Saludo a Manuel Durán 1925-2020 a dos años de su fallecimiento

Por: Adolfo Castañón

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I

“Laurel” se llama este acto y se titula la poesía completa de este autor quien dice al final de su Diario de un aprendiz de filosofo: “Sueño ahora con una ciudad ideal en la que todos los ciudadanos se parecen a Newton, Einstein, Leonardo Da Vinci y Miguel Angel y sus equivalentes en el sexo femenino. Una Atenas moderna en la que Sócrates ha triunfado y recibe una corona de laurel en vez del vaso con cicuta.”[1]

II

Ciudadano del aire y del limbo, Manuel Durán pertenece a la intemperie y al desarraigo de los poetas y escritores de su generación como Carlos Blanco Aguinaga, José Pascual Buxó, Ramón Xirau, Luis Rius, Arturo Souto, Jomi García Ascot, Tomás Segovia, Nuria Parés… Poeta, es también filósofo, poeta en español, catalán e inglés, crítico y, diría yo, astrónomo observador del firmamento interior. Ávido de saber y de saberes, es también un goloso de savias y esencias, de plenitud. Lo guía un optimismo que lo lleva a ver en cada cifra de la vida el número ganador, la cifra luminosa. Parecería que es una actitud de genética, de familia, pues nuestra querida y admirada Rosa Durán Gili la comparte y gracias a ella tiene lugar este acto.


III

A fines de febrero de este año, nuestra querida vecina y amiga, la Maestra Rosa Durán, me invitó a su casa en compañía de nuestra amiga común y vecina, Silvia Leyva de Mota y de mi esposa Marie, para invitarme a participar en este acto en memoria de su hermano Manuel que ella, en su lúcida mente, ya tenía perfectamente concebido. Traté de convencerla de que, a pesar de que ciertamente había conocido a Manuel, gracias a Octavio Paz y a Ramón Xirau, su amigo, no era yo el candidato más idóneo para presentar este acto. Gracias a su generosidad e insistencia aquí me tienen. Cuando me invitó llevé a su casa los libros que tengo de Durán: la reunión de su poesía completa titulada Laurel, compilada y editada por Enrique López Aguilar para la Universidad Autónoma Metropolitana y auspiciada por el Ateneo Español de México y por el Ministerio de Empleo y Seguridad Social de España y publicada en esta ciudad en 2013.

            También llevaba en mi portafolios otros libros: Ciudad asediada (Tezontle, FCE, México, 1954), La paloma azul (Tezontle, FCE, 1959, dedicado por el puño y letra de “Manolo Durán” a un Carlos Ortigoza, que Rosa, su hermana, no cree que sea el actor homónimo sino un maestro del IFAL), El lugar del hombre (editado por la UNAM en su colección Poemas y ensayos en 1965) y La ambiguedad en el Quijote (editado en Xalapa por la Biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Veracruzana, en edición cuidada por Fernando Salmerón y Sergio Galindo). No llevaba yo otros libros de él como El superrealismo en la poesía española contemporánea de 1950, ni el libro La poesía de Manuel Durán de Moraima de Semprún Donahue, prologado por Jorge Guillén y editado en Pittsbureurgh en 1977 por la Latin American Literary Review Press, que conseguí gracias a los buenos oficios de Isaura Contreras de la Universidad de Texas en San Antonio.

