“La desaparición de oficios en la ciudad: un texto sobre memoria urbana y economía local.”

Por: Alejandra Trejo Nieto*
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A las siete de la mañana, cuando la ciudad apenas abría un ojo, don Ernesto ya estaba ahí: sentado frente a su máquina de coser, con las manos curtidas acomodando agujas, cremalleras y retazos de piel. En su local del centro –un tallercito de tres metros por dos, incrustado entre una tlapalería y una tienda de regalos– la luz siempre parecía más amarilla que en el resto de la calle. Era la luz del tiempo. De los años que llevaba remendando zapatos, bolsas y cinturones para clientes que en ocasiones pasaban sólo a saludar cuando no tenían nada que arreglar. Un día ya no se le vio en su lugar de trabajo. Al siguiente tampoco. Una semana después su hijo recojía los últimos artefactos del oficio de su padre y decía a quienes preguntaban por él: “Ya cerramos. Mi papá ya no sale.” Nadie ocupó el local de sastrería. A los dos meses lo taparon con una cortina de acero.
Esa escena, casi insignificante, se repite en muchas colonias y en numerosas ciudades. La desaparición silenciosa de oficios y ciertas profesiones –y con ello, de personas, ritmos y saberes– se ha vuelto parte del paisaje urbano. No suele aparecer en estadísticas, ni en planes de desarrollo económico, ni en discursos sobre innovación. Pero es una transformación profunda que modifica la dinámica social, la memoria colectiva y las economías locales que sostienen la vida urbana.
Hoy día, la recomposición poblacional y económica de ciertos barrios y colonias desplaza o desaparece estos oficios, a veces por la edad de quienes los ejecutan, pero otras por los costos de mantener el negocio, o por pérdida de su base de clientes y transformación de las dinámicas cotidianas.
Este texto expone esa desaparición desde lo que dejamos de ver en las calles: los talleres de reparación, las tiendas especializadas, los oficios artesanales, los pequeños establecimientos que parecían eternos (talleres diversos, papelerías, ferreterías, tintorerias o imprentas). Más que un lamento nostálgico, es un intento por interpretar qué significa esta pérdida para ciudades como las mexicanas, donde los oficios han sido históricamente un pilar de la economía popular.
Oficios que desaparecen sin hacer ruido
Si recorremos un barrio tradicional o alguna colonia –supongámos en la Ciudad de México, Puebla o Aguascalientes– notaremos huecos donde antes había vida. El cerrajero de la esquina, la imprenta familiar, el relojero, el vendedor de piezas electrónicas, el taller de torno, el sastre, la tejedora que remendaba suéteres y bufandas o el afilador de cuchillos. Oficios que fueron indispensables en una época donde casi todo se reparaba y muy poco se desechaba. Su desaparición tiene causas múltiples: cambios tecnológicos acelerados, ahora resulta más práctico reemplazar que reparar, las piezas para reparaciones ya no se fabrican, los aparatos se sellan, la obsolescencia programada es la reglala; en fin, la velocidad con la que compramos y tiramos hace inútiles ciertos oficios. Además, un taller que paga renta no puede fácilmente competir con una franquicia de café o una tienda de conveniencia. Industrias locales que desaparecen dejan sin fuente de trabajo a quienes reparaban, proveían o distribuían para ellas. La ciudad se queda sin pequeñas economías de mantenimiento, y con ellas pierde su capacidad de sostener objetos, espacios y relaciones a lo largo del tiempo.
En algunos casos, nada reemplaza estos oficios. Simplemente se extinguen. En otros, emergen nuevas formas de servicio, pero con lógicas distintas: servicios digitalizados dependientes de plataformas; tiendas de conveniencia que venden lo “suficientemente útil”, pero no reparan; centros de servicio autorizados que funcionan bajo la lógica de “reemplazo, no reparación; estandarización, no personalización”; emprendimientos sin conexión territorial. Las alternativas pueden ser prácticas, pero no sustituyen la convivencia social ni la economía de proximidad que ofrecen los oficios tradicionales. Lo que involucran los oficios no es sólo un tipo de trabajo, sino un tipo de relación con la ciudad.
