Grietas

Por: Marcos Límenes

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De joven intenté en varias ocasiones llevar un diario. Muchos lo hacían sin saber por qué o para qué pero se trataba de seguir la moda. Por lo común tras cuatro o cinco entradas el entusiasmo decaía y los cuadernillos de forma italiana con pasta dura, con la inscripción “Querido Diario”, quedaban relegados al olvido. Es sabido, por su posterior publicación –con o sin autorización-, que algunos notables militares, políticos o intelectuales anotaron sus peripecias en sendos cuadernos -como el famoso diario del Che Guevara o el de Witold Gombrowikz durante su estancia en Argentina- pero, para el resto de los mortales ¿Qué sentido tiene llevar un diario? Me parece que en primera instancia porque cumple la función de una cápsula del tiempo que resguarda el registro de emociones y vivencias que de otra manera se perderían en el río revuelto que es la vida. Digamos que capta por escrito el equivalente a una fotografía, video o película, con la salvedad de que las imágenes no mienten mientras que las palabras se pueden prestar a múltiples interpretaciones. En mi descargo puedo afirmar que al suspender la escritura evité confirmar que mis desengaños amorosos o la filosofía barata para justificarlos prefiguraban más vergüenza que iluminación. Ni hablar del peligro que se corre si en sus páginas aparecen nombres que puedan resultar comprometedores si caen en manos indebidas. (Más tarde intenté llevar un
cuaderno de viaje -incluidas las postales y boletos de ingreso a los museos-todo con signos de admiración que, a la postre, no hacían más que deslavar el recuerdo de los lugares visitados que, en mi memoria, guardaban dignidad y cercanía. A partir de aquella experiencia suelo viajar sin cámara fotográfica y me cuesta trabajo desembolsar el teléfono celular para tomar alguna instantánea).

Escarbando en el fondo de un cajón hace unos días me topé con el viejo diario que yacía junto a los suplementos culturales de periódicos desaparecidos hace años. Leí las escasas páginas con algo más de consideración hacia el joven que fui. El mundo ya estaba mal, mis padres estaban mal y la chica que me ignoraba se podía ir al carajo. No pude reprimir el impulso de tomar una pluma y escribir en la siguiente página en blanco como si no mediaran cincuenta y tantos años: “…tras una noche de mal dormir, en la cual la frase eterno destino se repetía obsesivamente, tomé un desayuno ligero alargando el momento para no pensar en las necesarias reparaciones que requiere la casa ante la inminente llegada de las lluvias. Lo más interesante de la jornada ha ocurrido al toparme con este viejo diario. Lo peor ha sido atreverme a escribir estas líneas”. Mi primer reflejo fue arrojar el pequeño cuaderno al boiler para hacer desaparecer la prueba de mi insolencia pero recapacité al recordar que si éste había permanecido por tantos años en el fondo de un cajón bien podría quedarse allí otros tantos. A final de cuentas se trataba de un diario “íntimo” reservado para uno mismo. (Nueva duda: ¿acaso el diario íntimo no es más bien un recurso del pasado al que recurren los escritores -y no pocas escritoras- para volcar sus fantasías eróticas, y una que otra revelación?).

Le doy vueltas a la famosa frase aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo, del filósofo George Santayana, y regreso a mi pequeño diario y al boiler. Nunca vamos a recordar el pasado de la manera como efectivamente ocurrió: el joven que fui antes nunca seré yo otra vez.

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