Los supernumerarios

Por: David Noria
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Él tiene cuarenta, ella no menos de treinta.
En un rincón del eterno bistró piden una copa antes de cenar.
La música, de chantaje fácil al sentimiento, nos mueve a unos al recuerdo, a otros a la actuación.
Ella (botines rojos de tacón, medias oscuras y falda) juega a dulcificar su voz
—el resultado es una especie de chillido. Intenta parecer más joven.
Él, desganado, satisfecho en su corpulencia, parece reaccionar de pronto
cuando reposa las sienes sobre el eterno hombro.
En este descuido momentáneo, sus ojos traicionan melancolía:
¿qué fue de tantos hombros donde descansó antes su cabeza?
Uno a uno, cayeron como columnas de ciudades desiertas.
Ella, por su parte, al forzar la máquina de su ternura,
recuerda también las muchas cenas en que sonrió de una ilusión más palpitante.
¿Qué emblema le darán y qué escudo de armas a esta alianza voluntariosa?
Como banderas deslavadas se izan los amores nuevos.
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