Tocar lo que no está escrito: improvisación, silencio y escritura

Por: Beatriz Saavedra Gastélum

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“No toques lo que está ahí, toca lo que no está”, afirmó Miles Davis, proponiendo una de las definiciones más radicales de la improvisación como una invención de lo ausente. Esta idea, profundamente musical, puede leerse también como una poética de la literatura. Tanto el músico como el escritor se enfrentan a un vacío —una zona de indeterminación— que no se llena con lo conocido, se explora a través del riesgo, la intuición y la escucha. Improvisar, en este sentido, se traduce en crear desde lo que aún no tiene forma.

Esta concepción se articula con la célebre afirmación de Charlie Parker: “aprende todo, luego olvídalo todo y simplemente toca”. La paradoja es evidente: la técnica y el conocimiento son indispensables, pero deben desaparecer en el instante de la creación para dar paso a una expresión más profunda. En la literatura ocurre algo similar: el dominio del lenguaje, de las formas y de la tradición no tiene como fin la repetición, sino su superación. El verdadero acto creativo emerge cuando el escritor, como el músico, se desprende de lo aprendido para habitar el presente de la escritura.

Podemos, entonces pensar la improvisación  como una forma distinta de orden: un orden vivo, en constante transformación, para Sonny Rollins: “la improvisación es la capacidad de crear algo muy espiritual, algo propio”. Lo “propio” aquí no debe entenderse como lo individual en sentido cerrado, debe pensarse como aquello que surge de la experiencia, de la memoria, del cuerpo y del tiempo. En la literatura, este carácter espiritual se manifiesta en la capacidad de la palabra para exceder su función comunicativa y convertirse en experiencia.

Por su parte, Ornette Coleman señala que “la improvisación es la única forma de arte en la que se puede tocar la misma nota noche tras noche, pero de forma diferente cada vez”. Esta afirmación ilumina una dimensión clave: la repetición no es negación de la novedad, es una propia condición inherente al ser humano y a sus abismos. En la literatura, cada palabra es, en apariencia, la misma, cada letra inaugura el abecedario; sin embargo, en cada contexto adquiere un matiz distinto, una resonancia nueva. Es en esa variación donde se produce el sentido.

En esta dinámica entre repetición continua e invención, entre presencia tácita y ausencia, encuentra la reflexión de Octavio Paz un correlato fundamental. Para Paz, “el silencio no es el fracaso sino el acabamiento, la culminación del lenguaje”. Esta idea desplaza la comprensión tradicional del silencio como vacío y lo sitúa como horizonte de la palabra. La poesía —como la improvisación musical— no busca decirlo todo, sino conducir hacia ese límite donde el decir se transforma en experiencia.

En un texto aforístico de 1966, Paz profundiza esta relación al señalar que la palabra se apoya en un silencio anterior —“un presentimiento de lenguaje”— y desemboca en un silencio posterior, “cifrado”. El poema es, entonces, el tránsito entre ambos: un movimiento que va del querer decir al callar que funde querer y decir. Esta concepción puede leerse en clave de improvisación: cada frase, cada nota, emerge de un fondo de silencio y retorna a él, pero en ese trayecto produce una transformación.

Las imágenes literarias que evocan lo musical —como esa risa que estalla “como un arpegio rápido” o ese desamparo que se extiende en “un solo arpegio, larguísimo, insostenible”— muestran cómo la escritura intenta capturar lo efímero, lo vibrante, lo que no puede fijarse del todo. El arpegio, en su despliegue temporal, es una forma de improvisación: una sucesión de notas que no se agotan en su estructura, que viven en su ejecución.

Así, la improvisación en la música y en la literatura puede entenderse como un “juego de aciertos”, no en el sentido de una perfección alcanzada, más bien pueden entenderse como una serie de encuentros parciales con el sentido. Cada intento, cada desviación, cada error aparente abre una posibilidad nueva, una forma inédita, original y única de expresión a través de las palabras, de las imágenes, entonces podría pensar que el arte consiste en habitar esa incertidumbre de revelación.

En última instancia, tocar lo que no está y escribir lo que aún no existe son gestos análogos. Ambos implican una confianza en lo desconocido, una disposición a escuchar lo que todavía no tiene forma. Entre el silencio que antecede y el silencio que sigue, la improvisación —musical o literaria— se revela como un acto de creación radical: un instante en el que el mundo, por un momento, se vuelve posible.

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Un comentario

  1. “Cada intento, cada desviación, cada error aparente abre una posibilidad nueva, una forma inédita, original y única de expresión a través de las palabras, de las imágenes, entonces podría pensar que el arte consiste en habitar esa incertidumbre de revelación.” Así es. ¡Gracias!

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