Un admirable escape literario: la primera novela de Renaud Rodier

Por: Adrián Muñoz
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Cinco personajes principales que podrían ser seis, quince o veinte. Un libro que encierra varias sendas que ora se encuentran, ora se separan. Un jardín de senderos que se entrelazan.
Les échappés (Los fugitivos) es la primera novela de Renaud Rodier, una nueva pluma francesa. Esta novela apareció en 2024 bajo el sello de Anne Carrièrre; fue reeditada en 2025 por Pocket y nominada para unos ochos certámenes literarios, de los cuales recibió tres galardones. Su segunda novela, Si Rome meurt (Si Roma muere), apareció a mediados de 2025. No la he leído todavía, pero me espera pacientemente en mi librero.
La historia de Los fugitivos tiene como eje central el auto descubrimiento. Pero eso suena a lugar común y no revela lo que de verdad se desenrolla en las poco más de 500 páginas que entran y salen del punto de vista de cada uno de los miembros del elenco principal. Cinco personajes en busca de sentido. Lo buscan a través de la fuga. Todos con algún enorme fardo en su pasado o una herida profunda que amenaza con arrastrarlos al vacío, su única posibilidad de salvación parece ser la huida.
Con una narrativa pulcra y minuciosamente trabajada, Les échappés es una obra multivocal rayana en el palimpsesto. De hecho, la publicación anterior de Rodier, L’oeil du cyclope (El ojo del cíclope, 2020), era una obra híbrida y experimental que mezcló géneros literarios y estilos. En Les échappés, no hay superposición de géneros, pero sí de voces y, por ende, de perspectivas, lo que por momentos recuerda al efecto Rashomon, introducido al cine por Akira Kurozawa en 1950. A los dos libros del autor francés también los une un ambiente metropolitano, que en el caso de la novela se vuelve cosmopolita, pues atraviesa no sólo países, sino continentes. El elenco, de hecho, es multinacional.
Procedentes de lugares como Mumbai, Nueva York, París o Kiowa en Colorado, estos personajes en busca de redención viajarán sin cesar; pisarán países lejanos de sus orígenes; sus caminos se cruzarán en los lugares más improbables. De hecho, una de las protagonistas escribe un guión para cine titulado Lieux (Lugares), en un juego intertextual imposible de no advertir. Aunque esté escrita en francés, en la novela también se vislumbran las varias otras lenguas que atraviesan el mundo de la novela: inglés, marathi, ruso, español… Los escenarios donde los personajes se desenvuelven rezuman violencia, agobio, ostentación, urbanismo o impermanencia, pero en todos los casos hay siempre un dejo de vacío o soledad.
La india de casta baja, Aashakiran Yengde, desea escapar de su mundo predestinado a la sumisión social, económica y de género convirtiéndose en científica: a través del telescopio, busca escapar hacia otros mundos, con la esperanza de vislumbrar posibles planos de trascendencia y la sensación de libertad. Lauren Bairnsfather necesita escapar de la sociedad cerrada del Midwest norteamericano, tan proclive a la afición número una de Estados Unidos: los tiroteos; instalándose en una mega urbe, busca que la colectividad le brinde la promesa de una tabula rasa, pero parece terminar por perder la identidad y el vínculo con su padre. Heredero de un negocio millonario y oportunista, Aaron Friedman quiere huir de su legado desalmado al convertirse en un abogado sin fronteras, y se atraviesa con personas y situaciones que presagian heridas y colisiones. Émilie Ruelle no sabe de dónde viene; atrapada en una callejuela existencial, se aleja de su núcleo familiar y, para hallar la respuesta definitiva, se convierte en intérprete profesional, viaja y viaja, y a veces pierde el rumbo y las palabras, literalmente. A Nathaniel Bridge la suerte parece sonreírle y trasciende de lo amateur hacia la fama, convirtiéndose en una reconocida estrella cinematográfica; pero esto lo lleva a ser encasillado, por lo cual cruza el puente entre la comodidad y el anonimato para fugarse de un día para otro del glamur de Hollywood. Algunos de estos personajes se cruzan; unos se encuentran y otros se desencuentran.
En torno de estos cinco personajes, hay otros no menos interesantes: traductores de silencios, muchachos preparatorianos atormentados, adúlteros, abogados, actores, profesores de literatura, un viejo perro…. Hay una tensión constante entre el aislamiento y la necesidad de compañía, y en comunicaciones fallidas. Como reflexiona Lauren: “Todos compartimos el deseo de vivir juntos nuestra soledad”. ¿Cómo salvarse del aparente sinsentido de la vida? Una posible clave sería dar con una palabra que pudiera enunciar esos instantes en que uno puede sentirse feliz y triste simultáneamente, como anhela otro personaje. Ciertamente, un largo trayecto en carretera al son de “Hotel California” parecería cancelar la posibilidad de llegar a un “Happy Together”.
El influjo del azar y lo improbable, el papel de Nueva York como foco neurálgico y los modos —a veces espontáneos— en que los personajes viran por completo sus estilos de vida son elementos que evocan por momentos la narrativa de Paul Auster. Los dejos de melancolía que exudan algunos intercambios entre personajes, por otro lado, son compatibles con los escenarios tan bien logrados en los filmes de Wong Kar-Wai, como aquella tormentosa relación de una pareja gay de chinos en el cono sur del continente americano. Y las muchedumbres de los aeropuertos que no se miran, pero que amenazan con tragarse a dos personas que quieren decir “Te quiero” sin lograrlo, recuerdan a “Orly”, emotiva canción de Jacques Brel. Ciertamente, ninguno de los personajes de Les échappés diría que la vida es un regalo ni pan comido.
La novela va y viene por muchos lugares, puntos de vista y situaciones imprevistas (¿inevitables?, ¿fortuitas?). No es dato menor que Renaud Rodier, el autor, se haya dedicado al mundo de las ONG y la ayuda humanitaria a víctimas de conflictos bélicos alrededor del mundo. Él mismo viajero, su novelarefleja ese continuo movimiento, vertiginoso a veces; sosegado por momentos. Este debut novelístico es una lectura que da vueltas y vueltas, que produce vértigo y que no deja entrever hacia dónde va. La fuga es el descubrimiento, aunque el descubrimiento no siempre brinde la respuesta esperada. Y es que la “experiencia” no es sino un eufemismo para referirse al dolor, como lo expresa Aashakiran.
Termino por subrayar que Les échappés de Rodier no es calco de sus influencias, sino que tiene su propia fuerza. La prosa es fina y nos prodiga frases memorables: “Las personas que callan verdaderos pesares tienen, posiblemente, demasiado respeto por los silencios culpables”; “Las sombras no necesitan matar el tiempo”; o “Los lagos son melancolía en estado líquido”. Sería un acierto que pronto haya quien se aventure a traducir a nuestra lengua esta admirable novela para traerla al público hispanohablante.
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