Musarañas 29

Por: Francisco Segovia
Compartir este texto:
LEER EL DICCIONARIO
Un diccionario no se lee como los demás libros; porque, más que leerse, un diccionario se consulta. Se acude a él en busca de una respuesta puntual y es raro que leerla tome más allá de unos segundos. Esta lectura tiene, pues, un carácter eminentemente práctico, muy distinto del que tiene la lectura de novelas, que no sólo suele dilatarse en el tiempo sino que a menudo invita a las pausas y la reflexión.
Pero nunca han faltado personas que, picadas por la curiosidad, se aventuren por las páginas del diccionario como si se tratara de una novela, dejándose llevar de una palabra a otra, aun a sabiendas de que así muy probablemente se condenan al ayuno y el insomnio. Se trata de personas obsesivas, de tal laya que Rimbaud no vacilaba en describirlas como gente que, puesta a pensar sobre la primera letra de un supuesto diccionario universal, rápidamente echaría a rodar a la locura. Pero bien podría ocurrir lo contrario; que la locura no fuese el sitio de llegada sino el de partida; que la locura fuera el punto desde donde se concibiera la redacción del diccionario, como ocurrió en efecto con el Oxford English Dictionary publicado por James Murray, cuyo más asiduo colaborador fue un estadounidense, el Dr. W. C. Minor, que pasó dos tercios de su vida internado en un hospital psiquiátrico.
Tenemos pues que la locura es el punto de partida de quien escribe el diccionario y el punto de llegada de quien lo lee; y que, aunque vayan en direcciones opuestas, ambos recorren el mismo camino. Se encontrarán, sin duda, en ese punto intermedio donde leer y escribir son dos caras que se miran de frente y se reconocen entre sí, pues cada una lleva grabado el gesto de una búsqueda, quizá insensata, que se refleja en el gesto de la otra. La primera, digamos, tiene una palabra, pero aún debe averiguar qué puede decir con ella; la segunda, en cambio, tiene algo que decir, pero no encuentra una palabra que lo diga. Si no he dicho que son éstas las dos caras de una misma moneda (la de la forma y la del fondo, o la del significante y la del significado) es por no dar a entender que son como las de Jano, que siempre se dan la espalda mutuamente y nunca se miran entre sí. Porque lo que aquí ocurre es que las dos caras se encuentran, se miran de frente y se interrogan mutuamente. No con palabras, desde luego, pues ninguna tiene todavía nada que pueda de verdad llamarse una palabra. No. Lo que cada una hace es preguntarse por el gesto de la otra. Y es esto, esta manera de verse y reconocerse con nada más que gestos, lo que le da a la escena ese aire que a nosotros nos parece de locura. Porque podría decirse que ambas se reconocen mutuamente como iguales mediante una especie de interpretación prelingüística y prehumana (o, en todo caso, a-lingüística y a-humana), más cercana a la de los animales que a la de las personas, y que en este sentido se trata de un reconocimiento salvaje. Pero hay que tener cuidado con este adjetivo, pues lo cierto es que ningún reconocimiento puede ser completamente salvaje; no, al menos, si aceptamos que la salvajería consiste, justamente, en no reconocer al otro como igual. El salvajismo podrá estar al principio o al final del camino, pero no en el punto de encuentro, donde el mutuo reconocimiento podría conducir —y entre los seres humanos comúnmente conduce— al saludo, a la comunicación, al universo del sentido. En el tramo del camino donde el lector que va a la locura y el escritor que viene de ella intuyen la pregunta del otro se abre una nueva dimensión, que ya no tiene a la locura como principio ni como fin, sino que, desviando la mirada de cada uno del camino, la tiende hacia el campo abierto y el horizonte.
