
Por: Adrián Muñoz
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El 12 de agosto de 2022, un sujeto se abalanzó sobre el escenario en un foro del Instituto Chautauqua en el estado de Nueva York. La conferencia magistral correría a cargo del multipremiado novelista Salman Rushdie, quien hablaría acerca de la importancia de conservar entornos seguros para literatos perseguidos. Aquel sujeto presuroso no aspiraba a obtener un autógrafo. Por el contrario, asestó numerosas puñaladas a Rushdie en el rostro, las manos y el pecho. Así, se silenció la conferencia antes de comenzar siquiera.
Rushdie libró la muerte, pero perdió el ojo derecho, la movilidad de una mano y padeció heridas severas en otras partes del cuerpo. Pasó alrededor de seis meses en recuperación. Este hecho traumático afectó a sus seres queridos y causó mella en el ámbito literario y cultural alrededor del mundo. De manera increíble, tras treinta y tres años (¡cifra agorera!) de que el ayatola Khomeini dictara una fatwa contra Rushdie, aún había individuos dispuestos a convertirse en “mártires”, con tal de cumplir con lo que, para algunos, suponía un deber moral islámico.
Tras recuperarse —no del todo, pero lo suficiente como para poder reclamar su oficio literario—, Rushdie decidió poner por escrito sus introspecciones en torno del ataque. Las intituló Knife: Meditations After An Attempted Murder [Cuchillo: Reflexiones tras un intento de asesinato]. La obra apareció en abril de 2024.
Durante la gestación de este libro, Rushdie reflexionó bastante sobre el cuchillo como una idea. Por un lado, “El lenguaje, también, era un cuchillo” que podía abrir de tajo el mundo para hacer salir su significado o sentido. Por otro lado, el agresor quiso demostrar que la espada podía ser más fuerte que la pluma.
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Nacido en una familia indomusulmana, Rushdie publicó su cuarta novela, Los versos satánicos, en 1988. El título alude a un tema de difícil resolución en la tradición islámica, a saber. ¿cómo dar cuenta de unos pasajes en el Corán que parecen contradecir el mensaje del Profeta y la palabra de Dios? En dichos pasajes, el profeta Mahoma enaltece a tres diosas de La Meca anteriores a la revelación monoteísta del islam. ¿Cómo podría haber sucedido esto, que raya en la herejía? Una explicación habitual es que se debió a la influencia de Satán, que susurró estos versículos malévolamente al oído del profeta.
Pero la novela narra más bien las andanzas de un actor de Bollywood (la mega industria cinematográfica india) que se dedica a representar papeles de dioses hinduistas (pero que tiene experiencias oníricas vinculadas con el profeta) y de un expatriado indio en Inglaterra que trabaja como actor de doblaje. Envuelta en el realismo mágico de Rushdie, la historia desarrolla la parcial transformación de estos personajes en el arcángel Gabriel y en el Diablo, respectivamente. Muchas cosas, desde luego, suceden y complejizan la trama, que no revelaré aquí porque pocas cosas tan desagradables hay como los spoilers. Eso sí: es una gran novela que hay que leer.
Pero no todos pensaron así. Algunos conservadores musulmanes consideraron al libro una blasfemia (recordemos la oposición férrea del Vaticano a La última tentación, gran novela del griego Nikos Kazantzakis, posteriormente convertida en película por Martin Scorsese). En Pakistán, pues, se prohibió la venta de Los versos satánicos. En Irán, el ayatola Khomeini decretó una fatwa: muerte al autor, los editores y todos los involucrados en la distribución de tan satánica novela. Y en efecto: al menos un traductor murió en 1991 y varios otros fueron agredidos en años posteriores. Al autor le llegaría la agresión en 2022.
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Knife es un libro que da cuenta no sólo del momento del ataque, sino de la dolorosa y difícil recuperación del autor. También narra con sumo afecto y conmoción el apoyo incondicional de sus parientes, amigos y, sobre todo, de su actual esposa, la escritora Rachel Eliza Griffiths.
En un capítulo de la segunda parte, Rushdie imagina una conversación con su atacante. Le llama A, por Attacker o Assailant (pero también podría haber sido Attempted Assassin). En ese diálogo ficticio, el autor intenta sondear la posible psicología de su agresor, escudriñando la mente de una persona que no conoce ni pretende conocer en persona. Esto también deja ver que, del otro lado, el atacante tampoco conoció —ni le interesa conocer— al Salman Rushdie de carne y hueso. El objeto de su odio es una figuración de su mente y sus prejuicios, detonados por un libro que jamás leyó y que seguramente nunca habrá de leer.
