Sanseacabó

Por: Marcos Límenes

Compartir este texto:

La diputada Bermúdez se despertó y por un momento entró en pánico al no recordar el motivo del discurso que en un par de horas pronunciaría frente al pleno. Una vez que tomó café y se plantó frente al espejo se dijo que nada había que temer, que sus compañeros de bancada la apoyarían y todo saldría bien. Se vistió con cuidado el traje sastre recién adquirido por su asistente y regresó a dar los últimos toques a su maquillaje frente al espejo. Al mirarse así recordó una vez más la terrible noche cuando encontrándose entre las cinco finalistas del concurso “Señorita México” guardó silencio cuando el anfitrión le preguntó cuál era el invento más grande de la humanidad. Pasaron varios segundos, más de un minuto probablemente, y de algún misterioso archivo de su mente emergió hasta su boca la peor de las respuestas: la bomba atómica, dijo. El auditorio guardó silencio por otra eternidad hasta que el presentador, que no podía ocultar su incredulidad, le pidió una explicación. De nada sirvió el intento de rectificación ¡energía nuclear, no bomba! pero el daño estaba hecho y el sueño roto. Pero la decepción no duró mucho tiempo ya que al día siguiente el secretario de gobierno del Estado donde se realizó el certamen la invitó a cenar y a partir de ese momento arrancó su carrera política.
Tenía el turno ocho de doce, después de un diputado del Partido Conservador. En la Cámara se votaría una nueva ley que debería penar las desapariciones forzadas, que de manera alarmante se habían incrementado en el país, pero las facciones rivales no lograban ponerse de acuerdo ni siquiera sobre el sentido del término. Unos afirmaban que el fenómeno se debía a la falta de valores familiares que propiciaba el abandono del hogar por parte de los jóvenes, mientras que en el otro extremo atribuían el fenómeno a una vieja práctica de reclutamiento bajo amenazas por parte del crimen organizado en las comunidades más desfavorecidas.
La víspera la diputada Bermúdez había tenido una idea genial: así como el agua no desaparece de nuestro planeta tan sólo se transforma, los jóvenes ausentes no “desaparecían” sino que cambiaban de apariencia y actividad por lo cual se volvían irreconocibles para sus propios familiares. Si bien es cierto que esta idea no era del todo original –algo similar le había oído decir a su amante y protector cuando falsamente intentaron vincularlo a una célula criminal- podía ya escuchar los aplausos que el Congreso en su conjunto le brindaría tras su intervención.
Llegado el momento y estimulada por las palmaditas al hombro de sus correligionarios Lizette Bermúdez subió al estrado y, tras saludar a sus colegas se dispuso a hablar. Nada llevaba por escrito segura como estaba de poder articular su discurso y motivada por la circunstancia y solemnidad del recinto. Comenzó por el final, a partir del cual, pensaba desarrollar los argumentos cuya conclusión era la de renombrar a las personas desaparecidas quienes en realidad se habían vuelto invisibles. De inmediato fue interrumpida por un solitario buu que fue creciendo hasta convertirse en un ¡fuera! coreado por todos los presentes.
Al día siguiente declaró mediante un mensaje en X que cedía el puesto a su suplente y desde entonces se dedicó a publicar recetas de cocina en una plataforma digital.

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *