La Teoría del iceberg: Bosquejo para un decálogo del Haiku

Por: Jesús Gómez Morán
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2 de agosto de 1945: muere en Nueva York José Juan Tablada. En otra oportunidad haré una semblanza más amplia de su legado literario, e incluso el personal, pero en este momento y a modo de primer homenaje (llama mucho la atención que ninguna instancia cultural o literaria, sobre todo del gobierno, se haya ocupado de este aniversario luctuoso) quisiera enfocarme en su herencia más destacada y de la cual se ha desplegado toda una pléyade de seguidores: la introducción del haiku en el ámbito de habla hispana y la apuesta que haré para el esbozo de su posible decálogo.
El cultivo del formato poética del haiku en las letras hispanas data desde hace más o menos 106 años, lo cual haría pensar que ha sido integrada a nuestra tradición literaria. Sin desvirtuar tal idea, las presentes líneas se enfocan en revisar la poética del haiku como ha sido concebido desde su lugar de procedencia: volver al origen como un recurso de renovación. Desde hace más de dos décadas he tenido la oportunidad de colaborar cercanamente con Seiko Ota, quien luego de realizar su investigación doctoral en nuestro país (justamente con una investigación que le sirvió para evidenciar que buena parte de los haikus de Tablada corresponden a su preceptiva japonesa), ha lanzado sendos libros editados por Hiperión: Seis claves para leer y escribir haiku (2020) y El secreto del haiku (2024). El propósito central de estas publicaciones es justamente familiarizar al lector y en particular a los creadores de la palabra hispanohablantes con los recursos expresivos y retóricos cuyo desarrollo ha tenido lugar en la tradición poética del Japón.
Así pues, acudo a la idea de una preceptiva para la presente propuesta, entendiendo el decálogo, no como un recetario, sino como sugerencia, un manual al que se pueda recurrir cobrando conciencia, a partir de su aclimatación o mestizaje, del origen de esta forma lírica.
- El haiku no es un molde poético. En su forma más esquemática se trata de una honda conciencia filosófica a la que se suma un estado del alma.
- Si el mensaje a plasmar en sonetos, en octavas reales, en liras, estancias, décimas silvas o poema de cualquier otro formato puedes enunciarse en un haiku, puede ser entonces que se están usando palabras de más.
- Los haikus no se escriben, se componen en los dos sentidos de la palabra. En primer lugar, por sus cualidades melódicas diríamos que se salmodian y, en segundo lugar, también se componen porque son perfectibles y antes que escribirse se reescriben, es decir se corrigen. Siempre debes dudar que tu haiku ha quedado listo en la versión primera: quizás en el proceso de corrección y revisión de variables se retorne a la versión primera, pero el valor de ello reside en cobrar conciencia de haber elegido la mejor opción posible, al menos la de ese momento. Quizás por esto más que un poema el haiku podría ser, en su sentido primigenio (es decir, etimológico, pues lyrikós deriva de lira), una manifestación lírica.
- El haiku no es un aforismo, ni un epigrama, ni una máxima en verso. Tampoco se intelige como un apotegma: en todo caso, quizás por el ingrediente humorístico y su privilegio de la imagen, pueda estar más cercano a la greguería.
- Un haiku nunca lo dice todo: deja siempre un espacio para que el lector intervenga en su significado, en las sensaciones que evoca, con lo cual recupera su noción como una forma de diálogo. La teoría del iceberg en literatura (por la cual abogaba Hemingway) quiere decir que (como en muchas cosas más en la vida), lo que se muestra no es todo lo que hay (algunos la llaman teoría de la omisión y este recurso es precisamente una de las seis claves que enuncia Seiko Ota en el libro ya referido), y bajo esa idea se debe trabajar todo tipo de expresión lingüística (“lo bueno, si breve, dos veces bueno”, ya sentenciaba Gracián). Sin embargo, si esto puede ser una recomendación en general, dentro de cualquier texto literario, en el caso del haiku es una esencia de su preceptiva, quizás la única imprescindible, a causa de su misma morfología: como aspira a la brevedad, cualquier otro elemento que aparezca, pudiéndolo omitir, opera contra su naturaleza intrínseca.
- Antes que componer con ideas, debes hacerlo metafóricamente, a través de objetos: es un modo de desyoizar al discurso poético, de neutralizar al ego. Kibutsuchinshi precepto contenido en El secreto del haiku, significa darle voz a las cosas.
- Más que la socorrida métrica, deben seguirse las seis claves: uso de kigo (palabra que alude a una de las cinco estaciones del año: primavera, estío, otoño, invierno, año nuevo), atarashimi (novedad), toriawase (unión de dos temas u objetos de campos semánticos separados), pausa kireji (separación), omisión, creación colectiva y saludo, aunque ninguna de ellas ni la suma de todas son la esencia del haiku (mencionada en el punto 1 de este decálogo). Otros elementos como el aware (desazón ante la fugacidad de la vida) o el satori (revelación o iluminación) vendrán como consecuencia del seguimiento de las claves susodichas.
- En cuanto al kigo, no es una exigencia absoluta. En el haiku japonés existen haikus que no dejan de serlo por carecer de kigo. De acuerdo a la preceptiva planteada por Seiko Ota, los kigos fueron formulándose y consolidándose a lo largo de los siglos y dicha lista no ha dejado de aumentar. La inclusión de algún elemento de la naturaleza, acontecimiento metereológico, objeto o fiesta (civil o religiosa) dependerá de qué tanto los haijines se ocupen del mismo tópico de forma reiterada. Para el caso de México, su riqueza cultural e histórica puede y debe reflejarse a lo largo del tiempo en la construcción colectiva de nuestros propios kigos. En virtud de ello, el kigo no alude exclusivamente a aspectos ligados con la naturaleza: se pueden componer haikus de cualquier objeto, animal, planta o persona.
- Podría ser factible acompañar estas composiciones (como lo hiciera Tablada mismo) con un dibujo o fotografía, no para ilustrarla, sino para tener una tercera vía de acceso a la percepción lectora: la sonora, la textual y la visual.
- En cuanto a su estructura formal, y nunca de forma imperativa, dos cosas se recomiendan. Una es componer el haiku en tres versos (Tablada los hacía rimar) y la otra es procurar que su cantidad total de sílabas sea de 17, con una licencia en 19, número impares en ambos casos sustentada en que la estética japonesa, valora lo incompleto, la luna casi llena. La dosis de perfección que le haga falta habrá de dotársela el lector con su imaginación. La otra es considerar, en función de las sugerencias aquí descritas, lo idóneo de escribir todo poema (como se dijo, aún continúa el debate si el haiku lo es) con la precisión y finura propias de un haiku.
A modo de corolario, diría que componer haiku es imposible, pues lo que salga siempre será imperfecto: justamente por eso nunca hay que dejar de intentarlo. En síntesis, al considerar los tres preceptos señalados por Ezra Pound en su Arte de la poesía, todo haiku debe aspirar a la melopea, la fanopea e incluso a la logopea, pues aunque el sentido último reside en el lector, esto no implica que se trate de algo inventado por él: una de las tantas lecturas posibles de toda escritura lírica subyace ya en sí misma.
(La primera versión de este decálogo se presentó en noviembre de 2024, dentro de las sesiones del Ciclo XIV del Ojo de Faetón. Círculo de Estudio ante la Poesía)




Buenas
Agradezco esta luz para ver y entender. Recién comencé a leer y escribir Haikus y cada palabra será una espátula para seguir moldeando la poesía
Gracias