Cómo escribí algunos de mis sonetos (XIV)

Por: Dan Russek
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De la música.
Cuando toco este tema en las conversaciones con amigos, me gusta dramatizar con una afirmación de alto calibre y subidos kilates: no conozco a nadie que disfrute la música más que yo. Afirmación a la vez ostentosa y absurda, que no obstante me permite trazar ciertas coordenadas por donde encauzar el tratamiento del asunto. Me gusta el énfasis de mi afirmación, que dicho sea de paso, no le he escuchado a nadie nunca (tal vez sea el caso que un abrumador número de personas piensen exactamente eso, pero, prudentes, se guardan de decirlo).
Ostentosa, absurda: ¿cómo podría nadie saber cómo disfrutan o no las personas la música? Dado que es imposible meterse en la cabeza de nadie, es imposible saber de cierto cómo, y sobre todo cuánto, obra el gozo musical en la subjetividad de la gente. Ello es incontestable, y no obstante, basta con ver la falta de decididas manifestaciones externas, sea en la forma de dichos o de actos, para afirmar que, deduzco, no la disfrutan como yo.
Se me objetará: aunque no conozca yo a nadie que diga que disfrute tanto la música como yo, ello no impide que haya alguien, en el ancho mundo, que en su fuero interno, más allá de toda declaración ostentosa y absurda, no crea con plena convicción que nadie más disfruta de la música como el, o ella (o elle, sea de ello lo que fuere). Concedo el punto. Pero mientras tal hipotético escuchador o escuchante no se aparezca y afirme la gloria sublime que involucra su apreciación musical, me quedo con mi verdad, mía de mí: no conozco a nadie que disfrute la música más que yo.
El universo de la música da para mucho y yo estaría más que feliz si pudiera dejarlo todo (esposa, hijos, padres, hermanos, nietos, obligaciones laborales, responsabilidades éticas, deberes cívicos, trabajo político, ilusiones de todo tipo) y me dedicara nada más que a escuchar música y educarme al respecto, lo cual incluye muy decididamente el aprender de quien sabe de música, de quien lee y compone y ejecuta y produce y distribuye música, para que ilustre mi ignorancia y llene las muchas lagunas de mi formación.
La música da para mucho, empezando por el hecho fundamental de determinar de qué música hablo cuando hablo de que nadie la disfruta como yo. Me maravilla la diversidad del gusto estético, tan manifiesto a la hora de hablar del arte del sonido. Lo que me emociona hasta las lágrimas al otro lo deja indiferente, lo que a otra le habla desde la intimidad del sentimiento a mí me parece banal y descartable… La diversidad de gustos no es sino reflejo de la ecuménica diferencia humana, que nos salta a la cara cuando confrontamos nuestras diversas reacciones frente a las artes.
No hay una música para todos y en todo momento. Incluso uno mismo adopta en el decurso de su vida músicas que alguna vez alegremente ignoró o que incluso rechazó. O echa a un lado tonadas de moda que luego redescubre. O descarta célebres sinfonías que, de tan oídas, no sólo pierden lustre o virtud, sino que se vuelven casi odiosas. Del amor al odio no habrá un paso, sino muchos años de educación musical, y un decidido ir en contra de un gusto superficial que a veces se ensaña en el espacio público, ese donde tenemos poca injerencia para decidir qué oír y qué no. De ese gusto ramplón, es inevitable concluir que los que no tienen una idea profunda o elaborada del arte pueden no pasar jamás de las decorativas figuras de porcelana en el adocenado salón de casa, o la sinfonía de siempre, obligado Patrimonio de la Humanidad. Y están, por supuesto, los que jamás han pensado que hay algo así como un gusto artístico que haya que cultivar… No se lea ello como crítica clasista, racista, fascista o facilista. Lo declaré no hace mucho y lo repito con gusto: no hay una música para todos y en todo momento.
