Musarañas 38

Por: Francisco Segovia.
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CINCUENTA AÑOS DEL TALLER MARTÍN PESCADOR
Cincuenta años del Taller Martín Pescador. ¿Y cuántos del Mono Blanco? Casi los mismos, creo. Pero la verdad es que ese nudo, tan apretado, de jaranas y tipos móviles estaba ya hecho desde un poco antes, cuando el Grupo Tejón y la Imprenta Rascuache tenían su sede en esa misma casa de Mixcoac que ya ocupaban el tórculo de Carla Rippey y los versos de Roberto Bolaño, y que pronto recibiría entre sus paredes lo mismo a Arcadio Hidalgo que a Octavio Paz, al Güero Vega y a Verónica Volkow, a Gilberto Gutiérrez y a Carmen Boullosa, a Antonio García de León y a Tomás Segovia, a Francisco Hinojosa, José María Espinasa, José Luis Rivas… Se componían ahí, en plomo, los poemas novedosísimos de Alfonso D’Aquino y la versadas en décimas y coplas tradicionales del Mono Blanco. A las presentaciones de los libros impresos por Juan Pascoe llevaban a veces los finos su coñac de consumo exclusivo, pero la casa siempre ofrecía toritos, más a tono con la música con que normalmente remataba el acontecimiento.
El taller apretaba de nuevo el nudo entre la poesía culta y la popular, que parecía haberse aflojado un poco durante la modernidad (que no durante el modernismo), como si fueran de veras dos cosas muy distintas. (Pero que conste: la poesía popular, no la que en ese entonces se hacía pasar por tal, so pretexto de escribirse para el pueblo, y que seguía siendo, sin remedio, poesía culta.) Y amarraba también algunas de esas disyunciones que la historia suele reayuntar, como ayuntan casi siempre las antologías a Quevedo y Góngora, tan enemigos en su tiempo, tan condenados a aparecer juntos en el nuestro. Ese nudo ata con mecate el hato de un momento en el que caben juntos Efraín Huerta, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Francisco Toledo, Vlady y sor Juana Inés de la Cruz, pero también los impresores más antiguos de México, Cornelio Adrián César y Enrico Martínez, además de muchos escritores que eran entonces jóvenes y hoy, al parecer, ya han terminado de sentar cabeza.
En ese entonces Juan Pascoe no tenía “oficiales” —esto es, ayudantes o aprendices de imprenta—, así que tuvo que iniciar a los jóvenes poetas en el oficio tipográfico. “Yo te hago tu plaquette —decía—, pero tú vienes diario a trabajar en ella”. Algunos aprovecharon el conocimiento así adquirido para luego ganarse la vida corrigiendo galeras en editoriales, periódicos y suplementos; otros, para iniciar sus propias imprentas o editoriales. Ninguna de estas dos últimas cosas sigue hoy con vida, a no ser que consideremos que Ediciones Odardek y las impresiones caseras de algunos de aquellos poetas andan sobre las huellas del TMP, cosa bien probable. En cualquier caso, cuando la imprenta se mudó a Michoacán, formó para su beneficio algunos de esos dichos oficiales: los hermanos Martín, Tomás y Florencio Urbina, Jesús Ramírez y Armando Suárez. Y a ellos se añadió, hasta casi como vecino de rancho, un colaborador constante: el grabador Artemio Rodríguez, además de Bradley Hutchinson, ese nuevo paisano michoacano que, además de ser un finísimo impresor, hace las matrices y funde el tipo que Pascoe ha usado durante los últimos años.
Juan Pascoe fundó el Taller Martín Pecador y fue uno de los fundadores del Grupo Mono Blanco. Está claro que, sin este último, o no habría renacimiento del son jarocho, o éste sería muy distinto de lo que es. Por el lado de la literatura, en cambio, no sé si de verdad exista eso que algunos han llamado “generación del Taller Martín Pescador”; sé que algunos nos sentimos escritores del taller, y seguimos publicando en él y reuniéndonos a su alrededor, como se reúne aún en torno a Pascoe el Grupo Mono Blanco, que hoy viene a celebrar con nosotros a este músico e impresor que quisiera haber compuesto los siguientes versos de Arcadio Hidalgo:
Mañana voy a la imprenta
a hablar con el imprentario,
que mi amor lo tengo en venta,
y que lo anuncie en su diario,
en la página cincuenta.
—¿Qué? ¿En la página cincuenta? ¡Pero qué periódico tan gordo! —le digo a Juan.
—Sí —me responde—. Mucho trabajo para el imprentario.
En efecto, mucho trabajo para Pascoe el imprentario. Pero ahí sigue él, dale que te dale con su monotipo, y cante que te cante con su Mono Blanco. Y eso, sólo él.
Felicidades, Juan. Felicidades al Taller Martín Pescador.
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