Su pedido está en camino: la ciudad detrás de un clic.

Por: Alejandra Trejo Nieto*
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Estamos trabajando desde casa, suena el timbre, interrumpimos lo que hacemos y ahí está nuestra caja. Hemos terminado por considerar absolutamente normal que toda clase de objetos (un libro, un artefacto electrónico, comida, unos tenis o las cosas del súper) atraviesen la colonia o incluso toda la ciudad y lleguen exactamente hasta nosotros, casi siempre sin equivocaciones y, muchas veces, en los tiempos y horarios estimados. El paquete y su entrega han convertido nuestra puerta en el último eslabón de una gigantesca infraestructura logística o, en otros casos, de una cadena de distribución mucho más corta.
Su pedido está en camino o en proceso de entrega. Pocas frases describen mejor una transformación reciente de nuestra vida cotidiana. Compramos algo en línea y, unas horas o unos días después, alguien toca a nuestra puerta. Recibimos la caja, quizá agradecemos al repartidor y seguimos con nuestra vida. El pequeño milagro logístico apenas merece ya nuestra atención. Pero ¿qué tiene que ocurrir en una ciudad para que yo pulse un botón y, unas horas después, aparezca un paquete en mi puerta; unos minutos más tarde, mi sushi favorito; o un par de días más tarde, mi libro importado?
Comprar siempre implicó mover mercancías. La diferencia es que, durante buena parte de la historia urbana, éramos nosotros quienes nos desplazábamos hacia ellas. El urbanismo comercial se organizaba para que las personas fueran hacia el mercado, el restaurante, la tienda, el supermercado y el centro comercial. Esos desplazamientos ayudaron a organizar nuestras ciudades, pues produjeron centralidades, corredores comerciales, calles especializadas y lugares de encuentro. Hoy, cada vez con mayor frecuencia, bienes y servicios se desplazan hasta el consumidor y ¡podemos consumir muchísimo sin pisar un comercio cercano! Nosotros permanecemos quietos mientras las mercancías atraviesan la ciudad hasta encontrarnos. Y eso cambia flujos, usos del suelo, tráfico y hasta nuestra relación con nuestra colonia o barrio. Hay, entonces, en estas entregas una paradoja espacial, pues se invierte la relación; ahora las mercancías vienen hacia nosotros.
El clic hace que este movimiento parezca casi inmaterial: una pantalla de teléfono que no ocupa mucho espacio y tampoco parece ocuparlo el botón que dice “pagar ahora”. Pero detrás de cada clic existe una ciudad extraordinariamente material. Hay centros de distribución, bodegas, vehículos, motocicletas, centros de clasificación, sistemas informáticos y, sobre todo, personas que almacenan, seleccionan, empacan, cargan, conducen y entregan. El comercio digital no ha eliminado la geografía. La ha reorganizado.
Uno de sus nuevos territorios es precisamente la última milla, ese tramo final que separa la mercancía de quien la compró. Puede parecer insignificante frente a los miles de kilómetros recorridos por productos fabricados al otro lado del mundo, pero es uno de los segmentos más complicados y costosos de toda la cadena. Un tráiler puede trasladar miles de productos hasta un centro logístico. El último trayecto, en cambio, consiste en llevar una caja determinada hasta una puerta determinada, en una calle determinada, a una hora en que alguien pueda recibirla. Y allí la logística global se encuentra inevitablemente con la ciudad.
Se encuentra con el tráfico, las calles cerradas, los números que no siguen ningún orden, los edificios sin estacionamiento, las casetas de vigilancia, los elevadores descompuestos y el destinatario que no contesta el teléfono. También con el repartidor que deja la motocicleta sobre la banqueta o la camioneta en doble fila porque necesita entregar diez paquetes más en la misma calle o manzana. La última milla es el punto en que la extraordinaria sofisticación tecnológica del comercio electrónico tropieza con algo tan elemental como encontrar dónde estacionarse.
Por eso nuestras compras aparentemente privadas son otro elemento que produce pequeñas consecuencias públicas. Una entrega ocupa unos minutos de calle. Otra bloquea momentáneamente una cochera. Una motocicleta invade un pedazo de banqueta. Como en otras experiencias urbanas aisladas, nada de esto parece importante. Pero cuando millones de consumidores queremos recibir millones de productos en millones de puertas, la comodidad doméstica puede convertirse en un problema urbano.
También se modifica el trabajo. Seguimos hablando de la economía digital como si estuviera formada fundamentalmente por algoritmos, plataformas y datos. Sin embargo, pocas imágenes son tan materiales como la de un repartidor cargando paquetes por unas escaleras. El algoritmo puede calcular la ruta más eficiente, pero todavía hace falta un cuerpo que recorra el último tramo. La velocidad que experimenta quien compra tiene detrás una organización del tiempo mucho menos cómoda para quien debe encargarse de la entrega directa.
Específicamente, las entregas de empresas logísticas como Amazon o Mercado Libre implican la comodidad del consumidor, la cual descansa sobre alguien que clasifica, carga, conduce, estaciona, busca una dirección, llama por teléfono para avisar que llegó, espera que bajemos y vuelve a arrancar para entregar más paquetes. El famoso “último kilómetro” es quizá el tramo tecnológicamente más sofisticado en términos de algoritmos, pero también uno de los más intensivos en trabajo humano.
Hay además una geografía desigual de la entrega a domicilio. Para que un paquete llegue fácilmente se necesita algo que damos por sentado: un domicilio. Una calle reconocible, una numeración, conectividad, accesibilidad y condiciones mínimas para que un vehículo y un repartidor puedan llegar hasta allí. En algunas partes de las ciudades el paquete puede dejarse con el portero; en otras, localizar al destinatario exige llamadas, referencias y explicaciones. “Junto a la tienda”, “detrás de la iglesia”, “donde termina el pavimento”. La eficiencia de la última milla revela, así, desigualdades. La logística digital funciona extraordinariamente bien en algunos territorios, pero encuentra muchas fricciones en otros.
Incluso nuestra relación con la colonia o el barrio cambia. Antes, necesitar un foco, un cuaderno o un regalo significaba salir. En el camino veíamos otras cosas, quizá comprábamos algo en otro establecimiento, saludábamos a alguien. No hay que romantizar necesariamente aquella ciudad comercial (comprar por internet puede presentar ventajas enormes de precio, variedad, accesibilidad y tiempo), pero sí reconocer que sustituir desplazamientos de consumidores por desplazamientos de mercancías modifica silenciosamente la vida urbana. Podemos consumir cada vez más cosas sin encontrarnos con nadie, excepto el repartidor.
Y está también esa expresión irresistible: envío gratis. Naturalmente, ningún envío es gratis. Alguien construyó la bodega, alguien preparó el paquete, alguien pagó el combustible y alguien condujo la motocicleta. La ciudad aportó calles, infraestructura y espacio para que pudiera realizarse la entrega. También absorbe parte de los costos: congestión, emisiones, ruido, residuos y uso del espacio público. Que esos costos no aparezcan desglosados junto al precio del producto no significa que hayan desaparecido.
Quizá por eso la próxima vez que aparezca en la pantalla “su pedido está en camino” convenga pensar por un momento en todo lo que esa frase contiene. En algún lugar alguien acaba de sacar tu compra de un almacén y una caja de una estantería. Un algoritmo le ha asignado una ruta. Un vehículo ha comenzado a atravesar la ciudad. En unas horas o minutos ocupará durante un instante nuestra calle y una persona tocará a nuestra puerta. Recibiremos y abriremos la caja para encontrar aquello que compramos, pero parte de la ciudad también viene dentro.
* Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México




