Salvoconducto

Por: Marcos Límenes

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Odio los sueños que parecen discos rayados. Aquellos en los que una acción cualquiera, trivial, como colocarse las sandalias en los pies o mirarse al espejo, se repite una y otra vez sin desarrollo alguno. Peor aún cuando trato de ahuyentarlos despertando pero regresan apenas cerrados los ojos. Me hacen pensar en un director de cine que maniático y obsesivo ordena repetir una escena a los pocos segundos porque algo salió mal. Y no una sino mil veces. Tengo suerte, es verdad, ya que la tortura ocurre mientras duermo y no durante la vigilia. Mi terapeuta argumenta que lo más probable es que trato de huir de algún conflicto sin solución y que si no aprendo a desprenderme de mis taras la angustia de la repetición sin fin me seguirá asaltando durante la noche. Tiene razón al afirmar que soy un tipo obsesivo, pero considero no serlo más que la media nacional tomando en cuenta que me dedico a labores estadísticas.
Yo diría que de las siete noches de la semana en tres ocasiones duermo mal. Las cuatro restantes podría decir que no tengo sueños o bien no los recuerdo. Últimamente he tratado de prestar atención a lo que me acontece en esos días, con la esperanza de que exista una correlación con el bien dormir, por llamarlo de alguna forma o, en su defecto, con las noches agitadas. Incluso elaboré un par de gráficas pero mi terapeuta las desestimó desdeñando mi metodología.
Yo mismo he puesto en duda esta hipótesis ya que, por más que el buen don Segismundo nos advirtió hace un siglo que los sueños enmascaran la realidad, la entrada en escena durante la última semana de un nutrido grupo de preadolescentes descendiendo de una barcaza difícilmente se puede relacionar con un acontecimiento de mi incumbencia. Son nueve, todas ellas rubias casi albinas, y bajan tambaleándose por una escalerilla movida por las olas. Una y otra vez, noche tras noche. Si tan sólo se colara alguna niña morena entre el grupo o una de ellas trastabillara y cayera al suelo el hechizo de la repetición se rompería.
No es difícil deducir que, independientemente de los figurines o las situaciones dadas mientras duermo, es la repetición de un brevísimo fragmento –como un apretado “tráiler” de un sueño completo- lo que sugiere un castigo auto infringido.
Sueño que odio los sueños que no son sueños sino discos rayados. Lucho noche tras noche contra un círculo vicioso incomprensible. La terapeuta insiste en que no coopero pero, estadísticamente, no tengo forma de vencer a mi subconsciente. Acepto por lo tanto mi derrota y, sin remedio, estoy dispuesto a cumplir la penitencia. Hasta el peor de los criminales tiene derecho a un último deseo antes de subir al cadalso. Yo tan sólo solicito que se me conceda soñar, por única vez, con las chicas que finalmente logran descender del barco y correr libremente por la playa ondeando su cabello al viento. Dejad que cierre los ojos y las vea exhaustas recostarse a mi lado mientras una lluvia de rosas nos cubre de una vez por todas.

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