Una crónica: 500 años del primer libro en idioma estonio

Por Stephanie Rendón

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El 2025 es un año muy importante para la literatura en Estonia porque se celebran los 500 años desde que se publicó por primera vez un libro en idioma estonio. Este libro, rodeado de misterio, fue un catequismo compilado por los religiosos Wanradt y Koell, impreso en Wittenberg en el siglo XVI. Por desgracia no existen más que fragmentos de este texto. El Año del Libro 2025 comienza a celebrarse desde el 30 de enero, el Día de la Literatura Estonia, y dura hasta el 14 de marzo del 2026, el Día de la Lengua Materna. Durante todo el año se llevan a cabo toda clase de eventos, exposiciones, pláticas y presentaciones relacionadas con los libros. Esta no es la primera conmemoración de los libros en Estonia, sino la cuarta. La primera fue en 1935, cuando se celebraron los 400 años del primer libro estonio. La siguiente celebración fue en 1958, fecha en la que se descubrió una publicación en lengua estonia aún más antigua, de 1525, y así tuvo lugar el segundo Año del Libro Estonio 1975-1976, el cual conmemoraba el 450 aniversario. El tercero fue del 1 de enero al 1 de enero de 2000-2001, el cual estuvo dedicado a los 475 años de historia y sirvió de preparación para el gran aniversario número 500 que se celebra en Estonia este año.

El Año del Libro Estonio lleva el lema «La nación comienza con un libro» (palabras inmortales del aclamado poeta Hando Runnel) y, guiado por este lema, el Año del Libro subraya el papel de la cultura literaria estonia en la configuración tanto de la autodeterminación cultural nacional como de la identidad local. Las celebraciones se centran en cuatro grandes áreas: la lengua estonia escrita, la literatura estonia y los escritores, la historia del libro estonio y el libro en estonio y el futuro de la lectura.

Vivir de este lado de Läänemeri, en estonio, el mar Báltico, me ha dado la oportunidad de asistir a diversos eventos organizados con el Año 500 del Libro Estonio. ¡Y los que faltan, pues apenas vamos en la primera mitad del año! Todos los días hay docenas de eventos sucediendo de manera simultánea en todo el país. Las instituciones de gobierno, las bibliotecas, las escuelas, las universidades, los museos, los escritores, las revistas literarias, los programas de televisión y el público en general, participan como organizadores de las celebraciones. En esta crónica me voy a referir a un evento en particular: la Feria del Libro de Autores en el Museo Nacional de Estonia.

El viernes 25 de abril de este año se llevó a cabo la primera Feria del Libro de Autores en el Museo Nacional de Estonia en la ciudad de Tartu, al sur del país. El objetivo de la feria era que los autores presentaran allí sus obras y pudieran vender libros escritos por ellos, es decir, se creó un espacio único, no para las editoriales ni los distribuidores, sino para los autores y los lectores. Se trató de un lugar donde pudieran crearse sinergias entre escritores, donde pudieran conocerse unos a otros, mostrar sus obras y fue un punto de reunión para los lectores interesados en adquirir libros de manos de sus autores.

Al llegar los organizadores nos recibieron con un sobre cerrado rubricado con nuestro nombre donde había un boleto para explorar el Museo Nacional de Estonia en los ratos libres y un boleto para intercambiar en la cafetería por un café o un té. ¡Qué maravilla: un espacio para dar a conocer nuestras obras, venderlas al público en general, conocer a otros colegas, pasear por este museo bellísimo y además nos invitan a tomar un café! No puedo pensar en un evento más significativo y plural para un autor. Nos sentimos queridos y valorados allí, ya que nada de esto representó algún costo para los autores.

En la feria participaron más de 100 autores, y solo hubo una autora mexicana representando a México, y ya comenzarán a imaginarse que fui yo. Hasta donde la Embajada de México en Finlandia y yo sabemos, soy la única escritora mexicana residente en Estonia. No sé si esto me da un estatus de bicho en extinción o de rareza migratoria. Antes de llegar a la feria, me pregunté si había sido buena idea llevar mis libros publicados en español y en inglés, pues ¿quién los va a ver o a comprar, si a la feria van autores con libros en estonio o en ruso? Ya estaba estacionando el carro y a punto de descargar las cajas llenas de libros, cuando torcí la boca y pensé que lo mejor sería solo llevar mis libros en estonio, y dejar mi libro de trece cuentos, Que venga la noche y las memorias de viaje, The Journey From Mexico to Setomaa en la cajuela. De por sí, ya tenía que cargar muchos kilos de libros y no había nadie que me ayudara a llevarlas. ¡Qué bueno que al final llevé todos los libros! Durante el día mucha gente se acercó para conocer y comprar mi libro en español, pues era el único libro en este idioma en toda la feria. En general los interesados eran personas que estaban estudiando español, o quienes ya hablaban muy bien el idioma, o bien, gente que había vivido en algún país de habla hispana. Y para mi libro en inglés también hubo un grupo selecto de compradores que no hablaban estonio, ni ruso —idiomas en que estaban escritos el 99% de los libros de la feria. Dichos lectores se sintieron refugiados en mi trinchera, donde había una colorida bandera mexicana extendida sobre la mesa. Quizás se sintieron así al encontrar el único título en inglés en toda la feria, hasta donde pude alcanzar a ver. En cuanto a las personas que compraron mis libros en idioma estonio, la mayoría ya los conocían o los habían visto en algún programa de televisión o noticia periodística, lo cual me dio mucho gusto. Fue una gran experiencia asistir a esta feria.

