Todo lo que existe es un juego de reverberaciones

Por: Ernesto Priani Saiso
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En Comentario al Sofista, Marsilio Ficino escribe que la luz es creadora de imágenes y sombras (effectrix imaginum et umbrarum). El término effectrix es importante porque subraya que las imágenes y sombras no son imitaciones, sino obras producto de un creador. Es en la luz, que en última instancia proviene de Dios, donde se crean las ilusiones y los engaños, gracias a la participación de seres intermedios que juegan a ser dioses, a los que Ficino llama demonios.
Los daemones, en realidad, son personajes que Ficino toma del pensamiento griego. Sócrates mismo tenía un daemon que le servía de conciencia y compañía. La idea es que los demonios son unos seres cuya naturaleza se encuentra entre lo alto y lo bajo, y que por lo tanto pueden servir de intermediarios entre las cosas superiores y las cosas inferiores. Su función es imitar a los dioses, y crear con ello réplicas de las obras divinas en las otras realidades. Son entendidos más bien como poderes de imprimir la forma de algo en una realidad distinta. Su capacidad es la de vincular esferas separadas. Incluso en el Comentario al Sofista, Ficino habla de la luz como un poder demoniaco y de la fantasía como un poder semejante.
Resulta bastante complejo entender el uso de los demonios para explicar la formación de las formas fantásticas porque parecen chocar frontalmente con nuestras ideas acerca de cómo funciona el mundo. Pero no tenemos que aceptar la existencia de los demonios para entender qué significan para la comprensión de lo fantástico. Los demonios ocuparían el lugar de una fuerza creadora que imita lo que hay en un mundo, en el otro. En eso son como el Demiurgo, una figura que utiliza Platón en el diálogo Timeo para explicar cómo se forma el mundo material. Ficino rescata ambas figuras y traza una simetría entre la formación del mundo de las cosas, y la formación del mundo de las imágenes y las fantasías. De modo que nos encontraríamos frente a dos aspectos de la realidad que son muy semejantes. En cada uno existiría un cierto tipo de seres, las cosas, en uno, las fantasías y las imágenes en otro.
De este modo, para Ficino, todo lo que existe es un juego de reverberaciones en que la luz va reflejándose en cada nivel, como cuando el sol se refleja primero en la ventana y luego en la fuente, creando en cada nivel una forma de ser distinta. Cada una de estas realidades es, salvo por el grado, semejante en su forma y creación al anterior. Dios, pues, es así el hacedor de las cosas inteligibles y perfectas (las ideas desde las cuales se forman todas las cosas que existen), y a partir de ellas, el Demiurgo crea las cosas tangibles y materiales en el cosmos. Finalmente, los demonios crean las imágenes y las sombras de las cosas y de las ideas.
Como hombres, nosotros tendríamos acceso a todos esos mundos: el de las ideas, el de las cosas, el de las fantasías. Y, frente a los dos últimos, mantendríamos una relación semejante: somos a la vez pasivos —no intervenimos en su creación, pero nos afectan— y activos —los creamos y los podemos afectar.
Nuestra facultad de fantasear tendría entonces, para Ficino, esa doble función. La de ser un espejo de los artificios y las fantasmagorías creadas por los demonios, pero ella misma sería un demonio, capaz de crear sus propios fantasmas. Escribe -utilizando el italianismo ‘imaginamenta‘:
“Nuestras imaginaciones también son producidas en cierto modo por una virtud demoníaca; no sólo porque los demonios suscitan imaginaciones en nosotros por sus eficaces imágenes y artificios, sino también porque aquello que se figura en nosotros es un demonio.”
En este punto quizás es interesante detenerse, pues Ficino piensa que las fantasías no sólo siguen o imitan a las cosas materiales, sino también las inmateriales. Ese es el caso de las ‘intenciones’, término con el que se refiere a la dirección o el sentido que tienen las cosas. El concepto viene desde Aristóteles, pero sobre todo cobra relevancia en la Edad Media para describir la “razón” que tienen las cosas; es decir, cómo encarnan una intencionalidad. De modo que, a través de una fantasía, no sólo se reflejaría la forma de la cosa, sino también parte de su sentido. En un ejemplo que usa al inicio del libro octavo de su Teología platónica, Ficino explica el proceso de apreciación y conocimiento de una persona, tomando como ejemplo a Sócrates que ve a Platón. Por los sentidos, Sócrates se forma una imagen de Platón, aunque lo ojos sólo podrían verlo, cuando el cuerpo de Platón está delante de él. Con la imaginación, aun sin estar presente Platón, Sócrates puede recordar el color de la piel, su tamaño, el sonido de su voz. Finalmente, con la fantasía, Sócrates puede juzgar que el hombre que tiene delante es Platón, “un hombre bello, bueno y dilectísimo discípulo”. Y esa belleza, bondad y calidad de discípulo lo juzga la fantasía no con la misma certeza que la razón, sino a partir de valorar las intenciones presentes en los cuerpos. Los hombres no sólo podríamos representar las formas físicas de las cosas a través de la imaginación, sino que también somos capaces, por la fantasía, de reflejar cierta dirección (“intención”) presente en esas imágenes. ‘Fantasear’, significa también reflejar un sentido que no está directamente en lo que percibimos. Y también en esto la fantasía puede trucarnos, representando sentidos en las cosas que no tienen, o que no se corresponden, o que remiten a otra cosa distinta. Como cuando imaginamos que el cuarto al que ha entrado el mago y donde hay una pecera, es acogedor.
Este texto forma parte de una serie sobre la fantasía




