El efecto Sabines

Por: Jesús Gómez Morán
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A mis colegas de oficio
Algo sobre la poesía del maestro Jaime Sabines y su legado podría precisarse a partir de su variedad de registros, la cual se manifiesta en composiciones de distinto calado y alcance. Esta sería una manera elegante de calificar la irregularidad de sus poemas. Para decirlo de un plumazo, Sabines es autor de poemas magistrales (que es el caso de “Los amorosos”) o libros monumentales (Algo sobre la muerte del mayor Sabines o Tarumba), junto con poemas de no tan alto (más bien escaso) vuelo. Esta significativa disparidad tiene un doble efecto (mismo que denomino efecto Sabines”) que repercute hondamente tanto en sus lectores como en poetas epígonos de su estilo.
Empecemos por aquellos (sus lectoras y lectores) y con algunos ejemplos entresacados de su obra, por ejemplo de los mencionados altibajos (si bien lo de “la boca de Dios” parece elevarse, pero dicha imagen pierde continuidad y termina naufragando): “Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño” (“Te quiero a las diez de la mañana”).
Por principio de cuentas habría que reconocer, desde luego, amén de la característica cualidad del poeta chiapaneco para recitar sus poemas, el encantamiento que muchos de ellos produce en función del ritmo y las rimas asonantes:
Tu cuerpo está a mi lado
fácil, dulce, callado.
Tu cabeza en mi pecho se arrepiente
con los ojos cerrados
y yo te miro y fumo
y acaricio tu pelo enamorado.
A este respecto me parece que la apreciación del público en general que se acerca a la poesía sabiniana se encuentra condicionada no solo por composiciones como las contenidas en el Declamador del maestro, sino por la tradición lírica con las que boleros y baladas alimentaron por décadas el gusto de las audiencias musicales en México (no olvidemos que desde Amado Nervo, Elías Nandino o el mismo Paz fueron letristas de alguna que otra canción popular) e Hispanoamérica, frente a las cuales la obra de Sabines logra descollar evidentemente.
Ahora bien, espero que esta disección de la poética de Sabines no se entienda como una diatriba contra su aportación socioliteraria. ¡Quién como Sabines para introducir a esa entidad polimorfa llamada “lector común” a la apreciación poética! Es claro que lectoras y lectores no van a arribar al umbral del gusto poético leyendo de entrada el Primero sueño o Canto a un dios mineral. Lo que quiero decir es que el otro legado de Sabines (quizás no menos relevante), ese que los especialistas en su obra suelen sacarle la vuelta, consiste en hacer digerible la materia poética. En otras palabras, constituye un puntal iniciático para dicha apreciación, y si bien resulta bastante probable que muchos de esos lectores no han de evolucionar hacia otras propuestas y autores, la noble misión de la palabra de Sabines aproxima a este tipo de lector para desarrollar su degustación dentro del género literario más difícil de asimilar. No dejo de hacer énfasis en este punto: a pesar de lo irregular de su escritura no considero que ninguno de sus poemas sea prescindible (y de hecho me encuentro en la expectativa del contenido de sus poemas póstumos que en este centenario del poeta tuxtleco está por publicar su familia, según declaración expresa de su hija Judith), pues dentro de esa misma deficiencia (algo que podría parecer contradictorio) se desliza la cualidad no menor de enganchar el apetito lector, misma que una vez inoculado con el virus del gusto por la poesía, podrá paulatinamente irse puliendo.

En lo que respecta a quienes enarbolan la pluma con intención de desarrollar una obra y una propuesta poéticas con cierta consistencia, el problema es más delicado. Su origen puede consistir en una apuesta reduccionista al pensar que si su escritura de carácter coloquial (aunque no necesariamente de corte confesional) ha sido consagrada, el iniciado en la composición poética no tiene más que emularla para obtener el mismo o un similar resultado. Los equívocos surgen desde el hecho de pensar que poesía conversacional es igual que antipoesía, ante lo cual nunca estará de más remitirnos al claro deslinde en este punto hecho por Roberto Fernández Retamar (si bien dicha confusión es entendible en gran medida porque los productos que entregan ambas corrientes poéticas es muy parecido, sin embargo, a diferencia de un Nicanor Parra o un Jesús Arellano la enunciación de Sabines no es, en cuanto a su raigambre originaria, de índole antipoética precisamente por su alta dosis de lirismo) hasta suponer que los poemas de Sabines, y técnicamente los de todo poeta de mérito, son una autobiografía en verso, sin parar mientes que incluso cuando no se lo proponen (pienso incluso en el Neruda de Confieso que he vivido o en Vivir para contarla de García Márquez) se confeccionan una máscara de palabras, un yo poético que se erige con una voz propia, lo cual muchas veces quiere decir impostada y metaficcionada: “Hay muchas cosas que no alcanzo. El frío. ¿Pero qué cosa alcanzo? No miro ya. No toco. No he llorado. Mentira que yo llore. No es posible. No se puede decir nada ni tanto. El frío. El frío parece, sí, una viuda llorando”, dice en uno de sus Poemas sueltos.
Dentro de la bibliografía de Sabines, quizás bastaría con citar cómo en “Adán y Eva” trabaja con arquetipos, o que en “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” ese dolor desgarrador que destilan sus sonetos y versos de base endecasílaba son capaces de representar la voz de todo hijo o hija ante la pérdida de la figura paterna o materna, según sea el caso:
Papá por treinta o por cuarenta años,
amigo de mi vida todo el tiempo,
protector de mi miedo, brazo mío,
palabra clara, corazón resuelto,
te has muerto cuando menos falta hacías,
cuando más falta me haces, padre, abuelo,
hijo y hermano mío, esponja de mi sangre,
pañuelo de mis ojos, almohada de mi sueño.
Y esa propiedad traslaticia que enarbola en sus imágenes permite justamente que cualquier lector o lectora sienta como suyas la emoción sabiniana. En suma, el facilismo con el que es calificada su escritura, además de lo injusta de dicha valoración, conlleva, para quien se inicia en el camino de la escritura siguiendo (a menos que nos encontremos ante un nuevo Rimbaud) sin un sentido autocrítico sus pasos, el peligro de resbalarse en el barranco de la imitación. En estos días que, como es sabido, se ha cumplido un centenario de su llegada a este prosaico mundo, el mejor homenaje de unos, su comunidad lectora, es desde luego regresar a sus poemas (y no del modo oficialista como ya se ha hecho, desoyendo su encarecida petición de que “¡No me vayan a hacer a mí esa cosa de los Hombres Ilustres, con una chingada!”, como pedía en el “recado” a su paisana y hermana de letras, la gran Rosario Castellanos), mientras que de los otros, sus prosélitos en el oficio escritural, homenajearlo debe implicar el acercarse a los intríngulis de su voz lírica, no a modo de eco, sino de reelaboración. Si en esencia siempre será riesgoso asumir como modelo para la expresión poética seguir de forma efectista los pasos de alguna pluma consagrada, cuando ese modelo es Sabines (y lo mismo sucede tratándose de Benedetti o Pizarnik, por mencionar sólo otros dos ejemplos), ese riesgo se potencializa en mayor grado.
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