Esto, aunque muchos de ustedes no recuerden o se nieguen a recordar, pasó en un lugar que hace tiempo se llamaba Ciudad de México:
En la esquina de mi calle, -que, si ustedes quieren, también es su calle- entre los primeros meses, si no mal recuerdo en febrero, de 1999 y el año 2001, regularmente el último lunes de cada mes, solía aparecer un hombre con aspecto de indigente. No era puntual, pero entre las ocho y las diez de la noche de esos días llegaba, siempre arrastrando un viejo carrito de supermercado. Tiliches encima, ya saben: botellas de pet, cartón, latas, juguetes, fierros, palos, hules o lonas y algunas cobijas. Se detenía debajo de un poste de luz y se instalaba cual campista en el cerro del Ajusco. Bajaba algunas cosas del carrito, para luego amarrarlas de la luminaria, hasta que formaba una choza maltrecha. Luego de un par de horas de ese ritual, se recostaba o eso me imagino y ahí se quedaba el resto de la noche.
Como los vecinos de mi calle siempre hemos sido de buen corazón, algunos le acercamos agua, comida, ropa y enceres que, creímos de utilidad para su choza; sin embargo y en ello coincidimos más de diez personas, nunca lo vimos comer, cambiarse de ropas, pedir dinero o negociar algún objeto en el depósito de fierro viejo. Años más tarde, en una pequeña reunión de generación que hicimos en la Rambla, alguien de mi grupo de amigos planteó la hipótesis de que podría ser un hippie perdido en un viaje de ácido; entre cerveza, tequila y quién sabe que otras bebidas de tono azul y verde, cada uno fue aportando nombres y recuerdos sobre dicho personaje: alguien le llamaba “el campista nómada”, otros le decían “rana”, pues decían que tenía ojos saltones.
Carla y Raquel, que eran medias hermanas y siempre compartieron las mismas escuelas, los mismos salones y el mismo trayecto de su casa a la escuela y viceversa, platicaron que según su papá les contaba, el vecino nómada era hijo de una familia rica de la zona de Lindavista, pero las drogas y el alcohol lo hicieron perderse, pero tenía un cuantiosa herencia y blablablá; en eso estaban cuando Alejandro las interrumpió diciendo con tono burlón que esa historia se decía siempre de todas las personas viviendo en situación calle, -eso no es verdad, son leyendas urbanas- dijo y nadie le refutó.
Recordar a dicho personaje nos tomó un par de horas, las anécdotas se iban multiplicando y hubo incluso, quienes confesaron haber intentado abrir la choza y fallaron en el intento; unos más le pusieron el apodo de “Animal” aludiendo al personaje de los Muppets; incluso Luis narró con la voz entrecortada que, su mamá -antes de morir- solía llevarle sopa de fideo con pedacitos de pechuga de pollo, la misma que Luis y sus hermanos muchas veces despreciaban. Por unos segundos guardamos silencio y también nuestras risas, luego quise decir algo, pero la voz de la mesera nos interrumpió y sólo me quedé pensando para mí.
Uno se acostumbra a todo, menos a la pobreza y a no comer, solía decir mi abuelo, y el hecho de ver al campista nómada repetir su ritual, de instalarse en la esquina de mi calle, cada cierto tiempo se había convertido precisamente en parte de la costumbre. -Buenas noches, buenas noches-, se le escuchaba saludar de manera educada, -Gracias, muy amable-, decía cuando alguien le otorgaba alguna prebenda, para luego inclinar la cabeza y sentarse en cuclillas, sin decir nada más durante el tiempo que pasaba ahí.
