La veta, arte popular en femenino

Por: Eli Bartra
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A finales del mes de junio se inauguró en el Museo de Arte Popular Americano Tomás Lago (MAPA) de la Universidad de Santiago en Chile, la exposición La veta, veta de arcilla, veta artística. Se expusieron unas sesenta piezas de barro policromado chileno, elaboradas sobre todo por mujeres, algunas dentro del estilo tradicional del arte popular de la localidad y otras que se insertan en el arte (mal llamado) contemporáneo (elitista o ilustrado), y digo mal llamado porque muchas de las piezas de arte popular son también ontemporáneas.
Magnífica exposición la del MAPA, ojalá en México tuvieramos un museo como éste, bien pensado, con un buen acervo propio y, sobre todo, en esta ocasión, con una espléndida curadora como Janis Saldías. Además, todas y cada una de las piezas está perfectamente identificada con los datos necesarios que permiten así colocarla de inmediato en su contexto: quién la elaboró, en dónde, cuándo, con que matriales, con qué técnica.
Integran la muestra obras del acervo del Museo que datan desde los años 30 del siglo pasado que dialogan con las del presente y con piezas de arte contemporáneo. No siempre ese diálogo es armónico en realidad, por momentos, la yuxtaposición crea una especie de dialogo de sordos. Unos cacharritos utilitarios se codean con figuras muy imaginativas e irónicas. Las mujeres representan a mujeres en su vida cotidiana y haciendo trabajo doméstico así como se representan a sí mismas.
En la mera entrada de la magnífica sala se encuentra la pieza “Las piluchas” (encueradas) de Loreto Calderón (Lori). Está compueta por siete figuras de barro, de distintas arcillas, con contracciones diferentes y acabados también distintos. Por ejemplo, la más grande está elaborada con greda de Pomaire (a unos 60 kms al suroeste de Santiago). Al estilo de las matrioskas rusas una cabe dentro de la otra hasta quedar todas metidas en una sola. Representa lo cíclico a través de la mujer encuerada, las capas de identidad, los sueños y los anhelos, el deber ser social, moral, la muerte (medio encuerada solamente), está la pilucha tranquila, el descanso, y la aflixión por tener que volver a empezar. Ella dice que combina el arte con la artesanía, hace piezas en serie así como piezas únicas, y habla de lo femenino.
Javiera Contraras se ve influida por la cerámica prehispánica de la cultura el molle, anterior a la cultura diaguita del norte de Chile; por ejemplo, en “Vasija Zunqu” se inspira en el vaso ceremonial kero de la cultura diaguita, pero lo triplica. El patrón en el cuerpo de la vasija es la sombra del asa, lo cual me pareció bien interesante. Ella es una ceramista urbana que utiliza esmalte industrial. Estas piezas coexisten de manera armónica con un par de mates, sin autoría, y una preciosa ánfora en barro bruñido, sin autoría y sin color, de Pomaire, 1940, quemadas a baja temperatura. Estás piezas también contrastan, dialogan, de manera significativa, en este caso con la “Cerámica inutilitaria”, 2021, de Matías Arenas, un artista contemporáneo de Recreo, Región de Valparaíso; se trata de una vajilla sin colorear, pero cocida a alta temperatura, llena de hoyos que, evidentemente, no sirve más que para contemplarla, es ornamental y se considera arte contemporáneo, a diferencia de las piezas anónimas, que seguramente las elaboró una mujer y eran utilitarias.

Desde luego que también la exposición nos plantea, de nueva cuenta, el asunto de las fronteras entre las artes: artesanía, arte popular, arte contemporáneo o bellas artes. La inmensa mayoría son piezas de arte popular del siglo pasado y contemporáneas y unas pocas que se pueden inscribir en la frontera entre el arte popular y las artes de galería. Significativa es la colección de guitarreras de Quinchamalí, (a unos 400 kms al sur de Santiago) todas iguales y todas diferentes al mismo tiempo, casi siempre negras (una que otra es de color marrón) con diseños esgrafiados en blanco, arte popular por excelencia. Y la cerámica de Peñaflor y Talagante del área metropolitana de Santiago tiene una historia fascinante: las monjas de la orden de Santa Clara, las clarisas, elaboraban durante la colonia piezas de cerámica policromada y perfumada, de ellas algunas mujeres aprendieron el oficio a finales del siglo XIX e introdujeron escenas de la vida cotidiana como Sara Gutiérrez quien murió en los años 50 del siglo pasado, pero podemos ver algunas de sus piezas de la vida cotidiana y de oficios populares que ella empezó a hacer en barro policromado. A finales del siglo XIX se perdió la tradición entre las monjas y con ello el secreto de la cerámica perfumada, pero continuó fuera del convento y con un giro hacia escenas de la vida diaria de la comunidad rural.
Dolores Jorquera es otra de las ceramistas más reconocidas del pasado expuesta también; tiene una pieza muy simpática y bastante excepcional de una mujer sentada en una bacinica leyendo el periódico y también representó a hombres tomando, “Hombre con botella”, o montados a caballo cayéndose de borrachos.
Una parte de la exposición harto interesante es la de los autorretratos. Marta Contraras es otra destacada ceramista del presente y se pueden ver, asimismo, piezas de ella, por ejemplo, un autorretrato en el que se representa trabajando el barro que se llama “Contrapunto del fuego”, 2021. Presumiblemente otro autorretrato es el de Mónica Venegas de Quinchamalí titulado simplemente “Mujer alfarera”, 2017, elaborado al estilo de las famosas guitarreras, pero en este caso la mujer negra con diseños florales en blanco, está modelando un jarrón de barro. “Creándose a sí misma I”, 2024, de Gabriela García es un autorretato más de Quinchamalí, en el mismo estilo, pero en este caso se trata de una olla cuya papadera es una mujer con una pieza de barro en las manos. Es importante señalar que las mujeres artesanas han sido, desde hace tiempo y en distintas latitudes, más propensas que los artesanos a trabajar en colectivos, ya sean cooperativas, talleres o grupos para mejor comercializar los productos de su trabajo. También entre las artesanas de Peñaflor y Talagante se encuentran agrupadas.
No podía faltar una obra emblemática de la diversidad sexual de Seba Calfuqueo “Mínimo común denominador: serie travestis”, Santiago, 2014-presente. Se trata de dos figuras, una grande y otra pequeñita, de una persona con vestido rojo, cabello largo y barba. En realidad, aunque son de barro policromado, no se puede decir que se inscriban dentro del arte popular como la mayoría de las piezas; “se me afigura”, como se dice popularmente, una especie de Santa Clos posmoderno trans que, para mí, lamentablemente, no tiene gran valor artístico. Pero lo importante es que en la concepción de la exposición -a pesar de que el acento estuvo puesto en las mujeres porque, finalmente, ellas son principalmente las artesanas del barro- se contempló la inclusión de la diversidad sexo-genérica.
Una cuestión más que pone claramente de manifiesto esta exposición es que el arte popular chileno del barro no sólo no ha desaparecido sino que se ha ido modificando, complejizando y se encuentra en pleno florecimiento.

- Guitarrera de Quinchamalí, Chile, quemada con combustible de guano y esgrafiada en blanco, años c1936.
- Loreto (Lori) Calderón, “Las piluchas”, cerámica, 2024
- Dolores Jorquera, “Mujer sentada en la bacinica”, Talagante, Chile, pasta de cerámica en técnica de modelado directo y pastillaje, cocción a baja temperatura y decoración en policromía con pintura industrial, primera mitad del siglo XX