A nosotros podría parecernos que lo que no comprenden los lectores de diccionarios —pero que conste: los lectores, no los meros consultadores— es que el rumbo que ahora se abre ante ellos no conduce ya a ningún sitio final sino que simplemente se alarga hacia el horizonte, a donde nadie podrá llegar jamás. Y no sólo porque el diccionario sea como “El libro de arena” de Borges, que cambia todo el tiempo, deshaciéndose y rehaciéndose constantemente, sino porque la significación misma es un horizonte que a la razón le resulta inalcanzable —y, cuando se empeña en tocarlo, es ella quien enloquece. Pero, como puede adivinarse, no parece probable que advertirles sobre esto a los obsesivos lectores de diccionarios sirva de nada, pues lo común es que ellos mismos digan que sólo les interesan las respuestas que conducen a nuevas preguntas. Reconocen así su condena, a la que apunta aquel diálogo del Doktor Faustus de Thomas Mann, donde Adrián Leverkühn pegunta si hay algo más profundo que el amor y el diablo le responde: Sí, la curiosidad…
Pero no hace falta imaginar el diccionario como un libro infinito —cosa que sin duda es, al menos en el plano metafísico— para vislumbrar el camino a la locura, pues es bastante probable que nuestro lector de diccionarios descubra muy pronto que puede perder el sentido que llevaba y aspirar en cambio al horizonte con sólo fijarse en una locución, o en una simple palabra, pues en ellas puede condensarse, si no de verdad el infinito, al menos parte de la historia humana, con sus prejuicios, sus certezas, sus sabidurías e ignorancias, amores y aversiones. Eso creía, por ejemplo, Baudelaire, para quien los pensamientos más profundos concebidos por la humanidad a lo largo de los siglos y milenios podían aparecer bien expresados en giros lingüísticos muy simples, comunes y corrientes: “hoyos excavados —decía— por generaciones de hormigas”. No se trata aquí sólo de la sabiduría que compendian los libros de dichos y refranes sino también de los arcanos que desvelan a los etimólogos, a menudo secretamente poseídos por la manía de deducir, de la lengua que tienen entre manos, otra que sea el origen no sólo de ella sino de todas las demás que existen en el mundo. Una lengua originaria y única que se empeñan en reconstruir siguiendo la historia de las otras lenguas. Yo tengo por seguro que esa lengua —que la Biblia imagina antes de Babel, los antropólogos en el inicio de la humanidad y Rimbaud después de la iluminación poética— es una quimera, pero reconozco que esta certeza, porque es sensata y cuerda, les quita a mis ideas ese aire de intenso misterio que vuelve tan fascinante la empresa de los cabalistas: hallar la lengua divina, aquella en la que Dios pronunció su “Hágase…” esto y “Hágase…” esto otro; la lengua del Verbo, la lengua del Logos, la lengua que imaginó Rimbaud en sus videncias.
Con todo, yo no he dejado de comprobar que “cada palabra tiene una alma”, como decía Darío. Y desde mis dos oficios principales, el de poeta y el de lexicógrafo, he podido experimentar el viaje que se hace por el camino de la locura en sus dos sentidos (el de no hallar las palabras para decir algo y el de sólo hallar palabras vacías de sentido), pero también he encontrado, con un golpe de adrenalina, el sitio del encuentro. No sólo el encuentro con la definición de una palabra concreta sino, sobre todo, el encuentro con el sentido todo, entero e indefinible; el encuentro con la conversación, la comunicación, la historia…
Pero ¿no nos ha ocurrido esto a todos alguna vez? ¿No nos hemos preguntado alguna vez cómo se dice eso que sentimos? Y si nos dicen que se dice amor, digamos, ¿no nos hemos preguntado que significa amor? Sí, seguramente a todos nos ha ocurrido algo así. Y aun quizás teniendo el diccionario entre las manos, porque el diccionario quiere ser el lugar de esos encuentros. Y ocurre a veces, cuando vamos simplemente a consultarlo, que de pronto nos atrape y nos lleve a leer algo más que la respuesta a nuestra duda. Entonces damos siquiera unos pasos por el camino de la locura. Venturosamente, no por el de esa locura que el personaje de Borges halla monstruosa (quizás porque es monstruoso el infinito), sino por el de esa otra especie de locura que es gozosa, como la de Borges mismo, que se figuraba el paraíso bajo la forma de una biblioteca interminable; esa clase de locura que es más un rumbo que un camino, y, más que un rumbo, un mero andar que va de horizonte en horizonte, de encuentro en encuentro, sin tener que detenerse nunca, aunque a veces se detenga, y es una de las pocas cosas de la vida que no se acaban nunca. Porque el diccionario es el cuento de nunca acabar. Porque el diccionario es el encuentro de nunca acabar.
Te recomendamos:
Exito de taquilla 2
La tierra bajo mis pies
La desaparición de oficios en la ciudad