Un lunes de noviembre llegó como era habitual. Se instaló pegado a la luminaria, como era también habitual y luego se metió, como era lo más habitual en una noche templada de otoño. A eso de la media noche, quienes vivimos cerca de la esquina lo vimos y escuchamos primero: el hombre gritó frases sin sentido. El ruido que rompió el siseo de la noche nos hizo asomarnos y ser testigos de algo que parecía un ritual: el campista nómada había colocado una serie de objetos que formaban un triángulo luminoso de unos 4 metros por lado y en el centro un bastón hecho con los restos de una rama de árbol, el cual unía una punta del triángulo con el centro de la base y unos garigoleos que pretendían ser letras.
El hombre decía cosas en español, inglés y otro idioma que luego alguien dijo era alemán. Los vecinos y un servidor nos asustamos por tan extraño comportamiento. Alguien llamó a la policía, que como es costumbre nunca llegó. Otros más salieron hasta las puertas de su hogar y uno que otro se acercó a pocos metros del campista nómada. -¿Qué es lo que haces?-, preguntó doña Juana en un tono conciliador, pero fue ignorada. Insistió y nuevamente fue ignorada. En unos minutos, con movimientos que parecían ensayados, el sujeto deshizo el triángulo, guardó el bastón y se ocultó en su choza, debajo del poste de luz.
Inquietos regresamos a nuestras camas o sillones, algunos nos asomamos varias veces antes de conciliar el sueño. Por la mañana el campista nómada ya no estaba, se había ido más temprano que otros martes de otros meses. En su lugar, dejó algunos pedacitos diminutos de un material parecido al ámbar, pero con un color más parecido a lapislázuli y tintes ocre. Basura, pensaron algunos y nadie hizo más caso. Sólo yo recogí un par de pedacitos de esas piedras, si es que se les puede decir piedras, las guardé en una pequeña caja metálica que alguna vez fue de cigarros, pero yo había convertido en un cofre de tesoros, y se quedaron por largas semanas.
Durante diciembre y enero el campista nómada no volvió a aparecer, pero en febrero nuevamente estuvo presente. Justo cuando el viento del norte enfriaba de manera estrepitosa las tardes, él apareció con su viejo carrito de supermercado. Dados los antecedentes de noviembre, algunos estuvimos pendientes a través de nuestras ventanas de todo su actuar, aunque realmente no hubo nada extraño. Entre marzo y abril las cosas fueron habituales, pero llegando mayo, cerca de la segunda quincena, el mismo ritual volvió a repetirse: triángulo, objetos, bastón, palabras sin estructura, etcétera; pero esta vez los vecinos lo ignoramos. Esa noche la selección mexicana futbol jugaba un partido amistoso, así que medio país estaba con los ojos en el televisor.
Cerca de las tres de la mañana un ruido en mi ventana me despertó. Era el campista nómada quien tocaba. Asombrado y con algo de miedo me acerqué. Con voz suave y educada, como era habitual, me saludo y se disculpó por haberme importunado. Yo no sabía qué responder, pero sin darme oportunidad para hacerlo él me pidió algo que también me asombró. -Necesito que me devuelva mis baterías-, dijo mientras extendía la palma de la mano. No podía salir de mi asombro y sólo alcancé a preguntar – ¿Cuáles baterías? -. El sonrío y sin cambiar el tono amable me explicó que eran las piedras que yo había recogido de su esquina y que tenía guardadas en una cajita de metal dentro del primer cajón de mi escritorio.
¡Vaya susto! Mi cabeza pensaba demasiadas cosas sin poder centrarse en una. Mi asombro era demasiado. Lo más pronto que pude le di las piedras, cerré la ventana y lo vi marcharse. Al día siguiente el campista nómada y sus cosas ya no estaban, se había ido y nunca más regresó. A nadie le he contado acerca de esa última noche y su visita sorpresiva, tampoco lo de la cajita de metal y las piedras que para él eran baterías, no quiero exponerme, pues sé que nadie creería que un campista nómada podría llegar y tocar hasta mi ventana en un tercer piso, sin balcón, para pedirme unas piedritas que sólo yo sabía dónde estaban guardadas y luego irse volando.


