Revisitas

Por: Alejandro Agudo Sanchíz*
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Los antropólogos solemos escribir nuestras etnografías usando el tiempo presente (“la mayoría de los hombres jóvenes de la comunidad no tiene acceso a tierra cultivable”), aunque las investigaciones en que se basan hayan sido concluidas hace tres, cinco o siete años. Para justificar esta violación del uso normal de los tiempos verbales, parece bastarnos con aclarar que estamos empleando el “presente etnográfico”. Sin embargo, el carácter parcial e incompleto de esta forma de presentación puede remediarse introduciendo análisis históricos en nuestros relatos (empleando los tiempos verbales correctos); o, a ser posible, regresando al lugar de trabajo de campo para ver cómo se transformó nuestro objeto de estudio mientras escribíamos y tratábamos de publicar y conseguir un empleo (“la mayoría de los jóvenes de la localidad optó por emigrar”).
Estas “revisitas etnográficas”[i] se ven facilitadas por la cada vez más reducida distancia entre el “campo” y el “escritorio”: no sólo por la disminución de los costos y tiempos de viaje, sino por el “fin del exotismo” y de la búsqueda de alteridades culturales en la antropología,[ii] la diversificación de escenarios y temas de interés, y la disminución de la distancia social entre la etnógrafa y los sujetos de investigación. Asimismo, las redes de comunidades y conexiones regionales y transnacionales hacen que la mayoría de los antropólogos investiguen hasta cierto punto “en casa”.
Quizás las revisitas más interesantes se producen cuando es una persona distinta quien regresa al mismo lugar de estudio y/o problema de referencia. Aquí la posible variación en los resultados de investigación no depende solo de los cambios en el propio caso o fenómeno social estudiado (puede que no pase demasiado tiempo antes de la revisita), sino de la posición social y el enfoque teórico de quien investiga: una mujer marxista de clase trabajadora, cuyo lugar de residencia se encuentra próximo a la comunidad estudiada, difícilmente observará o interpretará lo mismo que un hombre de clase media, formado en el estructuralismo o el funcionalismo, procedente de otro país.
Uno de los ejemplos más célebres de este tipo de revisitas etnográficas es el libro de Annette Weiner, Women of value, men of renown: new perspectives in Trobriand exchange (University of Texas Press, 1976). Entre 1971 y 1972, Weiner pasó diez meses haciendo trabajo de campo en una de las islas Trobriand –un archipiélago localizado al oriente de Nueva Guinea–, en una aldea cercana al lugar donde el antropólogo Bronislaw Malinowski había trabajado medio siglo antes para producir su obra Los argonautas del Pacífico Occidental, publicada originalmente en 1922 y considerada el paradigma de la etnografía moderna.
Al poco de llegar, Weiner fue invitada a asistir a una ceremonia mortuoria donde un grupo de mujeres llevó a cabo una serie de complejas transacciones que implicaban el intercambio de hojas de plátano secas y faldas fibrosas decoradas. A su regreso a casa en la noche, Weiner buscó en vano alguna referencia a esta costumbre en el trabajo de Malinowski. Éste se había concentrado en las transacciones mediante las que los hombres controlaban propiedades como la tierra, las cuales empleaban para ganar poder. Como concluyó Weiner, mientras que el poder masculino en las Trobriand estaba situado en el tiempo y el espacio históricos, el poder femenino –ilustrado por el importante papel ritual de las mujeres en los funerales, al asegurar que el espíritu de los difuntos regresara al mundo intemporal de los muertos– estaba situado en un continuum ahistórico mediante el que se recapitulaba constantemente la permanencia del grupo. Weiner no sólo destacó la importancia de las mujeres en la sociedad trobriandesa, sino que reveló cómo y dónde las interpretaciones de Malinowski habían sido constreñidas por los sentimientos y suposiciones que, como hombre europeo de la primera parte del siglo XX, había llevado consigo al campo. Negar la importancia de las “cosas de mujeres” nos aboca a una construcción androcéntrica de la realidad.
Existe otra posibilidad. Puede que la etnógrafa que revisita sea la misma investigadora del estudio original, pero equipada con un enfoque conceptual distinto –observadora del mismo fenómeno pero con otras lentes, por así decirlo. Inspirada en parte por el trabajo de Weiner, Irene Álvarez nos ofrece este tipo de revisita etnográfica en un artículo sobre la situación de las mujeres en las comunidades afectadas por el surgimiento de los grupos de autodefensas en Michoacán.[iii] Con frecuencia, la constitución de estos grupos de civiles armados, orientados a defender a sus comunidades de la violencia de los grupos criminales que proliferan en esta y otras regiones de México, es caracterizada como un movimiento protagonizado por “hombres armados”. Esta perspectiva nos hace perder de vista el papel desempeñado por las mujeres en el origen y desarrollo de diversas formas de resistencia civil frente a la violencia.
