Salaam Bombay

Por: Adrián Muñoz

Compartir este texto:

Las palabras salen del altavoz y despabilan a los pasajeros que, como yo, van adormilados. Después de estar al pie del cañón en una lista de espera que más bien parecía imposible, dejé París, mi escala, en algún momento del otoño de 2004. Nos abrochamos los cinturones mientras la misma voz —con esa típica gangosidad que resulta idéntica en todas las lenguas— repite: “Bienvenidos al aeropuerto internacional de Bombay.” Un sentimiento entre expectación y excitación da vueltas en mi estómago. “¡Por fin! ¡Estoy llegando a India!”

Los meses anteriores al viaje uno va acumulando una serie de ideas y expectativas, como si de antemano se encargara de recolectar las impresiones que habría de tener. Eso hacemos todo el tiempo. Incluso cuando vamos al cine o compramos un libro nuevo. Tenemos esa inexpugnable facultad de anticiparnos a las cosas y los eventos; algunos dicen que por prevención, otros que por afanes proféticos y otros más que por mera fijación mental. Para qué luchar contra nuestra naturaleza.

*

La India.

Desde México, para la gran mayoría suena a una de esas cosas sacadas de un cuento de hadas o algo por el estilo. Evoca imágenes afines a Las 1000 y 1 noches (de hecho, el original del cual se derivó este clásico nació en India). India suena a uno de los confines del mundo. Lejos, pero bien lejos. Si miramos un globo terráqueo, veremos que está situada casi exactamente del otro lado de México, siguiendo los mismos paralelos. No está de más mencionar, dicho sea de paso, que en India no ven un hombre en la luna, sino un conejo, como en México.

Sabemos que India es uno de los países más poblados del mundo, que está en Asia, que existe el tigre de Bengala (eso lo aprendimos con Emilio Salgari et al), que hay hindúes y no mucho más que eso. Para empezar, la India será seguramente el más poblado en los próximos años; el tigre de Bengala está, como casi toda otra especie, en peligro de extinción y no es fácil llegar a verlo; la cultura antigua de la India comprende regiones que ahora son Pakistán, Nepal, Sri Lanka…; y no son hindúes (mucho menos indús), sino indios. Los, digamos, franceses son a Francia, como los indios son a India. El habitante de la India se llama indio; tal es el gentilicio apropiado. Después, los indios se adhieren a alguna de varias y diferentes religiones: hinduismo, Islam, sikhismo, budismo, jainismo, etc. Un hindú, en sentido estricto, es aquel que practica alguna forma del hinduismo.

Es a través del mundo del hinduismo como nos han llegado ciertas imágenes. Gracias a la asombrosa permeabilidad y adaptación del yoga en el mundo, nuestro vocabulario se ha enriquecido con la inclusión de términos como karma y chakra. Ahora sabemos que si nos ocurre algo desastroso se debe, de algún modo, a nosotros mismos y no a la suerte (¡Qué mal karma, maestro!)La verdad es que nadie fuera de su contexto original sabe qué significa exactamente la palabra, pero igual la usamos porque suena chic, con un dejo de espiritualidad (un espiritualidad no religiosa, pero ello ya será caso de otra disquisición).. Es mi karma, decimos incluso cuando, contrariados, hablamos de enfrentarnos siempre con el semáforo en rojo o perder la billetera

Sabemos que en India hay yoga y meditación, y que la espiritualidad tiene buen cobijo en esa tierra. También sabemos que el Dalai Lama (esa célebre figura político-religiosa) está refugiado en India (aunque tal vez pase más tiempo en Los Angeles que en Dharamsala). Sabemos de los inciensos y la música clásica (sí, como la de Ravi Shankar y que a veces también confundimos con música de Gurumai o melodías New Age); de los retiros espirituales y de gurús, de Buda y de Gandhi, la Madre Teresa y la no violencia; de la cultura del vegetarianismo y los Hare Krishnas; Osho, Chopra y Sai Baba. Y hace veinte años, para alguno que otro, venía a la mente Monsoon Wedding, película que en México se llamó La ceremonia y tuvo un éxito rotundo. La directora, Mira Nair, también ha sido la artífice de grandes películas como la cruda y dura Salaam Bombay! o la introspectiva The Namesake (El buen nombre, en español). Las nuevas plataformas de series y películas incluyen un buen número de contenido surasiático. Así, hay un poco más de acceso a la sociedad y la cultura de esa región, lo que no significa que la gente se permita comprender.

Unos saben un poco más, otros un poco menos.

*

Estas cosas, junto con la vasta literatura clásica de la India escrita en sánscrito, formaban imágenes en mi cabeza. ¿Qué esperar? Pero si ya esperaba cosas. En vez de llegar a Delhi, la actual capital, aterrizaría en Bombay, alguna vez centro importantísimo para los intereses británicos. Por cierto: ya no se llama Bombay, sino Mumbai. Desde hace algunos años, están retomando los nombres originales y desechando los que aún recuerdan al periodo colonial. Así, ya no Madrás, sino Chennai; no Calcuta, sino Kolkata; y Trivandrum, en el extremo sur de la península, volvió a ser el para nosotros impronunciable Thiruvananthapuram.

*

“Estamos por aterrizar. Favor de sujetarse bien:” Era una noche de octubre. Me acuerdo porque siempre me ha desagradado llegar de noche a cualquier lugar (salvo a la casa propia). Uno se siente como ladrón, entrando y saliendo furtivamente de espacios ajenos. Como sea, se puede evitar el tráfico diurno. Que ni qué. Era una noche de octubre, repito, o, mejor dicho, casi de madrugada. El avión llegó al filo de la medianoche. El corazón me palpitaba al igual que cuando niño abría mis regalos cada mañana del 6 de enero. Después de abrirse paso y aguardar por el equipaje, hubo que cambiar el dinero a rupias indias (en esas fechas, no usaba tarjeta de crédito), hacer una reservación de hotel de última hora y solicitar un taxi. Al aproximarse a la salida, alcanzaba a vislumbrar ansiosos rostros de personas que aguardaban parientes o amistades. Se abrió la puerta y todo cambió abruptamente.

Dejé de sentir el aire acondicionado del aeropuerto para recibir (o ser recibido) por una horda de caras desenfadadas y la temperatura de Mumbai. Una cálida humedad me dio de lleno en la cara y se posó en espalda y brazos. Estábamos a unos 28°. ¡A la una de la mañana, en otoño! Con cara de estupefacción (ya no de expectación) busqué el taxi y di las instrucciones al conductor. En su perfecto hindi me respondió quién sabe qué. Pregunté que si sabía dónde quedaba el hotel y que si hablaba inglés. Pronunció un no… ¿pero a cuál de las preguntas? Era obvio que inglés no hablaba… Mi hindi era rudimentario y aún sin poner a prueba en la vida real… Sin decir más, el conductor enturbantado se puso en marcha y yo me encomendé a mi buen karma, esperando llegar sano y salvo —y pronto— al hotel. Bienvenido a India.

            *          *          *         

Te recomendamos:

INICIO
LIBROS
EVENTOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *