido. Por otro lado, la escasez de fuentes primarias y testimonios confiables dificulta la tarea de rastrear a las filósofas, especialmente quienes desarrollaron sus ideas en la Antigüedad. Sus textos han sido conocidos, por ejemplo, de manera parcial y a través de testimonios indirectos.
La griega Téano de Crotona (siglo VI a.C.) fue considerada, según filósofos como Clemente de Alejandría, la primer mujer registrada en dedicarse a la filosofía. Téano desarrolló ideas relevantes para la tradición pitagórica: la inmortalidad del alma y la relación entre los números y las cosas. De acuerdo con Pitágoras, las almas son imortales. Al morir el cuerpo, el alma transmigra y reencarna en un animal o ser vivo distinto, pero conservando sus características particulares. En ese sentido, Téano defendió tanto la inmortalidad del alma como la existencia de la justicia postmortem; pues afirmó que, según las acciones realizadas en vida, cada reencarnación puede ser una recompensa o un castigo. Téano también desmintió algunos supuestos comunes en Grecia sobre la filosofía pitagórica: las cosas materiales no se originan a partir de los números, afirmó, sino según los números. Al no tener características corpóreas, el número no puede ser el origen de las cosas corpóreas. El número es, más bien, una disposición u orden primario en el cual participan las cosas. Esta relación entre números y cosas no es de imitación -como señalaría después Aristóteles-, sino de participación. Gracias a tal relación participativa es posible enumerar las cosas y, consecuentemente, distinguirlas unas de otras. Más allá de la filosofía pitagórica, Téano reflexionó sobre cuestiones tan relevantes como novedosas: a saber, la exhibición del cuerpo y el uso de la palabra por parte de las mujeres. O, dicho de otro modo, qué pueden hacer las mujeres con sus voces y sus cuerpos. Según lo registrado por Clemente de Alejandría, cuando un extraño la increpó “elogiando” su cuerpo, Téano respondió que éste “no es público”, en lo que parecería una defensa frente al acoso y una afirmación de que su cuerpo no es un bien común que esté a disposición de cualquiera que lo mire. Por otro lado, al manifestar Téano que una mujer virtuosa es aquella que puede utilizar su voz (“de lo que es conveniente hablar, es vergonzoso callar”), mostró una actitud desafiante frente a la moral de su época que instaba a las mujeres a permanecer calladas. Contrario a lo que filósofos como Demócrito pensaban (“para una mujer, ornato trae la capacidad de hablar poco”), la filósofa griega utilizó su voz para exponer argumentos filosóficos y, a su vez, reivindicó argumentativamente su derecho a utilizar esa voz. Con todo esto, el criterio para reconocer a una mujer como filósofa no es, entonces, su relación con los filósofos o con alguna tradición filosófica en particular, sino el valor de sus ideas. No basta con añadir nombres de mujeres a una historia previamente escrita: se trata, más bien, de interrogar los criterios desde los cuales esa historia ha sido construida. Reconocer a las filósofas implica desplazar la mirada, cuestionar el canon y atender al valor de sus problemas, conceptos y argumentos.
Tanto el pensamiento de la filósofa antigua Téano, como el de filósofas contemporáneas que conforman esta obra (la argentina Mariana Gardella como autora de este capítulo y la mexicana Teresa Rodríguez como coordinadora del libro) resultan piezas valiosas para repensar tanto la historia de la filosofía como el papel de las mujeres que, a través del tiempo, han filosofado. Leer este libro es, en cierto sentido, aprender a mirar de nuevo: no solo a Téano de Crotona y a las otras filósofas que emergen de sus páginas, sino a toda una historia que nos era desconocida. Tal vez la pregunta pendiente no es sólo por qué no las vimos antes, sino qué otras formas de pensamiento seguimos sin reconocer hoy: ¿hasta qué punto seguimos evaluando a las filósofas con herramientas que han excluido otras formas de conocimiento (como la poesía, la oralidad o la experiencia vivida)? ¿qué historias, qué ideas, qué nombres estamos todavía aprendiendo a escuchar?