IV

Manuel Durán Gili falleció a los 95 años en New Haven, Connecticut. Profesor emérito en Yale, premio Enrique Anderson Imbert de la Academia Norteamericana de la Lengua, nació en Barcelona el 28 de marzo de 1925, tuvo dos hermanos, Rosa y Odón, y fue hijo de un importante abogado catalán que fue miembro de la Generalitat de Barcelona y Procurador general de Cataluña. El Diccionario de escritores mexicanos de Aurora Ocampo refiere que “una bomba fascista estalló en su hogar y la familia debió expatriarse a Francia, donde vivió tres años. Ahí, Manuel Durán estudió el bachillerato en Montpellier. Cuando los nazis ocuparon Francia la familia se embarcó a México. Llegó en 1942 y obtuvo la nacionalidad mexicana en 1947. Aquí Manuel Durán terminó el bachillerato en el Liceo Francés Mexicano; estudió Derecho y Filosofía en la UNAM, graduándose de licenciado en Derecho en 1949, y dirigió con Michel Albán y Tomás Segovia la revista Hoja (1948-1949). Luego se dedica a escribir poesía además de trabajar como traductor diplomático de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO); de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y de otros organismos de las Naciones Unidas.”[2]

            En Barcelona, fue compañero de escuela y amigo de Ramón Xirau “desde la primera adolescencia” (p. 287). “¿Qué pudieron haber leído en Barcelona estos poetas que en 1936 tenían 11 o 12 años?”, se preguntaba Ramón Xirau, y respondia: “Sin duda Mirador, revista de los entonces jóvenes poetas, tal vez la revista surrealista Minotaure que llegaba a casa de sus padres; la poesía de Verdaguer, Maragall, Segarra y, claro, la obra de Lorca, Alberti, a veces Guillén y, si tenían la antología de Federico de Onís, algunos poetas mexicanos que en ella figuraban, acaso principalmente las Canciones para cantar en las barcas de José Gorostiza. Sin olvidar los libros de aventuras, como la novela de Carlos de Soldevilla, titulada Lau o las aventuras de un aprendiz de piloto. Luego, primera etapa de un exilio, y hasta cierto punto una adaptación. Francia, sobre todo el sur, y en el sur, Provenza. Muy recién llegados a México, ambos estudiantes en el Liceo Franco-Mexicano y después en la Facultad de Filosofía y Letras, leyeron un poema que no dejó de impresionarlos, el famoso ‘No pasarán’ de Octavio Paz que en ambos despertó el vivo interés por el poeta mexicano”. Manuel Durán publicó un libro en catalán: Ciutat y figures (1952) con prólogo de Agustí Bartra. En años recientes, ha publicado en forma de “plaquettes” varios textos poéticos en lengua catalana. Así, entre otros, Tres poemes de la pedra (1990). Crítico, profesor en la Universidad de Yale, Durán ha publicado buen número de libros de poemas en lengua castellana. Destaco los que siguen: Puente (1946), Ciudad asediada (1954), La paloma azul (1959), El lugar del hombre (1965), El lago de los signos (1952). “Preciso, exacto, frecuentemente irónico, Durán no es un poeta de la nostalgia. Es un poeta de la claridad, de la lucidez. No quiero olvidar que, cosa única en el mundo editorial norteamericano, fundó y dirige la revista Catalan Review, editada por la Universidad de Yale”, dice Ramón Xirau en “Poesía catalana en el exilio mexicano”, texto incluido en R. Xirau, Otras españas. Antología sobre literatura del exilio,selección y advertencia de Adolfo Castañón, El Colegio de México, p. 287-288, todavía en vida del poeta.


V

La nota preliminar a la antología Laurel firmada por Enrique López Aguilar me puso sobre la pista del libro de Moraima Semprún. Dice López Aguilar parafraseando a Moraima en su “Pequeña biografía de Manuel Durán” que “a los once había concluido quince páginas de una Historia general de la Humanidad ilustrada por el propio Durán, con descripciones de dragones que volaban mediante un sistema de cohetes escondidos bajo las alas y de cow boys que podían vivir en el fondo del mar” (Nota preliminar, p. 27).

En su “Prólogo” al libro de Moraima de Semprún, Jorge Guillén escribe que “Los seis libros de Manuel Durán forman un conjunto unitario”. Dice más adelante que “Se mueve el poeta hacia un fondo esencial, se afana por un centro, por el Centro. De noche, busca en el centro —dice la intérprete— una firmeza concreta”. Aunque, según el ya explorador, “casi nadie cree en ese centro”, hacia él se encamina. Y sin soñar se interna en su propio espiritu manteniendo su lucidez:

he tratado de regresar

al origen. al centro ardiente,

a la zona sagrada.

El hombre se concentra en sí mismo. “Y me voy hacia dentro”, esperando entrever el Origen, “el principio de los principios” (Jorge Guillen en Moraima de Semprún Donahue, “La poesía de Manuel Durán”, 1977, p. 3).

VI

Los seis libros que arman la obra poética de Manuel Durán delimitan un espacio donde la experiencia se decanta, texto a texto, en poema, es decir, en transfiguración. Ciudad asediada se titula un libro suyo de 1954, publicado a los 29 años. Ciudad transfigurada se le ocurre decir al lector.

Esa ciudad no es una urbe abstracta sino la muy real y bien vivida ciudad de México en la que el poeta pasó muchos años decisivos para él y casi diriamos para la cultura que lo acogió.

De los seis libros que componen el legado poético de Manuel Durán, destacaría o recogería tres como núcleo de su obra en México: Ciudad asediada (1954), La paloma azul (1956), El lugar del hombre (1965). Esos tres libros publicados en un lapso de 12 años tienen un peso y una fuerza que no pasó inadvertido. Durán supo dialogar con México y muy en especial con el Octavio Paz de Días hábiles, 1958-1961. Hasta los últimos momentos Manuel Durán seguía viéndose a sí mismo “como ‘una especie de quinta columna poética dentro de la fortaleza académica; mi lema ha sido y es el de Valle-Inclán, ¡Viva la bagatela!’”[3]

Reproduzco aquí las ineludibles palabras de Octavio Paz que sitúan a Durán en el eje de la cultura transatlántica mexicana.


La paloma azul: Manuel Durán

Manuel Durán —poeta y, además, uno de nuestros mejores ensayistas jóvenes— me envía un pequeño volumen de poemas: La paloma azul. Durán pertenece a un grupo de jóvenes escritores, víctimas de un doble equívoco. En 1939, casi niños, llegaron a México; desde entonces viven entre nosotros. ¿Son mexicanos o españoles? El problema me interesa poco; me basta con saber que escriben en español: la lengua es la única nacionalidad de un escritor. Pero nuestros críticos se obstinan en considerarlos como extranjeros y omiten sus nombres y sus obras en estudios y antologías mexicanos. Los de España, más soberbios y tajantes, ignoran hasta su existencia. Así, talentos tan claros como el poeta Tomás Segovia o el crítico Tamón Xirau viven en una especie de limbo, dos veces huérfanos de tierra, dos veces desterrados. El nacionalismo nos ha vuelto provincianos y, espiritualmente, tacaños. Y la tacañería nos empobrece a todos los de habla española. Pero no nos asombremos demasiado: la moral de la época es contagiosa. Hasta un hombre tan generoso como Max Aub encontró no sé qué intrincadas razones para no ocuparse de ellos en los dos libros que ha consagrado a la nueva poesía española.[4]

            El primer libro de Durán se llamaba, si no recuerdo mal, La ciudad asediada. Este que ahora publica puede verse como una continuación de aquél y, en cierto sentido como su crítica. El tema de ambos libros es la ciudad. En el primero un adolescente —inteligente, irónico, entusiasta— descubre la ciudad; en el segundo, un hombre maduro se enfrenta a la soledad, el vacío y la vulgaridad de la urbe moderna. Algunos de sus primeros poemas, concisos como un epigrama, oscilaban entre la abstracción y el humor, entre Kandinsky y Klee. Cito con intención los nombres de estos dos grandes pintores porque los mejores poemas de Durán me dieron la sensación de leer un cuadro (las relaciones entre la pintura y la poesía no han sido del todo exploradas entre nosotros). Gouaches, collages, grabados, todo en pequeño formato: la frase como una línea que no insiste, frasehumo; la ironía, delgada como un verde sinuoso; la imagen como un amarillo que florece de pronto. Economía y refinamiento, pero también frescura, espacio: aire libre.

            En su segundo libro Durán abandona el humor y la tinta china, por decirlo así, y se entrega, en sus momentos menos felices, a cierto expresionismo que, a mi juicio, no le va del todo a su genio. En otros poemas el peso de la reflexión rompe, para mi gusto, la delicada balanza del poema. El ecxeso de ideas es tan peligroso como la falta de ideas. En el primer libro habia poemas demasiado tenues; en el segundo hay algunos escritos con caracteres demasiado gruesos.

            Dicho esto (y había que decirlo), creo que La paloma azul completa y ahona La ciudad asediada. Quizás es un libro más libro, en el buen sentido, cada vez menos frecuente, de esta palabra. Como en sus primeros poemas, hay el mismo asombro y el mismo desencanto; la misma nostalgia ante el prodigio que siempre está a punto de acaecer y que nunca acaba de realizarse del todo; la misma sensaciónde soledad ante las cosas y los hombres; la misma melancolía. Pero también hay ira y piedad y pasión indignada —todo dicho con sobriedad y elegancia de alma, sin ademán descompuesto de “salvador del mundo” o de “Gran Hermano de los hombres” o de “Gran Hermano de los hombres” (trajes preferidos por muchos poetas recientes). Poesía de solitario que no hace profesión de soledad ni busca una comunicación equívoca y equivocada. Poesía sin anzuelo redentor. Y por eso, sin proponérselo, sin “denunciar” (palabra policiaca), el libro de Durán posee, además de valor poético, un valor crítico: nuevo testimonio de la suerte del hombre en un mundo regido por el poder, el dinero y el apetito material. Mundo de la propaganda, al fin resuelto en ruido: todos hablan y nadie sabe lo que dice. Al poeta —al hombre de palabras— no le queda más recurso que “desenterrar el hueso del silencio” y roerlo. No hay orgullo al hablar del poeta como el “hombre de palabras”. También podría decir: hombre sin oficio ni beneficio. El poeta, el artista, es un hombre como los otros —cuando los otros recuerdan que son hombres.

            Sin pena ni gloria, título de uno de los poemas de Durán, es una frase que define muy bien nuestra situación. La gloria y con ella la pena, su otra cara, han huido del mundo. Ni cielo ni infierno, ni vida ni muerte. Todo se nos ha ido evaporando y la realidad misma se nos ha vuelto un juego de espejos rotos. Primero nos quedamos sin el más allá y el más acá; ahora estamos a punto de perder el aquí. El ayer se derrumbó, el porvenir se cierra, el presente se desvanece. A mi lado una voz impersonal me recuerda los triunfos de la técnica y la conquista del espacio. Sí, pero hay otro infinito que conquistar: el de nuestro propio ser…

            Y basta: no deseo discutir. Volvamos mejor a la realidad, es decir, a la poesía, al amor, a la amistad, a la pintura, a todo aquello que nos dé un vislumbre, así sea fugitivo, de la verdadera vida. Volvamos al libro de Durán, a la paloma azul, a la paloma verde, al astro diminuto que estalla en la página blanca y se transmuta en una mancha de vino, en una flor de sangre.

París, 1959[5]


[2]La paloma azul: Manuel Durán” se publicó en Puertas al campo, México, UNAM, 1966.

[1] Moraima de Semprún Donahue, La poesía de Manuel Durán, Pittsburgh, Latin American Literary Review Press, 1977.

[3] Diccionario de escritores mexicanos, dirección y asesoría Aurora M. Ocampo, tomo II (D-F), México, UNAM, 1992,p. 80.

[4] Fui injusto con Max Aub: en su excelente Antología de la poesía mexicana aparecen estos poetas.

[5] Sevilla, Ed. Renacimiento, 2007, p. 248.

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