Paralelamente a la conciencia de mis muchas lagunas, corre mi admiración por los ejecutantes de música. Sin ejecución (y el genio y la preparación que suponen), sin poner en acto lo meramente posible, oh Dios, la música no sería (la música, incluso reproducida en aparatos electrodomésticos, es acto o no es nada). Cuento entre mis muchas lagunas el no entender, o saber poco, de técnica y terminología musical. Y bien podría conocer más, mucho más, de la historia, los estilos, las influencias, así como la vida de los compositores chicos, medianos y grandes… se verá que lo que yo llamo “muchas lagunas” es una manera más o menos severa de indicar que en el fondo me reprocho no ser un musicólogo. A la hora de escuchar música, además de eso que malamente podría llamarse “hambre espiritual”, he obrado de un modo intuitivo. Y es que no puedo esperar a ser un consumado musicólogo para disfrutar de la música (hasta el grado de llegar a decir, como he dicho de modo por demás ostentoso, absurdo y repetitivo, que no conozco a nadie que la disfrute más que yo. Mi ignorancia (que realmente no lo es, de cara a los que verdaderamente no saben nada, pero a esos no los cuento, pues entonces mis argumentos podrían ser invalidados por la jactancia de pretender saber algo, que es, en mi estricta escala de valores, una grande falta y una inmodestia vil de la que trato de huir como de la peste). Decía: mi relativa ignorancia en materia de conocimientos y ejecución musical me permite aquilatar en su justo valor el valor de los que conocen y ejecutan. Como que admiramos a los que pueden realizar algo que nosotros apreciamos grandemente, pero a lo que no podemos acceder sino como espectadores.
Algunos de mis sonetos más sentidos tocan, mal que bien, el tema de la música. Los veo como pasajes abiertos a un cosmos de misterio, esplendor y entusiasmo. Y como esto ya ha sido darle muchas vueltas al asunto, vaya un ejemplo. Adquirí algo tarde en la vida el placer por esa música popular llamada salsa. Más vale tarde. Ojalá me hubiera sido dado de joven el don de la danza, para apreciarla aún más. No que me disgustará, pero no aprendí a seguirla con la devoción que tantos de sus intérpretes me inspiran hoy. Hay documentales que siguen su historia, dando cuenta de su origen y su evolución, en esencia la convergencia de corrientes musicales caribeñas de las que la salsa se nutrió en el crisol neoyorquino durante la década de 1960. Si tuviera que decir qué me llama de esta música, es su textura polirrítmica, su jacarandosa alegría y colorido, su joie de vivre, incluso ahí donde hay desamor, lamento y llanto.
Entre las versiones de la “Malagueña salerosa” que más aprecio (y que, dicho sea entre paréntesis, tan poco se parece al son huasteco original) está la salsera de Eddi Palmieri, de su disco El rumbero del piano, de 1998.
Confieso que con mucha frecuencia usaba esta canción al modo mágico-realista (aquí entre nos: ¿quién no?). Mientras la oía, quería que la oyera conmigo esa hermosa chica de hermosos ojos de la que estaba prendado (¿quién no?) que para mí encarnaba tanto la belleza del rostro femenino (de la que escribió Baudelaire) como la magia de esa música. En vida, la chica no era malagueña ni entendería eso de salerosa, pero era ambas cosas en mi imaginación. Cómo me hubiera gustado comunicarle a esa mujer, a través de esa canción, todo lo que andaba yo pasando, pensando, penando (¿quién que es, no es romántico?). Si para algo sirve el buen arte, es para instalarnos con pasión en estos teatros de la fantasía.
El caso es que nunca estuve siquiera cerca de hacerle oír a la susodicha su canción. De poco, creo, hubiera servido (hay distancias, ay, que son insalvables). Lo que hice años después es componer un soneto que no podía faltar en mi colección. Contiene uno de mis pensamientos poéticos favoritos, lugar común por excelencia, que presento en el poema a modo de anhelo: que la belleza venza a la razón y que su sinrazón sea nuestro gozoso destino. El soneto está encabezado por un epígrafe tomado de la canción: Ay mírame más, mírame así / Con tu mirada hechicera. Dice:
Debajo de esas cejas, malagueña,
qué mirada fantástica enamora
y desespera en maldita buena hora:
sea de mi embeleso el santo y seña.
Salerosa, por ti quien ama sueña
como el creyente en su humildad adora
y al verte lágrimas secretas llora
por la doctrina que tu gracia enseña.
Dice el proverbio ver para creer
y al verte creo perder la cordura,
pues fácil es a la razón vencer
cuando lo Bello al mundo transfigura.
Quien no quisiera al fin permanecer
en ese eterno estado de locura.
La música da para mucho. Volveré a ella, o como le atribuyen a Terminator, emulando a un gran compositor alemán al que siempre regreso: I will be Bach.



