Victoria de papel

Por: Irene González
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Cuando Victoria se enteró de que la frase devorar libros no era literal ya era demasiado tarde. Había ingerido un total de 97 libros completos, entre los que se incluían 24 novelas de fantasía, 19 historias de terror, 23 obras de crímenes reales y 31 historias de amor. Jamás confesó su error, le dio vergüenza reconocer que podía diferenciar los géneros literarios con base en el paladar, que los tomos viejos eran crujientes como bolillo salado y las tipografías de mayor tamaño dejaban un regusto amargo pero agradable en la lengua.
El problema era que Victoria se alimentó tanto de los libros como los libros de ella. A veces, cuando hipaba, se le salían restos literarios de la boca: el tacón de una zapatilla de cristal, un anillo con inscripciones misteriosas que seguramente alguien en la Tierra Media estaría buscando, un ruiseñor que voló rápidamente hasta perderse en el atardecer veraniego y una lupa que, realmente, podría haber salido de cualquier sitio. Cuando, al caer en el patio de recreo, se raspó la rodilla contra el concreto del suelo, a Victoria le salió tinta en vez de sangre y cada vez era más frecuente que, al llorar, lo que se deslizaba por sus mejillas eran puras consonantes.
Le fue fácil ocultar esas rarezas: en la enorme casa donde vivían eran escazas las ocasiones en que sus padres se encontraban con ella. Cuando querían comunicarse lo hacían a gritos que rebotaban en las paredes desnudas, o bien, sencillamente le marcaban por teléfono desde la habitación en que se hallaran. La cena se la dejaban en el microondas para que la calentara cuando tuviera hambre y desde que ingresó en la primaria le tenían contratado un transporte escolar privado. En las clases, Victoria siempre ocupaba un asiento junto a la ventana. Se aseguraba de mantenerla abierta y así, si se le escapaba un gnomo de la boca al bostezar o estornudaba plumas de sinsajo, podía fingir que se estiraba para echarlas fuera de inmediato, sin levantar sospechas.
Un día, mientras caminaba de regreso a su casa porque había perdido el transporte, Victoria se empezó a volver muy liviana. Sus pies tardaban más y más segundos en regresar al suelo, sus zapatos ya casi no rozaban la banqueta. Una ráfaga de aire sopló desde el este y fue suficiente para elevarla varios metros. Su cuerpo entero, transformado de repente en un cuerpo de papel, dio vueltas sin control en dirección al cielo. El rostro se le volvió apenas un bosquejo, dividido en tantas hojas que, cuando se las llevó una nueva corriente de aire, se esparcieron como las semillas de un diente de león.
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