Sísifo

Por: Marcos Límenes

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Una femme fatale de bolsillo, disfrazada de ama de casa, la coartada perfecta. Lejos está de la Bella de Día o del Ángel Azul pero sus modos y gestos -la dentadura perfecta que brilla cuando desliza suavemente la lengua mientras sonríe, el mechón de pelo sobre la frente, las piernas levemente abiertas cuando se sienta- encajan perfectamente con la devoradora insaciable apenas oculta detrás de una mal disimulada indiferencia. A duras penas he podido librarme de su maléfico influjo pero Felipe, mi malogrado amigo, perdió la cabeza, literalmente.


La conocí en la escuela cuando por unos años fuimos vecinos de pupitre. Con sus pantalones entallados ponía nerviosos a los maestros cuando pasaba al pizarrón y sus sonoras carcajadas se escuchaban a varias cuadras de distancia. Era ya inalcanzable salvo en sueños de noches agitadas. Explicable o inexplicablemente terminó casándose con un respetable médico muchos años mayor que ella, trajo al mundo varios críos, tomó un abanico de diplomados y no dejó de asistir a reuniones sociales y convivios familiares por demás aburridos. Todo era aburrido: marido, familia y amigas. Por ese motivo y de manera clandestina buscó refugio en sus viejos compañeros de clase –for the good old days- con los cuales podía dar rienda suelta a su imaginación pero sin ceder la fortaleza.


Todos teníamos la certeza de que más allá del juego de la seducción, de un leve paseo por el subibaja de la autoestima, nada más sucedería; menos Felipe. Cual un Lancelot maduro convencido estaba de tomar el castillo por asalto. Pasado el tiempo fue el único que perseveró en su intento. A pesar de los años transcurridos la susodicha seguía siendo atractiva y su embrujo lo mantenía atado. En su insistencia pesaba aún la frustración que cargaba desde los años mozos por no haber logrado su cometido: conquistarla, doblegarla, vencerla. Poco importaba ya que su vida familiar y reputación se fueran por el caño. Si no estaba con ella la frecuentaba en sueños; le escribía largas misivas en clave para no despertar las sospechas de su esposo pero a lo más recibía como respuesta un quizás, quizás, quizás. Su destino se encontraba ya marcado.


Fue uno de sus hijos, que al interceptar por accidente uno de los indiscretos mensajes, increpó a su madre sobre la posibilidad de un amante oculto que ella, haciéndose la ofendida, negó de inmediato.


La cabeza de Felipe no llegó en una caja, ni siquiera se desprendió de su cuerpo, nomás siguió girando sobre su propio eje, planeando nuevas estrategias para llamar su atención a sabiendas de que jamás le contestaría. Ella, mientras tanto, optó por pasar largas horas frente al espejo.

Me parece que hace unos años Felipe finalmente se casó pero dicen las malas lenguas que su matrimonio duró tan sólo un par de meses. Ayer dejó un mensaje en mi teléfono pero es poco probable que le devuelva la llamada.

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