La gentrificación como fuente silenciosa de desaparición de oficios
A este escenario se suman dinámicas más recientes, como la gentrificación. Cuando un barrio se “revitaliza”, no sólo aumentan las rentas; cambia todo el universo de consumos y ritmos que sostiene a los oficios. Usualmente, un zapatero, un cerrajero o un sastre dependen de una clientela que vive cerca, camina la calle o usa los mismos objetos durante años. Cuando llegan habitantes de mayor ingreso, el patrón cotidiano se transforma: se compran artículos nuevos en lugar de repararse, se contratan servicios corporativos o digitales, se abandona el comercio de proximidad. Muchos oficios pierden su ecología social; ya no es sólo que no puedan pagar la renta, sino que la población “deja de necesitarlos”. En su lugar aparecen cafés de especialidad, coworkings, estudios creativos o boutiques que ofrecen una estética comercial incompatible con talleres, tornos o máquinas que “ensucian” la postal urbana.
La gentrificación, así, no sólo desplaza personas: desplaza formas de vida urbana, reemplazando economías del cuidado y la reparación por economías del consumo aspiracional. Lo que se extingue no es “lo viejo”, sino un tipo de vínculo entre el barrio y sus oficios que sostenía una urbanidad más diversa, menos acelerada y más humana.
La memoria y conocimiento urbano en los oficios
Cuando un oficio desaparece, también se pierde un repertorio de conocimientos que se transmitía en la práctica, entre generaciones, sin manuales ni certificaciones. La ciudad también se construía con esos saberes. Un buen ejemplo son las imprentas tradicionales. Más que negocios, eran redes de vecindad: lugares donde la gente encargaba tarjetas, invitaciones, folletos, diplomas escolares, esquelas … documentos que materializaban la vida e interacción social. Las imprentas también eran nodos de memoria, pues guardaban tipografías, logos, placas, archivos que narraban la historia de un barrio o colonia.
Lo mismo ocurre con los talleres mecánicos, los ebanistas, los talleres textiles, las sastres de barrio, los tolderos, los pintores de rótulos, los zapateros. Cada oficio suele conservar no sólo una técnica, sino una forma de mirar la ciudad, de entender sus ritmos y necesidades. Cuando desaparece el oficio o cierran los negocios, la ciudad pierde parte de su archivo vivo. El espacio urbano se vuelve más uniforme, más predecible y más aséptico.
La desaparición de oficios no afecta a todos por igual. En las ciudades del llamado sur global, las economías populares son verdaderos ecosistemas: lo que hace uno depende de lo que produce o repara el otro. Cuando un eslabón se rompe, el ecosistema completo se debilita. Pensemos en un taller de bicicletas. No sólo da servicio a ciclistas: compra refacciones a distribuidores locales, trabaja con soldadores, tornos y pintores, y contribuye a que la movilidad cotidiana en barrios periféricos sea posible. Si ese taller desaparece, también desaparece una cadena de microactividades. Es decir, los oficios urbanos no son islas: son parte de una ecología que sostiene la economía de personas, familias o de colonias enteras.
Ciudades sin oficios o volver a mirar la ciudad despacio
La desaparición de oficios provoca pérdidas urbanas: de diversidad económica, de identidad urbana, de vínculos de confianza, pérdida ambiental, de patrimonio y pérdida de oportunidades de empleo. Quizá la forma más sencilla de reconocer lo que estamos perdiendo es caminar la ciudad con otros ojos. Entrar a esos talleres que siguen resistiendo. Conversar con quienes aún reparan radios y televisores, cosen cierres, sueldan piezas o encuadernan libros. Observar la destreza con que sus manos transforman la materia. Porque mientras existan esas manos, la ciudad conserva algo de su alma de antaño. Los oficios que desaparecen no sólo cuentan la historia de quienes los ejercían; también cuentan la historia de la ciudad que dejamos de ser… y quizá, la ciudad que todavía podemos volver a construir. No se trata de romantizar el pasado, sino de repensar el lugar de los oficios en la ciudad contemporánea. Ello requiere voluntad pública, pero también un cambio social: valorar el tiempo lento, el cuidado de los objetos y las relaciones que sostienen la vida cotidiana.
*Profesora en el Centro de estudios demográficos, urbanos y ambientales El Colegio de México
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