Pero ¿no sucede a menudo así? Los enconos y los antagonismos sociales y políticos se esgrimen contra ficciones, caricaturas simplonas que ocultan a las personas reales detrás de una fachada a modo. La típica estrategia del hombre de paja. Reducir a todos los simpatizantes de izquierda a hordas estalinistas y a todos los simpatizantes de derecha a fascistas irremediables es un acto de pereza mental y de falta de imaginación. Claro: es mucho más fácil lidiar con etiquetas ready made que dedicar esfuerzos para comprender a personas y situaciones reales, siempre mucho más complejas que las imágenes unidimensionales.
Al atacante de Rushdie no le interesó hacer ese trabajo. Se tragó por completo el discurso de una ideología que esgrime el odio. Una ideología sorda y ciega que sólo se habla a sí misma. (Tal vez todas lo hagan.) Este funesto A. leyó sólo dos páginas de unas 500 aproximadamente. Le bastaron dos páginas (no dice cuáles) y dos o tres videos en YouTube (¡oh, insigne plataforma de la verdad enciclopédica de la era contemporánea!; ¡baluarte de la cultura de la inmediatez!) para determinar que Salman Rushdie era merecedor de la funa máxima: la muerte.
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Un escritor tan reputado y querido como el egipcio Naguib Mahfouz también padeció amenazas y atentados. Entre su largo palmarés se cuenta el Nóbel de Literatura en 1988 y su influencia alcanza la cinematografía mexicana: El callejón de los milagros (1995) de Jorge Fons es una adaptación de una novela de Mahfouz. Debido a sus convicciones políticas —y su defensa de Los versos satánicos y de la libertad creativa—, lo incluyeron en la lista negra de los fundamentalistas islámicos. En efecto: en 1994 fue apuñalado en El Cairo. Sobrevivió al ataque, pero con daños muy severos que casi le imposibilitaron escribir de manera fluida el resto de su vida.
Pero más allá de la brutal descontextualización que conduce a la demonización ramplona, hay una reflexión interesante que ventila el también autor de Los hijos de la medianoche. Rushdie especula que alguien que se puede convertir tan aparentemente fácil en agresor, a causa de una ofensa un poco forzada, debe estar motivado por una enorme falta de sentido del humor. Se trata de una carencia doble: falta de humor y falta de imaginación. La privación, o la merma, de estas dos facultades parece ir en proporción directamente inversa a la indignación. Bien visto, las personas más peligrosas son las infelices, las insatisfechas. Normalmente, envidian y detestan la alegría ajena.
Si hubiese necesidad de brindar un ejemplo para ilustrar el terrible riesgo de la descontextualización, el atentado contra Rushdie vendría muy bien. Una frase sacada de contexto puede mutar en un mensaje completamente distinto del que quiso pronunciar el emisor. Y el público no perdonará jamás. En parte, esto responde a la cultura de la inmediatez, asunto que no se abordará aquí pero que, tal parece, constituye un componente indisoluble de las sociedades contemporáneas que habitan la cultura digital.
El tema de la conferencia que habría de dar Rushdie en Chautauqua en 2022 tenía que ver con la libertad de expresión, un concepto ya demasiado manipulado, adulterado y desvirtuado, pero no por ello menos apremiante. La carga semántica de este ideal puede virar drásticamente según desde dónde se le defienda o cuestione. Todos pueden caer de uno u otro lado de la frontera. Por ejemplo, por un lado, Rushdie participó activamente en eventos para reprobar la acometida rusa en Ucrania, pero, por otro lado, su postura frente ante la crisis de Palestina es ahora bastante ambivalente. Su objeción más reciente sobre la instauración de un estado palestino es que dicho estado estaría liderado por Hezbolá, Hamas o algún otro grupo islamista parecido al régimen que gobierna Irán. Desde un punto de vista, se entiende su fobia a regímenes de este tipo (después de todo, estuvo muy cerca de la muerte precisamente por ello). Desde otra perspectiva, esta turbación quizá le ha hecho ceder recientemente ante algunas narrativas falseadas, como la de que ese conflicto comenzó con el ataque de Hamas en octubre de 2023. Desde luego, la imagen completa es mucho más larga.
Ciertamente, la postura de Rushdie no fue siempre así, pues en el pasado tuvo varios y ricos diálogos con Edward Said, no sólo autor del ya clásico Orientalismo (1978), sino un vocal activista pro-palestino. Ambos eran afines en la convicción de que la historia, la narrativa y la política estaban interrelacionadas de manera indisoluble. Pero todos, también, tienen sus puntos flacos. Incluso Rushdie. No obstante, ello no aligera el peso de una vida en asedio y amenaza constante.
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Coda
En 1970, Genesis —la legendaria banda de rock progresivo— presentó su segundo álbum, que incluía la canción “The Knife”. Distópica, crítica y ácida, la letra juega con una voz que justifica la violencia para obtener un fin supuestamente reivindicador. De manera filosa, obsesiva, el estribillo repite:
Some of you are going to die
Martyrs of course to the freedom I shall provide
(Algunos de ustedes habrán de morir
Sin duda mártires de esta libertad que surtiré)
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