Se espera que este evento haya sido el inicio de una tradición para continuar la realización de esta feria cada año. También hubo pláticas literarias con distintos autores, dirigidas por Mart Juur, crítico de literatura, periodista, escritor y conductor de programas culturales, mejor conocido como el Secretario de la Literatura (un título falso, de cariño, pues no hay Secretaría de Literatura en Estonia, pero que hace alusión a un programa literario de televisión conducido por él durante muchos años). Algunos debates y pláticas fueron dirigidos por el escritor Jan Kaus y otras personalidades literarias.

Como siempre, yo llego temprano a todas partes. Ya algún escritor británico había escrito que llegar puntual es llegar tarde, y llegar temprano es llegar puntual. Cuando llegué a la sala vacía a dejar mis cajas de libros sobre la mesa con mantel color morado que me asignaron, noté que el otro individuo puntual que había llegado también a la misma hora que yo, era nada más y nada menos, que el escritor e historiador Indrek Hargla. Él no sabía quién era yo, naturalmente, pero yo sí sabía quién era él. Lo miré discretamente y al darle la espalda sonreí para mí misma cuando me acordé de las aventuras de su interesantísimo personaje, el boticario Melchor. Su saga de crimen, voy a atreverme a llamarla, de literatura policíaca medieval, tiene un sabor fuerte a Agatha Christie y al tipo de novela fantástica, pero muy bien ambientada en los aspectos históricos, que escribía Pérez Reverte a principios de los años 90. Después de pensarlo un rato me animé a acercarme y a platicar con él. Me dio un poco de vergüenza, por mi nivel B2 de estonio, pero aun así me atreví. Me dijo que sus novelas estaban traducidas hasta al idioma rumano, y yo le dije que era una pena que no estuvieran traducidas al español, que hacía falta un traductor valiente. Dije que cuando mi estonio fuera impecable, quizás yo me atrevería. Sonrió detrás de su bigote y su barba larga. Me preguntó cuál era mi lengua materna después de escuchar mi extraño acento y le respondí que era el español. Entonces frunció el ceño y me dijo, «¿no será el castellano?», sonreí y ya íbamos a entrar con temas de Castilla, cuando llegaron unos amigos suyos a saludarlo. Me despedí sin hablar, asintiendo con la cabeza y sonriendo a medias, como se hace en Estonia para saludar, despedirse, dar el pésame, afirmar que uno ya se divorció, anunciar que se acabó la cerveza o para indicar cualquier otra cosa, y me dio gusto haberlo conocido, ojalá que me recuerde después. Volví a mi mesa, saqué mis libros de las cajas y los acomodé de forma que se vieran bonitos.

Detrás de mí estaba sentada Liili Luuk, escritora nombrada como Autora del Año en 2023. No pude resistir la tentación de llevarme de souvenir de la feria, su último libro Öö ema (Madre de la noche). También cerca de mí estaba Veiko Belials, conocido por sus obras de ciencia ficción y a mi lado estaba sentada Johanna Roos, quien debutó este año con su libro de poesía, muy bien recibido por la crítica, Tsükkel, (Ciclo). Sentada frente a una de las mesas, lejos de mí, estaba la poeta Kristiina Ehin, el ensayista Jüri Talvet y Anu Raud. ¡La crema y nata de los círculos literarios de Estonia estaba allí, toda bajo un techo! No pude dejar de sentirme afortunada por estar allí.

Me di el tiempo para ir a saludar a mi amigo, el escritor Imre Siil, a quien ya tenía tiempo que no veía y quien siempre me tiene mucha paciencia cuando platicamos en estonio. Imre Siil es un exdiplomático pensionado, de aire jovial, que dice que nos irá a visitar a nuestra casa del bosque en Setomaa este o el siguiente verano cuando haga su Tour de Estonia en bicicleta. No pensé que Mart Juur fuera a reconocerme, pero una persona como él está en todo y no se olvida de nada. Me saludó con efusividad y me dio gusto platicar unos momentos con él.

Al final del día, solo se escuchaba el ruido que hacen los libros al ser metidos a sus cajas de cartón, el zíper de los cierres de las maletas y los ruiditos que producen las ruedas de las maletas al ser arrastradas sobre el piso. Las manecillas del reloj marcaban casi las ocho de la noche, el museo ya estaba a punto de cerrar sus puertas aunque todavía quedaba bastante gente que platicaba, paseaba o compraba libros de manera apresurada. Afuera del museo los signos de la primavera ya eran evidentes: todavía había un poco de luz solar. Miré una vez más a mi alrededor, agradecida por ser parte de ese mundo literario que permaneció secreto y fuera de mi alcance por muchos años. Recordé las palabras inmortales de Kafka que tanto me gustan y que guardan una cierta melancolía romántica, llena de esperanza: «Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros». Pensé en ese mar congelado que divide Estonia del resto del mundo, y que si no fuera por los rompehielos, sería una pista de hielo inmensa la mitad del año. Pensé también en esa Estonia bañada por el mar, la de arenques, la de amarras y velas, la de arena con aroma a bosque, la de historias de marineros errantes y la de laberintos fractales de espuma blanca que dibuja la marea en sus costas, y cuyos diseños se extienden en más de 2300 islas. Ya cuando cerraba la cajuela del coche para emprender el viaje de regreso a casa, me pregunté cuál había sido la llave para entrar a ese mundo. Me vino a la mente la respuesta que buscaba justo cuando llevaba recorrido más de medio camino. Aprender la lengua del país en donde vivo para leer sus historias sin traducir. Esa fue la llave. Una llave que no solo abrió libros, sino que abrió y sigue abriendo puertas al espíritu de aquel lugar, revelando la historia que no está escrita en los mapas ni en los relatos oficiales, sino en el pulso de su lenguaje vivo y de quienes la hablan. Comprender esa lengua fue como abrazar una nueva forma de ser, una manera distinta de mirar el mundo, un viaje hacia el corazón mismo de lo que significa pertenecer.

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