“ Naturaleza urbana: la ciudad de las otras huellas”

Por: Alejandra Trejo Nieto*
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A veces creemos que la ciudad es completamente nuestra. El espacio tipicamente creado por, y para los humanos. Hecha de concreto, de asfalto, de ruido. Pensada, diseñada, planificada, o controlada. Pero basta mirar de cerca y con atención para notar otra cosa. Una planta que crece en la grieta de la banqueta. Un árbol que rompe el pavimento desde abajo. Un pájaro que anida en una estructura que nunca fue pensada para él. Un insecto que parece poblar un submundo lejos de la mirada a simple vista. Hay otra ciudad ocurriendo al mismo tiempo. No es la de los mapas en los planes urbanos. Es una ciudad de otras huellas.
También cometemos el error de pensar que la ciudad termina donde empieza el concreto y las estructuras. Diseñamos nuestras ciudades como búnkeres de civilización, intentando trazar una línea divisoria impecable entre el “adentro” (lo humano, lo asfaltado, lo controlado) y el “afuera” (lo salvaje y lo incivilizado). Esa frontera es una ficción. Debajo de las luces de neón y detrás del estrépito de las avenidas, coexisten comunidades y asentamientos que no pagan alquiler.
Durante mucho tiempo hemos pensado la naturaleza en la ciudad como algo que hay que domesticar: parques ordenados, árboles alineados, áreas verdes delimitadas y eliminación de espacios para los animales. No se admite más que naturaleza permitida, controlada, y diseñada para ser admirada. Y sin embargo, la naturaleza no pide permiso. No responde a la planeación. Se cuela. Crece en los márgenes, en los intersticios, en los espacios que dejamos sin vigilar. Se adapta a la sequía, al calor o a la contaminación. Aprende a convivir con el tráfico, con la falta de suelo y con la irrupción constante. Muchas veces no es la naturaleza “bonita” de las postales. Es una naturaleza insistente.
Podríamos llamarla naturaleza rebelde. No porque se oponga a la ciudad, sino porque la habita de otra manera. Porque la usa, la transforma y la reinterpreta. Porque convierte lo que fue diseñado para otra cosa en un lugar donde vivir. En cierto sentido, ha hackeado la ciudad. Ha encontrado formas de sobrevivir en un entorno que, en principio, no estaba hecho para ella. Y al hacerlo, nos recuerda algo incómodo: la ciudad nunca ha sido completamente controlable. Siempre hay algo que se escapa o se rebela. Quizá por eso cuando la observamos puede llegar a incomodarnos. En efecto, la ciudad no es solo de concreto; es un sistema que los animales y las plantas han hackeado simplemente para sobrevivir.
Cuando uso la metáfora del “hackear” en este contexto, me refiero a cómo la naturaleza encuentra fallas o “bugs” en el aparato rígido del espacio construido para usarlos a su favor. Es la capacidad de la vida para subvertir un sistema que fue creado para eliminarla o invisibilizarla. El “hackeo” significa que esa parte de la naturaleza no pide permiso ni espera a que le construyan un parque; simplemente identifica dónde o cuándo el control humano es débil y se instala ahí, transformando un entorno en apariencia hostil en su entorno habitable.
Flora y fauna hackean nuestra infraestructura, los tiempos y los recursos. El urbanismo intenta diseñar la ciudad para ser impermeable y estática, pero la vida aprovecha lo que hay. Si bien la fauna es, quizás, la que más ha sabido “hackear” el entorno urbano, las plantas lo ejercen perfectamente. Basta con observar la tenacidad de la maleza que fractura una banqueta o el asfalto. Una semilla que cae en una grieta del hormigón. El sistema (la calle) está diseñado para ser una superficie lisa y muerta, sin embargo, la raíz utiliza la humedad acumulada en esa falla técnica para expandirse y, eventualmente, romper la estructura. La planta se infiltra en el asfalto convirtiendo un error de mantenimiento en su hogar. Y, sin embargo, esa pequeña planta no es un error de mantenimiento; es un recordatorio de que la tierra tiene memoria y que el cemento es, en el fondo, una herida que busca sanar. Hay una belleza casi heroica en esa resistencia vegetal que ignora los planos urbanísticos y emerge allí donde el control se relaja.