Uno de los casos más conocidos es el de Cherán, municipio indígena localizado en el corazón de la Meseta Purépecha. En abril de 2011, un grupo de mujeres locales bloqueó el paso de las camionetas cargadas de madera procedente de la tala ilegal de los bosques de la comunidad. Este fue el inicio de una serie de movilizaciones mediante las que la población de Cherán, harta de homicidios, secuestros y extorsiones, logró expulsar a talamontes, criminales y policías por igual, desconociendo el sistema de partidos como forma de organización política. El posterior reconocimiento de Cherán como municipio con derecho a autogobernarse por “usos y costumbres” otorgó legitimidad a su Ronda Comunitaria, un cuerpo de seguridad que sustituyó a la policía municipal. Al igual que otras organizaciones avaladas por el sistema de usos y costumbres, y que los cuerpos de autodefensa formados dos años después en otras regiones de Michoacán, las rondas llegaron a estar constituidas mayoritariamente por hombres. Con ello se desplazó el papel de liderazgo que habían tenido las mujeres en el surgimiento de uno de los movimientos sociales más emblemáticos de México.
A partir de entonces, los medios de comunicación transmitieron los mensajes de los propios líderes masculinos de los grupos de autodefensa, quienes justificaban su recurso a las armas mediante la necesidad de defender el orden social asociado con la comunidad y la familia rurales o rancheras. Ello implicaba no sólo la toma de riesgos por parte de los hombres para proteger a una población y sus recursos materiales, sino para recobrar el control sobre ámbitos privados como los de la sexualidad y la familia, amenazados por la violencia sexual ejercida por los grupos del crimen organizado contra las mujeres de diversas comunidades michoacanas.
Quizá no sorprenda que muchos investigadores y etnógrafos, Malinowskis del mundo actual, hayan tendido a reproducir en sus estudios esta visión androcéntrica del poder, sin preguntarse por las dimensiones de género del fenómeno de las autodefensas, como su protección de valores morales vinculados con una masculinidad hegemónica. Sin embargo, Irene Álvarez admite que, en sus investigaciones iniciales en diversas regiones michoacanas, ella también había pasado por alto estas dimensiones: no se cuestionó si el dominio de los grupos de autodefensa intensificaba la dependencia de las mujeres de sus supuestos protectores, como tampoco profundizó en la relación entre los grupos civiles de control social y las mujeres y los niños en sus comunidades. Fue tras una estancia más reciente en la cabecera municipal de Cherán que Álvarez pudo efectuar una “revisita” que le permitió modificar la construcción de su objeto de investigación.
En Cherán, la investigadora pudo mantener una serie de conversaciones con diversas personas sobre el asesinato de la joven Guadalupe Campanur, una de las pocas mujeres que habían formado parte de la Ronda Comunitaria de la localidad. En enero de 2018, el cuerpo de Lupita, como era conocida, fue hallado desnudo y con señales de violencia sexual en un paraje cercano a Cherán. En sus interlocutores, hombres y mujeres, Álvarez percibió incomodidad al preguntarles por el caso de Lupita. No pocas personas en la localidad recalcaron el hecho de que, a sus 33 años, la joven siguiera siendo soltera y dependiera de su propio trabajo, y que hubiera iniciado una relación amorosa con un hombre casado –su eventual agresor– antes de que ambos empezaran a formar parte de la guardia comunitaria. Estas circunstancias, junto con su relativa visibilidad política e incluso mediática, habían llevado a Lupita a incumplir las expectativas del comportamiento asociado con su género, traspasando peligrosos límites y convirtiéndose, en cierto modo, en responsable de su propia muerte. Lo único que se interpone entre las mujeres y la violación, las mujeres y la muerte, o las mujeres y su dependencia de hombres brutales es el propio poder masculino de “proteger” –prerrogativa de los grupos de autodefensa–, siempre y cuando las mujeres se hagan merecedoras de dicha protección. Lupita había violado los códigos del orden moral patriarcal que los “hombres armados” de las autodefensas buscaban restaurar.
Tras su experiencia en Cherán, Irene Álvarez pudo revisitar los lugares y objetos de su investigación original, viéndolos en una nueva luz e interaccionando de manera distinta con grupos de autodefensa y autoridades locales. La etnógrafa recalcó la ausencia de la violencia de género en las agendas políticas de sus interlocutores, cuestionando de manera más general la exclusión de la experiencia de las mujeres en la definición de asuntos considerados primordiales en materia de seguridad. En su artículo, Álvarez apunta a un importante programa de investigación futura para rescatar el examen de la violencia, el poder, la “seguridad pública” y los movimientos armados del largamente incuestionado enfoque androcéntrico que ha predominado en el estudio de estos fenómenos.
Las revisitas etnográficas se han convertido, así, en uno de los desarrollos más importantes de la antropología. Proporcionan una oportunidad de distanciamiento reflexivo para reconocer lo excluido por investigadores con pretensiones de objetividad integral. Lo que sigue excluyéndose, a menudo, es la importancia de los asuntos tildados de “cosas de mujeres”.
*Profesor-investigador en el Departamento de Ciencias Sociales y Políticas, Universidad Iberoamericana
[i] Burawoy, M. (2003). Revisits: An Outline of a Theory of Reflexive Ethnography. American Sociological Review 68 (5): 645-679.
[ii] Bensa, A. (2016). El fin del exotismo. Ensayos de antropología crítica. Zamora, Mich.: El Colegio de Michoacán/ Secretaría de Cultura.
[iii] Álvarez, I. (2021). Más que hombres armados. Revisitar el movimiento de autodefensas de Michoacán. Estudios Sociológicos 39 (115): 7-36.
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