Vestimos el mundo de morado

Por: Eli Bartra

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El feminismo nació para transformar la vida toda, la colectiva y la individual, la pública, la privada y la íntima. En la década de 1970 en México el movimiento neofeminista estaba integrado mayoritariamente por estudiantes universitarias y profesionistas; fue en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en donde surgieron algunas de las primeras movilizaciones y grupos. Hay que recordar que la conferencia de Susan Sontag en 1971 en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales representó un detonador, pues sus ideas cayeron en tierra fértil.

Durante esa misma década se llevaron a cabo todo tipo de acciones dentro de la Universidad y del Poli, desde conferencias, mesas redondas, obras de teatro, hasta la venta del periódico La Revuelta, de mano en mano. Ésta fue la primera publicación mexicana (1976) del neofeminismo o segunda ola, la que vino después del sufragismo o primera ola. El periódico se vendía frente a mercados, hospitales, y en diversos espacios académicos, como a las afueras del Centro Universitario de Teatro (CUT), o en las recién creadas unidades de la Universidad Autónoma Metropolitana de manera directa, excepto unos pocos ejemplares que se dejaban en librerías y eran rápidamente arrinconados, pues se nos decía que “su gran formato no permitía ser expuestos adecuadamente”. Al cabo de algunas semanas nos los devolvían todos hechos chicharrón. Al ser vendido de esa manera servía, además, para entablar conversaciones con las personas pues se tenía la intención de concientizar sobre la opresión de las mujeres tanto a través de ese contacto verbal como con la publicación impresa.

Muchas veníamos del movimiento estudiantil de 1968 en el que las mujeres habíamos desempeñado un papel de comparsas, con importantes excepciones, pero esa semilla de conciencia política contracultural y de desobediencia civil contribuyó, sin duda, al surgimiento de la revuelta feminista. Lo personal se hizo político.

Es importante tener presente que el activismo feminista siempre ha sido protagonizado por jóvenes, tanto durante el sufragismo como en los años 70 y 80 y también hoy en día. Una gran diferencia es que anteriormente -ni en la primera ni en la segunda ola- había una generación de activistas mayores que las precedía de manera inmediata y las acompañaba; las jóvenes eran siempre vanguardia. Hoy en día, muchas de las feministas de las décadas anteriores aún estamos aquí y en el activismo, con lo que es posible una rica experiencia intergeneracional, así como también choques generacionales que no tienen realmente un precedente. Éste es un aspecto de la historia del feminismo que habrá de escribirse. La diversidad de visiones dentro del movimiento se subraya constantemente, pero no siempre se considera parte de la diversidad a la diferencia generacional. Las jóvenes de hoy intuyen, perciben sin mucha claridad, que hay un feminismo antiguo -del pasado no tan remoto- que no conocen muy bien, pero que denominan “hegemónico”, sin tener muy claro el asunto. “La vieja guardia”, a su vez, no acaba de entender del todo lo que las jóvenes buscan ni cómo ni cuándo, pero con frecuencia las imitan, las mimetizan. Resulta necesario entender bien las diferencias generacionales y la relación intergeneracional que se vive cotidianamente dentro del feminismo. Se trata de una relación que puede ser muy rica, pero es compleja y no está exenta de roces, arañazos y dificultades. Son grupos etarios que se formaron en contextos socio-políticos y económicos distintos y han llevado a cabo luchas que también difieren.

La visión que se tenía en los años 70 del sufragismo era bastante triste. Nos imaginábamos un conjunto de mujeres vestidas de negro, lúgubres, que lo “único” por lo que luchaban era por el derecho al voto. La sociedad, los medios, el patriarcado se habían encargado de transmitir a lo largo de décadas estas imágenes negativas del sufragismo europeo y norteamericano y habían hecho mella. Del sufragismo mexicano se sabía muy poco y no es sino hasta épocas recientes que han ido saliendo a la luz las luchas por el voto, la educación de las mujeres e incluso por la despenalización del aborto de aquellas luchadoras de la primera mitad del siglo XX, gracias a la tenaz investigación de las historiadoras feministas. Los vínculos con algunas de las feministas de los años previos habían sido escasos y fugaces. El neofeminismo, en ese sentido, nació un tanto huérfano de genealogías directas.

A cincuenta años de aquellas luchas de los años 70, en las que un puñado de mujeres “locas” alborotaban sin ton ni son, las multitudes de morado y verde han vestido una y otra vez las calles de la gran capital de México y muchas de las ciudades de los estados. Se ha caminado un largo trecho y se ha resquebrajado el sexismo en muchos espacios físicos y del imaginario colectivo, pero el patriarcado malherido da todavía coletazos mortales.

            Como dice la canción de Lluis Lach, también cantada por Joan Manel Serrat, “L’estaca” (La estaca), que se refería al franquismo, pero bien podría tratarse del patriarcado:

…¿no ves la estaca
a la que estamos todos atados [sic]?
Si no logramos desatarnos
¡Nunca podremos caminar!

Si jalamos todos, ella caerá
Y mucho tiempo no puede ya durar
Seguro que se cae, cae, cae,
Bien carcomida debe de estar ya
Si yo jalo fuerte por aquí
Y tu jalas fuerte por allá,
Seguro que se cae, cae, cae,
Y nos podremos liberar

  1. Antimonumenta, Centro CdMx.
  2. Marcha 8 de marzo 2024, CdMx. Foto: Maricarmen de Lara.

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