También hay un hackeo del tiempo o, mejor dicho, de los ritmos biológicos. Los animales han aprendido a leer nuestros horarios para evitarnos. Por ejemplo, hay aves que han retrasado o adelantado sus horas de apareamiento o de canto para no coincidir con las horas pico de ruido ambiental. O animales que han pasado de ser diurnos a ser estrictamente nocturnos solo para usar las calles cuando el “usuario principal” (el humano) está menos activo. Es una reconfiguración de los códigos biológicos para sincronizarse con el ritmo de la máquina urbana.
La naturaleza también administra los recursos que encuentra. La ciudad genera subproductos que la naturaleza no sabe gestionar de forma natural, así que aprende a integrarlos. Hay pájaros que usan colillas de cigarrillos en sus nidos porque la nicotina actúa como un insecticida natural contra los ácaros. No es para lo que se diseñó el cigarrillo o sus residuos, ni es el material natural del ave, pero es un uso funcional de un residuo humano. Hace poco también leí una nota sobre pájaros en Ukrania que tejen sus nidos con fibra óptica.
Un ejemplo más. Mientras nosotros nos movemos por la ciudad siguiendo algoritmos de tráfico, las aves han modificado su lenguaje. Los pájaros han aprendido a cantar en frecuencias más altas y en horarios distintos para no ser sepultados por el rugido de los motores. Es una evolución forzada, una sinfonía urbana que ocurre sobre nuestras cabezas mientras revisamos el celular.
Pero en nuestra necedad, la hierba en la banqueta o en los espacio abiertos se percibe como descuido, el árbol que levanta el pavimento como problema, el animal que aparece donde no debería como invasión. Pero quizá estamos captando mal la escena. ¿Y si en lugar de verlo como falla lo viéramos como señal? Señal de que la ciudad no es solo infraestructura, sino parte fundamental del ecosistema. Señal de que la vida animal y vegetal encuentra caminos incluso en condiciones adversas, tal y como lo hacen los humanos. Señal de que el control absoluto es, en el fondo, una ilusión. Tal vez esas “fallas” no son otra cosa más que señales de que la ciudad no es un sistema cerrado. De que, por más que intentemos ordenarla, siempre hay procesos que escapan de nuestro control.

En ciudades marcadas por desigualdades, expansión fragmentada, y presión constante sobre el espacio y el ambiente estas otras formas de vida también cuentan una historia. Una de adaptación, de resistencia y de coexistencia. No es una naturaleza idealizada. Es una naturaleza que sobrevive. Y tal vez ahí hay una pista importante. En un momento en que hablamos tanto de crisis ambiental, de cambio climático y de sostenibilidad, tal vez valga la pena mirar con más atención estas formas de vida. No las que diseñamos, sino las que emergen.
En muchos espacios de la ciudad, cuando la vegetación crece “demasiado”, la respuesta es inmediata: podar, limpiar y moldear. Dejar todo parejo y visible, como si la ciudad necesitara verse necesariamente como una alfombra verde. Pero la naturaleza espontánea –la maleza y los arbustos que crecen sin haber sido plantados– también funcionan como micro-ecosistemas; retienen humedad, reducen el calor y permiten la presencia de otras formas de vida. Al eliminar lo que no se ve impecable, también se elimina esa capacidad de la ciudad para sostenerla.
Antes de imaginar grandes soluciones basadas en infraestructura verde, proyectos urbanos y políticas públicas, ahí, en esas grietas, en esas adaptaciones silenciosas, hay también una lección sobre cómo habitar la ciudad de otra manera y cómo afrontar nuestros grandes problemas. Mirar la ciudad no como un espacio dominado, sino como un territorio compartido. Uno donde, aunque no siempre lo notemos, nunca hemos estado solos. Al final del día, quizás el mérito de vivir en la ciudad no sea nuestra capacidad de levantar rascacielos, sino la resistencia de la vida que insiste en emerger a pesar del asfalto, el concreto y el ruido.
*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México
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